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El afecto, rey de la educación
PUBLICADO

28 de abril de 2026

Gotas educativas

En una sociedad acelerada, donde la educación parece centrarse cada vez más en normas, resultados y rendimiento, existe un lenguaje sencillo que nunca pierde su valor: es el afecto.

Un abrazo, un beso o una caricia pueden parecer gestos pequeños, pero en realidad son uno de los pilares del desarrollo emocional de los niños y adolescentes.

Desde el mismo momento en que nacemos, junto a nuestras necesidades biológicas, de alimento y protección, aparece otra igualmente profunda: la necesidad del contacto humano. El bebé busca el cuerpo de su madre, su voz, su olor. Ese vínculo primario, que la psicología denomina apego, se sitúa en la frontera entre lo biológico y lo emocional. No es solo una necesidad física: es una necesidad afectiva que nos acompaña durante toda la vida.

Uno de los experimentos más conocidos sobre ello fue el realizado por el psicólogo estadounidense Harry Harlow en la década de 1950. Harlow separó a crías de mono, recién nacidas, de sus madres y les ofreció dos sustitutas: una estructura con forma de mono, hecha de alambre, que proporcionaba leche, y otra que estaba cubierta de felpa, material suave y cálido, pero sin alimento.

El resultado fue revelador. Las crías pasaban la mayor parte del tiempo abrazadas a la madre de felpa y solo acudían a la de alambre cuando tenían hambre. El experimento confirmó algo esencial: el contacto afectivo es tan necesario como el alimento.

Este hallazgo no se limita a los primeros meses de vida. A lo largo de la infancia y la adolescencia, las manifestaciones físicas de afecto siguen siendo fundamentales para el desarrollo psicológico.

Un abrazo o un beso sincero transmite mucho más que cualquier otro gesto físico. En ese instante le decimos al hijo, sin palabras: «te quiero, te acepto, te valoro, estoy contigo».

En una sociedad donde las críticas, las prisas y las exigencias abundan, estos mensajes emocionales se convierten en auténticos pilares de la seguridad interior.

Los abrazos, como muestras de afecto, generan seguridad y protección, refuerzan la autoestima, favorecen la alegría, reducen el estrés, producen calma emocional y fortalecen el vínculo familiar.

Un abrazo es una forma silenciosa, pero poderosa, de reafirmar la unión entre padres e hijos.

Es cierto que muchos adolescentes, en su proceso natural de búsqueda de autonomía, pueden mostrar cierta resistencia a las manifestaciones públicas de afecto. La clave está en respetar el momento, la sensibilidad y el espacio del hijo, sin renunciar a manifestar el cariño.

En muchas familias se ahorra en gestos afectivos y, en cambio, abundan las críticas, los reproches o las correcciones. Quizás ha llegado el momento de invertir ese equilibrio.

Tal vez la educación, en su esencia más profunda, no sea otra cosa que ayudar a crecer a nuestros hijos con firmeza, sí, pero también con cercanía, ternura y afecto.

«Cada vez que abrazamos a alguien con gusto, ganamos un día de vida». Paulo Coelho (1947) Escritor brasileño

Ángel Crespo Ortega es Orientador y Pedagogo, con un enfoque centrado en la persona. www.orientadorangelcrespo.es

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura