El parón ocurrió. La pandemia cayó como un golpe repentino y despiadado sobre el cuerpo de la humanidad. Y puso trágicamente en evidencia, para todos, que el rey estaba desnudo, porque el proyecto al que la humanidad se había lanzado en los últimos siglos, con velocidad creciente y una extensión que ya había alcanzado los confines del mundo, es desastroso. Además, de extremadamente peligroso para el propio futuro de la humanidad.
No se trata de que los resultados alcanzados por la tecnología en cuanto a promoción de la calidad de vida, el desarrollo económico, la justicia social y las relaciones entre los pueblos sean un hecho negativo. Sería ofensivo, incluso pensarlo. Todos somos conscientes de los beneficios, aunque, desgraciadamente, no todos los disfrutamos. Porque la ideología que, como una jaula de acero –por citar a Max Weber– determina y aprisiona este proceso es, en última instancia, injusta e inhumana.
Porque no sólo no mira al «quién», al «por qué» o al «cómo» de sus realizaciones y el reparto de sus frutos, sino que descarta a una porción enorme y creciente de personas, grupos sociales y enteras poblaciones. Suprime, disimuladamente, la pregunta decisiva acerca del sentido y el fin de lo que busca. No repara en medios para alcanzar los resultados y los beneficios que persigue; como si se viera capturada en un inmenso torbellino.
De este modo, se extirpan violenta y radicalmente, del horizonte de los corazones y las mentes, las relaciones fundamentales sobre las que se asienta una vida fructífera y buena, como son la relación con Dios, con los demás y con la casa común.
Ante problemas no resueltos en nuestra sociedad
Hemos asistido y estamos asistiendo a un implacable efecto dominó. La pandemia, que provoca estragos y la severidad de las medidas que se han tenido que tomar, han provocado la aparición paulatina de problemas graves y no resueltos en nuestra sociedad, como son los ancianos, el empleo en negro, los pobres y discapacitados, los presos, los desequilibrios sociales y las opciones políticas sordas al bien común, el egoísmo nacional, el reparto irracional –cuando no injusto– de los recursos... Mientras, a nuestro alrededor, no parece atenuarse el fragor de esa tercera guerra mundial a plazos, que está ensangrentando el mundo.
La parada fue abrupta, porque se impuso en unos términos indudables. La utopía moderna del progreso indefinido y feliz de la humanidad ha fracasado estrepitosamente y se ha puesto en evidencia, una vez más, nuestra fragilidad de seres humanos. Todo esto debería convertirse para nosotros en un llamamiento ineludible a revisar nuestros proyectos y estilos de vida. ¿Lo haremos?
El peligro, dista mucho de ser remoto, una vez pasada la tormenta, si el curso de las cosas vuelve a ser el de antes. Basta con leer con atención las proclamas de reactivación económica y financiera que se lanzan desde las más altas instituciones. O también, bastaría con examinar lo que por debajo ya mueve las aguas. ¿Es esto lo que necesitamos? ¿No nos ha enseñado nada decisivo, ni distinto lo que hemos vivido y seguimos viviendo tan dolorosamente?
La paradoja de esta pandemia es que ‒en la sociedad de la total transparencia virtual‒ quienes se encuentran repentinamente aplastados por el horizonte de una muerte causada por la infección, se ven definitivamente apartados, en la práctica, de las relaciones de familia, de amistad, de la experiencia de la fe, que son las cosas más importantes para gustar el sabor de la vida y afrontar con serenidad y fe incluso el paso duro, pero ineludible, de la muerte.
Volver a tejer en lo cotidiano los lazos de la pertenencia recíproca
Sí, la interrupción que todos hemos sufrido en este periodo ‒en nosotros mismos y aún más en el pensamiento y la vida para los demás‒ exige un cambio de dirección. Para que todo no termine siendo más un resplandor momentáneo, hay que interiorizar las palabras dictadas con sabiduría y espíritu de proximidad por el papa Francisco en este periodo, haciendo que se conviertan en proyecto y una forma de vida. La invitación es a volver con la memoria y llenos de esperanza, a la historia vivida con Dios y conservada por las tradiciones de nuestros pueblos, como nos mostró el papa en ese increíble icono de la statio orbis frente al Crucifijo, en una plaza de San Pedro desierta y azotada por la lluvia. Y volver a tejer en la vida cotidiana los lazos de una pertenencia recíproca y universal de hermanos y hermanas, con esa generosidad y determinación no ajenas al heroísmo, que nos han testimoniado los muchos que en estos días oscuros se han ocupado de los enfermos, de los pobres, de los más abandonados. Como si fueran ‒y lo son‒ carne de su propia carne.
Esta es la primera y fundamental conciencia que impone este acontecimiento. Nosotros, los humanos, somos uno; y con nosotros están todos los demás seres que pueblan nuestra casa común. Entonces, ¿qué implica tomar en serio este hecho, que es a la vez una llamada y una responsabilidad? ¿Qué compromisos y actitudes nos interpelan a partir del hecho de experimentar que no es posible salvaguardar y promover nuestra salud y nuestro bienestar si no trabajamos juntos, aplicando con discernimiento e inteligencia, una estrategia común respetuosa con todos y cada uno?
Una trasformación en el modo de ver, de sentir, de pensar, de actuar
La respuesta no es difícil, en teoría; pero en la práctica no solo está muy inexplorada, sino que también es cara, y mucho. Se trata de hacer un cambio de mentalidad. Es lo que solemos llamar una «conversión». Una palabra que, en el griego del Nuevo Testamento, expresa precisamente una transformación del modo de ver, sentir, pensar, actuar: metánoia.
Una mutación, pues, que no sólo afecta a las formas culturales y sociales en las que expresamos lo que queremos ser y hacer, sino, también, a la manera de comprender y encarnar el Evangelio que hemos heredado y practicamos. Sí, es necesario abrirse al soplo perturbador y transformador del Espíritu ‒que actúa dónde y como quiere‒ y tomar con valentía la decisión de afrontar con confianza y esperanza el riesgo, la inseguridad e incluso la «noche» que supone abandonar una determinada forma de ser y de vivir, para abrirse a otra nueva, en parte, o al menos inédita e imprevisible.
En esta coyuntura, he vuelto a leer lo que Chiara Lubich escribió en 1972, en un famoso discurso a los Gen (la segunda generación del Movimiento de los Focolares) titulado Per un Uomo mondo (Por un Hombre mundo). Percatándose de la confluencia, ya irreversible, entre los pueblos y las civilizaciones de todo el mundo, Chiara constata al mismo tiempo (estamos en el período posterior a 1968) «el sentimiento de dolorosa incertidumbre, el sufrimiento que toda la humanidad siente en mayor o menor grado. Y sentirá, ciertamente, cuando los diversos puntos del globo se vean sacudidos por este impacto». Y una vez hecha esta observación, comentaba: «las verdades y los valores humanos absolutos, como son la Verdad eterna, el Reino de Dios, no deben confundirse jamás con nuestras estructuras mentales que los contienen, como en una cáscara. La inseguridad en el modo de pensar y la falta de confianza que se tiene hoy en día en el pensamiento, no debería dar la impresión que sean los propios valores absolutos expresados los que están comprometidos. Puede ser cierto que el pensamiento humano, las estructuras humanas, estén tan conectadas con las verdades que expresan, como para que se pueda creer que son indisociables. Pero, este no es el caso en absoluto».
Jesús, en el abandono padecido por él en la cruz, como camino y modelo
A partir de aquí, Chiara señalaba, a los jóvenes en primer lugar, a Jesús en el abandono que sufrió en la cruz, como el camino y el modelo para asumir este reto, con radicalidad y eficacia.
Decía: «Los Gen, siguiéndole, encontrarán la posibilidad de no temblar sea cual sea la situación, sino de afrontarla con la certeza de que cualquier verdad humana y el Reino de los Cielos, es decir, la Verdad, podrá encontrar, también con su aportación, unas nuevas estructuras mentales a nivel-mundo».
No pude evitar pensar en lo que Chiara vivió en los últimos años de su existencia, en lo que ella misma llamó una «noche colectiva y cultural». Una noche radical y demoledora, a todos los niveles, en la que, habiendo «entrado» en Jesús Abandonado, sintió que experimentaba la prueba que la humanidad en su conjunto está llamada a pasar para acceder a una nueva cultura, capaz de afrontar el enorme desafío de hoy. Una cultura de la resurrección encarnada ‒a escala de toda la familia humana‒ en modos de ver, sentir, pensar y actuar repletas de verdad, de justicia, de fraternidad y de paz.
Lo que estamos viviendo ¿no nos dice, de forma dolorosa e ineludible, que ha llegado el momento de dar el vuelco a la situación?








