Conversación con la presidente del Movimiento de los Focolares
Entrevista con Margaret Karram
Como árabe nacida en Haifa, la presidenta del Movimiento de los Focolares ha desarrollado desde muy joven una fuerte sensibilidad al diálogo y está animada por la convicción de que la paz debe ser construida por todos, día a día. Es comprensible, por tanto, que resonara en ella de modo particular la llamada del papa Francisco a los Focolares para que se conviertan en artesanos de la paz.
«Hoy, por desgracia, el mundo sigue desgarrado por muchos conflictos y sigue necesitando artífices de la fraternidad y de la paz entre las personas y entre las naciones». Con estas palabras, el papa Francisco se dirigió a vosotros y a otros representantes en audiencia el 7 de diciembre de 2023, día del 80.° aniversario del inicio del Movimiento de los Focolares. ¿Qué te recuerda ser «artesanos de la fraternidad y de la paz»?
Por supuesto, no puedo negar que este mandato del papa, con lo que está sucediendo en estos tiempos, tanto en Oriente Medio como en muchas otras regiones del mundo, resuena en mí aún más fuerte. No hay momento en mi día en el que no ore u ofrezca todo mi sufrimiento para que Dios lo utilice para detener toda esta violencia sin sentido.
Entonces, creo que es importante permanecer anclados a la realidad que vivimos. Por eso debemos admitir que no hay vida sin conflictos, ya sean pequeños o grandes: el conflicto es parte de nuestra existencia. No solo los que nacen o viven en un país en guerra, sino cada uno de nosotros nos enfrentamos a diario a la oposición o a la hostilidad, tanto personal como social. Pasar de la lógica del conflicto a la de la pacificación es un proceso, un viaje, a veces largo, agotador, con momentos de estancamiento y reinicio. Al igual que la consecución de la paz, que no es simplemente el rechazo de la guerra, sino que se basa en un camino paciente, en una confrontación crítica y constructiva con la realidad social, política, cultural, pero también religiosa. Hay una imagen que me parece que expresa muy bien el proceso de construcción de paz: la del bordado, que requiere paciencia y perseverancia. Creo que la paz es así: la construimos a lo largo del tiempo, muchas veces con pequeños gestos, paso a paso.
Estoy convencida de que las numerosas ‒y a menudo desconocidas‒ experiencias concretas, proyectos y compromisos de fraternidad en muchas partes del mundo «son» el camino hacia la paz. Aunque comparado con lo que está sucediendo puedan parecer pequeños, como una gota en un océano que nos sobrepasa, y lo que hacemos siempre es demasiado poco, estos gestos son preciosos, porque van en contra de la cultura actual que trae odio, polarización, separación entre las personas y los pueblos. Y son revolucionarios porque muestran que el camino hacia la paz siempre proviene de una elección personal y de una convicción. Si no hacemos una elección consciente y madura, nunca habrá paz.
En su discurso, el papa Francisco subrayó que no se trata solo de un compromiso humano: «Sabemos que solo del amor nace el fruto de la paz. Por eso, os pido que seáis testigos y constructores de la paz que Cristo trajo con su cruz, venciendo la enemistad». Un llamado a hundir raíces en tierra exquisitamente evangélica, ¿no es así?
De hecho, no trabajamos por la paz solo por razones humanas. Creemos en algo más grande: creemos que la paz es el plan de Dios para la humanidad. Es esta fe la que nos hace caminar por caminos de paz. No porque seamos buenos o porque esperemos ser recompensados por este propósito, sino porque sabemos que, viviendo y testimoniando la paz, somos colaboradores de Dios en el tejido de lazos de fraternidad entre todos los pueblos.
De los testimonios contados en el congreso Juntos por la Humanidad, que tuvo lugar del 16 al 19 de junio de 2024 en nuestro Centro de Congresos de Castel Gandolfo, surgieron algunas palabras clave de este compromiso: relaciones, confianza, relaciones intergeneracionales, comunidad, diálogo y, sobre todo, la palabra juntos: Juntos por la Humanidad. Todas estas palabras indican actitudes, gestos, «estilos» que es necesario aprender para ser coconstructores de paz.
Estoy profundamente convencida de que la paz se hace a través del diálogo, y esto significa que te dejo entrar dentro de mí con todo lo que eres y lo que llevas; te haré espacio. A menudo, esta dinámica exige que, para acogerte, deba perder algo, lo que no significa distorsionarme, sino dejar algo para ganar algo más grande, para construir un horizonte más amplio del que jamás podría haber llegado por mi cuenta. Por eso es importante volver una y otra vez a Jesús y a la lógica del Evangelio que nos lleva a creer en el diálogo y a hacer cosas a veces incluso heroicas.
¿Apunta, por tanto, a la responsabilidad de cada uno de construir fraternidad e iniciar procesos concretos de paz?
Me hace pensar en un pasaje de Chiara Lubich que, leído hoy, me parece extraordinariamente actual, tanto que podríamos tomarlo como un mandato.
«El aspecto más visible de la unidad es la fraternidad. Sin duda, me parece el camino más adecuado para ir río arriba; para sanar las heridas que ahora supuran, para lograr la libertad y la igualdad más plenas. Esa fraternidad que Jesús trajo a la tierra al hacerse nuestro hermano y hacernos hermanos. Es un camino válido para quienes tienen en sus manos el destino de la humanidad, pero también para las madres, para los voluntarios que llevan cantos de solidaridad al mundo, para quienes ponen a disposición parte de las ganancias de su empresa para eliminar espacios de pobreza, para quienes no se rinden a la guerra. La fraternidad "de arriba" y la fraternidad "de abajo" se encontrarán así en paz»[1].
Por lo tanto, si esta fraternidad «desde arriba» puede ser responsabilidad de las instituciones, de los gobiernos, de todos los que tienen en sus manos el destino de nuestros pueblos, la fraternidad «desde abajo» es responsabilidad de todos nosotros. No podemos esperarlo solo de las instituciones, sino que debemos seguir, con paciencia y pasión, tejiéndola desde abajo.
[1] C. Lubich, No alla sconfitta della pace, en «Città Nuova» n. 24/2003, pp. 8-9.








