"Transmitir la fe" no es, en última instancia, una cuestión de métodos y contenidos. Más bien, parte de una experiencia viva de la presencia de Dios a través de la cual puede comenzar un viaje de descubrimiento. Tal experiencia no puede ser fabricada. Por el contrario, resplandece allí donde se vive el Evangelio en el amor fraterno. Es una experiencia de pertenencia a Dios y a los demás, una energía que cambia la vida y una alegría nunca antes experimentada. El autor es actualmente coordinador de pastoral en la diócesis de Hildesheim (Alemania).
«You’ve got to leave space for God to walk through the room»: Tienes que dejar espacio para que Dios camine por la habitación. Esta frase es de Quincy Jones, productor y compositor de muchas canciones pop de Michael Jackson. Una frase sorprendente en ese contexto, pero quizás no, porque nos hace tomar conciencia de que ‒en el tiempo del Espíritu del Resucitado‒ toda la realidad está impregnada de su presencia, y ciertamente también la música, el deporte, la cotidianidad.
Por tanto, la pregunta fundamental no es cómo crear, producir o incluso fabricar una experiencia de la presencia de Dios, sino cómo «dejar el espacio» para que pueda manifestarse. El «hacer posible» esta experiencia de Luz, de Vida, de Alegría sigue siendo siempre una gracia: no se puede «hacer», sino que «sucede» en medio de la vida y deja detrás de sí un sentido de nostalgia. Naturalmente se podría explicar esta presencia «teológicamente». Pero lo más adecuado es contar experiencias nuevas y diferentes.
Esto significa también que la llamada «transmisión de la fe» no es, en definitiva, cuestión de métodos y de contenidos. Es una ilusión de nuestro tiempo pensar que podemos producir la fe cristiana a través de métodos y mediante la presentación (post)moderna de los contenidos, porque la fe no es la suma de contenidos, aunque verdaderos, que se pueden enseñar, sino más bien un camino con el que se entra y se nos deja involucrar en una experiencia de la presencia de Dios, de la que nace, de modo totalmente personal, un camino de descubrimientos y también de investigación intelectual de la fides quae. El punto de partida de todo es una experiencia profunda del corazón que pone a la persona en camino.
Las primeras experiencias
En mi familia, la fe era una experiencia diaria. Rezábamos por la mañana y por la noche, íbamos a misa los domingos y celebrábamos las fiestas cristianas. Ciertamente encontraba en esta praxis, hoy bastante rara, una forma y una expresión de mi religiosidad de niño, pero eso nunca habría bastado para una vida. Estoy agradecido por estos primeros pasos. Como joven, sin embargo, ya no buscaba las formas del cristianismo, sino... la presencia. En ese momento ni siquiera podía expresar el «contenido» de esa búsqueda. Solo sentía que todo lo que experimentaba no era lo que buscaba, sino que eran formas y prácticas que me resultaban cada vez menos convincentes...
Luego sucedió: en un encuentro con jóvenes de mi diócesis experimenté, quizás por primera vez conscientemente, esa «presencia» sin poder entenderla. Eran muchos los participantes, de los cuales no conocía a nadie: y sin embargo experimentaba una pertenencia fraterna, sentía una energía que me cambiaba, me sentía invadido por una alegría que no era normal. Para mí estaba claro que debía volver a incorporarme a esta experiencia, a este estilo de hacer juntos actividades: no era un contenido de fe, no eran piadosas prácticas, era una atmósfera sencilla y extraordinaria...
Algunos meses después, en una reunión del Movimiento de los Focolares durante la cual había encontrado a muchas personas, esta experiencia se me aclaraba más: me parecía captar, sustentando todo, una presencia de Dios en medio de ellos, que hacía que todo lo que sucedía siguiera vivo, revelación de una realidad densa que cambiaba desde dentro la perspectiva de mi vida. Para mí estaba claro: siempre quería vivir así...
Experiencias de resurrección
Poco a poco entendí que tal experiencia no se podía producir, obtener con una técnica. Recuerdo un primer intento en mi praxis pastoral. Ya hace más de veinte años, en el norte de Alemania, constataba la paradoja de que al camino de preparación para la confirmación se presentaban jóvenes buenos, pero sin ninguna iniciación al cristianismo. No arraigaba en ellos ningún tipo de catequesis, porque la fe cristiana, en cuanto a contenido y praxis eclesial, no tenía ninguna relevancia para su vida. Intenté entonces otro camino, convencido, por experiencia, de que no eran los contenidos de la catequesis ni las liturgias eucarísticas lo que allanaba el camino a la fe, sino experiencias de comunión capaces de abrir un espacio en el que se pudiera manifestar una nueva realidad: la presencia de Dios entre las personas.
Eran intentos y me sentía como un explorador de tierras desconocidas. Poco a poco nacía una red de pequeños grupos que se reunían regularmente. Compartíamos la vida cotidiana y jugábamos juntos. Dos veces al año viajábamos para encontrarnos con jóvenes conocidos en Italia, que habían hecho la misma experiencia. De esta manera muchos experimentaron por primera vez la fascinación de la presencia de Dios. Pero esto era solo el comienzo de un camino, una primera experiencia: no tenía (y todavía no tengo) en mis manos la continuación.
La presencia y la forma
Mucho más tarde descubrí la realidad de Taizé. Me impresiona muchísimo la sencillez que reina en ella: un grupo de monjes que vive el seguimiento de Jesús y abre esta experiencia a muchos jóvenes (y algunos adultos). La vida juntos entre personas de varios países, en la que cada uno participa con su propio compromiso, las sencillas liturgias y oraciones: todo esto crea un estilo de comunión que atrae, ayer como hoy, a cientos y miles de jóvenes del mundo entero. Esta experiencia de encuentro lleva la impronta de lo esencial y de la sencillez, transmite alegría y crea una atmósfera que hace percibir el gran misterio de la presencia de Dios.
No solo en Taizé se puede experimentar esto. Una semana vivida en la ciudadela de los Focolares en Loppiano o en las Mariápolis, un fin de semana en un monasterio, un campamento escolar, la adoración de Nightfever[1], el amor concreto hacia el prójimo...: en todos estos casos los métodos y los medios, los momentos de espiritualidad o de catequesis serán diversos, pero constituyen el marco de un espacio en el que podemos adentrarnos, experimentando la presencia casi tangible de Dios.
Amor y comunión, vividos, abren el espacio
El ADN de todas estas experiencias es simple: punto de partida es la comunión vivida, la relación de dos o más personas que viven en la conciencia de que Dios está presente entre ellas con su amor. Esta realidad puede extenderse, cuando se deja espacio a los demás, a una comunión más grande. Chiara Lubich ha intentado en innumerables discursos explicar este «arte de amar» que consiste precisamente en vivir, en una experiencia de comunión, un amor universal que se vacía para abrirse a los demás. A través de este estilo se abre también el espacio para el paso de Dios...: «Todos gozan de su presencia, todos sufren de su ausencia». Ni contenidos ni métodos llevan a esta experiencia, sino un modo de vivir, un modo de amar que deja traslucir el paso del Resucitado.
¿Transmitir la fe?
Si la fe es ante todo una confianza en Dios que nos hace sentir su presencia como amor y vida y luz, está claro que la transmisión de la fe no consiste, en primera línea, en un itinerario de catequesis o de iniciación (a menudo forzada) a la praxis eclesial. Si no se apoyan en otra cosa, tales caminos corren el riesgo de permanecer superficiales y no incidir en el núcleo de la experiencia cristiana: el paso de Dios «a través de la habitación». Es en el espacio abierto por el amor vivido entre personas donde se encuentra el núcleo a partir del cual puede brotar la nostalgia y por tanto la pasión por vivir de este mismo modo. No solo eso: aquí está también la raíz para una nueva «curiosidad» que puede dar sentido a una catequesis y a una liturgia renovadas. En esta secuencia vital crece un camino de vida y crece también el deseo de ser introducidos existencial e intelectualmente en la «lógica» del cristianismo.
El hecho de que el papa Francisco quiera hacer que toda la Iglesia experimente la sinodalidad me parece un intento de hacer experimentar en la escucha recíproca una praxis de amor vivido que induzca a descubrir la realidad del Resucitado. Lamentablemente, esta experiencia parece a menudo desconocida también para teólogos y agentes pastorales. Sin embargo, me parece que este es el desafío de hoy: descubrir la presencia del Resucitado como fundamento de toda la praxis cristiana y de nuevos modelos de vida en las sociedades de hoy.
[1] Nightfever es una noche abierta de oraciones animada por jóvenes que quieren transmitir el amor de Dios que han experimentado y sigue en todo el mundo un mismo planteamiento.








