De niño mis padres solían repetirme una frase que no he olvidado: «Recuerda que tus derechos terminan exactamente donde empiezan los de las demás personas».
Con cierta frecuencia camino a mi trabajo. Suelo pasar por una acera más bien estrecha —no llega a los dos metros de ancho— en la que un servicio privado de autobús recoge a niñas y niños de infantil y primaria de un colegio. Pequeñas y pequeños esperan junto a padres, madres y demás acompañantes adultos, situados más o menos cerca de la fachada de los edificios.
Un día el autobús llegó cuando yo pasaba por entre esta multitud que ya ocupaba casi toda la acera. De repente se produjo una estampida hacia sus puertas y quienes estábamos de paso por ahí, aprovechando un espacio a modo de pequeño pasillo todavía no ocupado, tuvimos que esquivar tanto a criaturas como a acompañantes que se abalanzaban desordenadamente sobre nosotros.
Un padre que llevaba a su niño hacia el vehículo se puso cariñoso, paró en seco y se inclinó para darle un beso de despedida. Lo que pasa es que lo hizo en el pasillito libre por el que circulábamos los transeúntes y en el momento en que yo ya no podía esquivarlo, chocando contra él. Se dio media vuelta, me miró airado y me dijo: «¿A qué tanta prisa?».
«La acera es para todos», contesté medio desconcertado, medio enfadado, mirándole fijamente mientras intentaba seguir andando. Él también se quedó mirándome. Tras dejar al niño, retrocedió hasta la pared del edificio cercano mientras levantaba el antebrazo derecho, haciendo girar su mano con los dedos extendidos y rígidos, algo flexionados, desafiante, como diciendo con cierto desprecio «¡Vete ya!».
Su actitud me hizo sentir como alguien que hubiera profanado una propiedad sagrada y privada, sin derecho a pedir algo de educación y civismo tratándose, además, de un espacio público.
Me vinieron a la cabeza las múltiples violaciones de los derechos humanos más básicos que aún se producen en nuestra realidad vital, local y universal, y las actitudes de algunas personas que se erigen en dueñas y señoras de quienes no son como ellas.
«El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto», dice el Evangelio de Lucas. Mis derechos terminan donde empiezan los de los demás. Seguí caminando hacia mi trabajo sin volver la vista atrás.








