Hace una semana que se convocaron elecciones generales. El pueblo, entonces, debería alegrarse, puesto que es el ejercicio mediante el cual demostramos nuestro poder de decisión, es la garantía de nuestra libertad política. Sin embargo, es posible ver esta oportunidad como algo que nos incomoda, que nos obliga a elegir y nos coloca entre la espada y la pared, entre distintas opciones, sin ser quizá ninguna correcta.
Pienso que el problema actual de nuestra democracia es que algunas personas, por mucho que se informen, que estudien y lean teorías sobre política, e incluso que tengan ideales claros, no pueden votar a ninguno de los partidos. Y esta es la cuestión: hay que elegir entre opciones, y las opciones son partidos políticos.
Comenzaré por la primera parte del problema. En primer lugar, y aunque en nuestro país tengamos una democracia garantista y se respeten muchos de los derechos de los ciudadanos, no veo esta democracia como una forma política satisfactoria. Esto no se debe a que mi pensamiento sea antidemocrático —es decir, yo no abogaría por un gobierno de uno ni de unos pocos—, sino a que pienso que todos tenemos derecho a decidir. Siendo esto así, creo que, en la práctica, no estamos eligiendo libremente.
Pondré un ejemplo: si nos proponemos describir la realidad en términos de grandes conceptos, si pensamos que todos los sucesos son perfectamente clasificables, podríamos responder a cualquier pregunta sobre la misma en forma de test de respuesta múltiple. Sin embargo, sabemos que la realidad escapa a unas pocas etiquetas, puesto que no todos pensamos igual: existe el pensamiento divergente, además de la humildad del pensador que espera algo nuevo en la respuesta de su compañero de coloquio. Por esto mismo, si vamos a dar respuesta en las urnas a un problema actual, pienso que la pregunta está planteada ya de forma fallida. La respuesta nace ya abocada al fracaso. Este punto de vista puede parecer problemático, pero encuentro una justificación para formularlo: creo que la respuesta a un problema complejo que se espera de un grupo de seres creativos no puede consistir en elegir una de entre varias opciones. Sí creo, sin embargo, que es la respuesta que se puede esperar de un grupo de personas que no vean la necesidad de plantearse nada más allá de lo que se les pone por delante, como si «lo que hay» fuera lo único que pudiera haber.
No me gustaría que esto se entendiera como una crítica al votante y su forma de ser o de percibir el mundo, y sí como una crítica a la forma que tenemos de percibir al votante. Habría que plantearse: ¿cómo ve la élite política al votante, como un pensador independiente y autónomo, o como un niño que necesita que se le muestren dos opciones para poder decir cuál de ellas prefiere? La conclusión que saco de nuestra forma electoral es la siguiente: no elegimos lo mejor posible, sino lo menos malo de entre lo que hay.
La segunda parte del problema hace que la situación empeore aún más. Esta consiste en que las opciones que se plantean son partidos políticos. Los partidos políticos siguen unas estructuras que no permiten que germine el librepensamiento ni las ideas nuevas. En el momento en que alguien se afilia a un partido está asumiendo un discurso con el que tiene que estar absolutamente de acuerdo, punto por punto, y es aquí donde veo la mayor falta de libertad. De la misma manera que es complicado defender todos los puntos que se recogen en una manifestación, o abrazar la doctrina de una religión al completo, me cuesta creer que una persona que haya depurado todas sus ideas desde un ejercicio de sinceridad pueda afirmar genuinamente que crea en todas las ideas que defiende un partido. Los partidos funcionan como bloques constituidos por personas que comparten ideas. El hecho de compartir ideales es algo que, en teoría, suena realmente bien, pero en la práctica podría ser muy peligroso.
Estos dos motivos explicarían, para mí, por qué hay tantas personas que se niegan a votar. Son personas que en muchos casos querrían seguir el consejo de Aristóteles: no podemos señalar lo malo que ocurre en la ciudad si no participamos de la vida pública. Pero, y así se explica mi pregunta, ¿podemos decir que estamos teniendo realmente una participación en la política como la que deberíamos tener? Si consideramos que las personas son capaces de pensar más allá, ¿no deberían poder elegir de una manera más creativa?
Me llamaba la atención un sacerdote que, durante la homilía, preguntaba a sus feligreses: «¿Qué será lo adecuado, el socialismo igualitario o el capitalismo salvaje?». Y yo pregunto: ¿de verdad se puede encasillar nuestra realidad de esa forma tan simple? Esta situación me pareció una pequeña representación de cómo se trata de trasladar el panorama político y social actual a las masas, porque se nos entiende así, como una masa sin cabeza, a la que, con unas pocas palabras, con un mensaje que no sea muy largo, se puede llevar adonde se quiera. Pero hay algo más. Si se descubre que algunos grupos no encajan en esta idea de masa, se los ignora, no se gobierna para ellos; estos no interesan, y cuantos menos se salgan de la masa, mejor.








