Los orígenes humanos a la luz de la creación y de la evolución
En su obra Del Big Bang al Gran Misterio. Los orígenes humanos a la luz de la creación y de la evolución, el filósofo y teólogo irlandés Brendan Purcell reflexiona de forma concienzuda sobre lo específico del ser humano. La obra es fruto de largos años de investigación y en ella describe con ingenio un itinerario cautivador que conduce desde el Big Bang hasta la conciencia humana, a partir del sólido convencimiento de que entre ciencia, filosofía y religión ha de darse una relación estrecha de complementariedad, en lugar de confrontación.
Desde este enfoque abierto a la trascendencia, Purcell se sitúa contracorriente en el transcurso de un estadio singular del pensamiento en que -bien de forma controvertida y provocadora, o bien encubierta, sutil y camuflada- se va extendiendo la pretensión posthumanista de que la especie humana ha de diluirse entre las demás que componen la biosfera. Así, la idea de humano es puesta en cuestión desde su mismo fundamento, al quedar desprovista de consistencia al margen de la dimensión material. Nada parecido a una dignidad transcendente le es atribuible, toda vez que esta remite a un componente estático ontológico que ha quedado sin cabida. Dignidad, a lo sumo, equivaldría a la libertad y al derecho de estar continuamente en proceso de transformación y mejoramiento, sin límite ni frontera alguna.
En efecto, contemplado desde la dimensión material, el cuerpo y la materia están continuamente transformándose, en función de una transitoriedad líquida que se reinventa y orienta en busca de un continuo mejoramiento, susceptible, por consiguiente, de cuantas modificaciones sean requeridas. Y, por tanto, es bienvenido, lícito y deseable todo aquello que beneficie este proceso o se adecúe al mismo. Es obvio que, en semejante perspectiva, no encaja nada parecido a una apreciación de la dignidad corporal inherente, que no se halle expuesta a intervención externa.
En su investigación, Purcell combina los últimos descubrimientos en paleoantropología, genética, neurociencia, lingüística y otras ciencias, con las ideas de pensadores, desde Jenófanes y Aristoteles hasta Voegelin y Lonergan, para producir una síntesis inspiradora en busca de la identidad de la persona. Y fundamenta su argumentación afirmando que, como persona humana, le mueve la certeza de no ser, al menos de forma exclusiva, «un objeto», algo que la ciencia pueda abarcar y explicar por completo. Bien al contrario, el hecho de ser un sujeto y gozar de una inagotable interioridad es lo que nos define como seres humanos, diferenciados por ello de una galaxia, un ecosistema o un animal.
A lo largo de la obra, Purcell va sacando a relucir cómo el ser humano, llamado por Dios a la comunión con él, y siendo el mismo Dios Personas-en-comunión, es invitado desde el mismo momento de la concepción a crecer como persona-en-comunión. Es ésa su esencia y su razón de ser. Y esto se cumple cuando los seres humanos alcanzan su arquetipo, que no es otro que el verbo-Persona, unido de forma inescindible a la naturaleza humana. Por consiguiente, sostiene, solo una ontología trinitaria es capaz de dar razón de quién es el ser humano, a saber, un “tú” de Dios, protagonista y forjador responsable de su propio destino e historia al contemplarse en el espejo que le devuelve nítidamente su imagen originaria. Cuando Dios entra en relación con la humanidad, afirma citando al filósofo Giuseppe Zanghì, solo puede hacerlo entregándose completamente, o sea, “no siendo” -precisamente porque es el Amor-, a fin de hacer que el otro sea igual a sí mismo, habida cuenta de que no puede haber verdadero amor sin igualdad. Es decir, Dios está presente en el mundo, pero como quien se ha entregado por completo. Dios crea amando, dándolo todo absolutamente.
Y con intuición profética, da a entender que -paradójicamente- en este estadio preciso de la historia, va madurando gradualmente en la humanidad la conciencia de constituir un cuerpo, de vivir unos en función de otros conforme al modelo trinitario, por mucho que los estertores de un viejo orden trasnochado y caduco, residuos sin vida de un individualismo excluyente e intransigente, hagan inferir lo contrario.
Su larga exploración le ha mostrado que la autoapropiación de la naturaleza indagadora de la humanidad sustenta una visión de la familia humana como realidad universal en todo espacio y tiempo, una realidad que está orientada hacia el “nosotros”, o sea, hacia la persona entendida como comunión. Esto hace ver que los seres humanos constituimos un gran misterio, tanto individualmente, como a nivel de humanidad, que, siendo una, tiene por delante, no obstante, un largo camino que recorrer para llegar a serlo, para llegar a hacer realidad el “que todos sean uno” del evangelio de Juan. Es la aspiración por incluir a otros muchos en el redil de los sujetos provistos de subjetividad y no sujetos a sometimiento, pues solo así es posible estar a la altura de la propuesta evangélica.








