Hablando de la necesidad de la paz, el Papa Francisco dijo que "para que la paz sea una realidad, debemos alejarnos de la lógica de la guerra, porque con el armamento actual la guerra es potencialmente catastrófica. Digamos un firme no a la guerra. La guerra nunca es justa. Solo la paz es justa. La paz no debe ser constituida sobre el precario equilibrio de la disuasión, sino sobre la fraternidad que nos une".
La realidad de estas palabras pone de manifiesto que la disuasión es una retórica amenazadora, en la que hay que demostrar una mayor capacidad destructiva que el adversario. Es como una estrategia para generar miedo, para evitar que el oponente actúe de una forma inconveniente.
Para ser constructores de paz, en lugar de tácticas disuasivas, es necesario potenciar políticas de distensión y desarme. Porque es muy difícil abrirse a los demás desde la prepotencia, cuando uno se cree más fuerte que el otro, cuando cree que tiene siempre la razón y el otro no la tiene nunca. Debemos tener el coraje y el sentido crítico para luchar contra todo lo injusto, y que no construye una convivencia pacífica.
Hay que recuperar algo que los psicólogos llaman "la escucha profunda", es decir, cuando el otro habla, es importante que aparquemos nuestras ideas, para entrar en el pensamiento del otro, y ver qué hay de positivo en su pensamiento. Eso no quiere decir que tengamos que renunciar a lo que somos, a lo que pensamos, a lo que creemos, sino que quiere decir que siendo lo que somos, respetamos lo que es y lo que piensa el otro, y así aprender a fondo el arte del diálogo.
Tal vez sea el reto más importante de nuestro tiempo, un tiempo en que conviven la diversidad de culturas, de costumbres, de lenguas, de razas, de religiones... y donde esta diversidad se hace presente en un mismo espacio.
Es una oportunidad para sacar lo mejor de nosotros y generar un clima de buenas relaciones, de amistad, de confianza, y si puede ser, llamarnos por nuestro nombre, porque eso personaliza y acerca la relación, hasta el punto de ser conscientes de que pensar diferente, no es motivo para dejar de respetarnos. Tenemos que ser coherentes entre lo que pensamos y lo que hacemos.
Hablamos de derechos humanos, de libertad, de tolerancia, pero este programa de buenas intenciones contrasta con la realidad de los hechos. Debemos evitar la crispación ante la discrepancia. Hay que serenarse y si hay que bajar el listón de los deseos para facilitar el clima de acuerdo y de pacificación pues hagámoslo.








