Entrar en diálogo requiere como una especie de curiosidad universal. Es el deseo de saber, de preguntar, de escuchar. Es admitir que sabemos unas cosas pero ignoramos otras. Cuando creemos que lo sabemos todo, el diálogo no es posible. El punto de partida es que nadie crea que tiene toda la razón. Cuando uno admite esto, está dispuesto a escuchar otras razones. Es por eso que el diálogo es el mejor antídoto contra la polarización, las radicalizaciones y los fascismos.
Cuando el diálogo es auténtico, escuchar lo que dicen los demás es fundamental. Entrelazar las propias ideas con las de los otros, para ver las razones de cada uno. Así se construye algo nuevo. De las ideas de uno y las del otro, surge una idea conjunta más amplia y elaborada. En el caso del debate, se parte de la premisa de que uno tiene toda la razón y el otro no la tiene, y se buscan todas las razones y los argumentos para que uno gane y el otro salga derrotado. Este no es el camino a seguir. Deberíamos enseñar a dialogar y a colaborar, no a debatir y a competir. Aprender a dialogar será el gran reto de nuestro tiempo.
No puede haber diálogo si las dos partes no están dispuestas a escucharse. Si una parte quiere dialogar y la otra quiere debatir, estamos perdiendo el tiempo. Es necesario recuperar el hábito de la escucha profunda. Es decir: cuando el otro habla, es necesario que dejemos nuestras ideas aparcadas para poder entrar en el pensamiento del otro. Para hacer nuestro todo lo positivo que haya en su pensamiento. Esto no quiere decir que se tenga que renunciar a lo que somos, a lo que pensamos o a lo que creemos, sino que quiere decir que, siendo lo que somos, respetamos lo que es y lo que piensa el otro.
Hemos vivido una cierta densidad de campañas electorales. En casi todas hemos visto el ataque y el menosprecio al adversario. Hemos visto cómo la diversidad se ve como un hecho negativo, que conlleva confrontación y conflicto, cuando deberíamos verla como una ocasión de intercambio y enriquecimiento mutuo. Hemos oído decir tantas veces que escuchar al adversario es un signo de debilidad política. Con esta visión tan desenfocada, hemos dejado la puerta abierta a sociedades violentas que llevan al enfrentamiento. Por eso es tan importante un espacio donde el diálogo sea posible.
Estas condiciones, desgraciadamente, no son fáciles. Porque una parte puede tener ganas de dialogar, pero si la opinión del otro es manifiestamente negativa contra la dignidad de la persona, debemos expresar respetuosamente nuestro desacuerdo, porque el diálogo también debe tener una dimensión pedagógica y educativa, en la que todos podamos aprender de todos. El buen resultado no siempre está garantizado. Pero al menos que podamos decir que hemos llegado al acuerdo de que no estamos de acuerdo, pero siempre pacíficamente, desde la confianza y el respeto.








