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José Luis Guinot
Cielo e infierno
PUBLICADO

09 de junio de 2025

En una película un sanitario que atiende las tragedias de los suburbios y el sufrimiento por la violencia dice que ya no cree en el cielo, pero sí en el infierno. Es lo que vive cada día, su realidad. En este periodo histórico la idea del cielo que se enseñaba en las escuelas ha desaparecido, lo trascendente está difuminado, la esperanza en algo más allá está confusa. Y asistimos en directo a un verdadero infierno en Gaza y otros lugares del mundo olvidados, que confirma que sí existe, y está aquí. Y vivimos con pesimismo y temor por lo que pueda ocurrir en la humanidad y en el planeta.

Es patente que es el mismo ser humano el que causa esos infiernos. Es la violencia contra personas, que se desprecian como objetos, el origen de tanto dolor y sufrimiento. La impotencia ante lo que otros seres humanos, que han perdido su humanidad y su conciencia, son capaces de hacer, cuestiona la fe tambaleante. Se reza, se pide que acabe, se ruega, se demanda la paz, pero parece que nadie escucha. La libertad que nos convierte en personas se utiliza en contra de los demás. El amor es sofocado por el odio.

En este panorama podemos llegar a creer que el cielo no existe, que es una necesidad imaginada por el hombre incapaz de asimilar la soledad y la muerte. Dios ha muerto, se proclama desde hace más de un siglo. El ser humano ha ocupado su lugar y decide por su cuenta, se cree omnipotente y utiliza el poder para su beneficio en una egolatría extrema. Algunos dirigentes han secuestrado a sus pueblos y los tienen atrapados en dictaduras enmascaradas. Nos sentimos manipulados por los poderosos, y tan solo podemos confirmar que el infierno existe, y está en esta Tierra.

Ante tanta desesperación, es grande la tentación de dar la razón a quienes dicen que el hombre es un lobo para el hombre. Y aún mayor la tentación de la indiferencia, si no está a nuestro alcance, miramos para otro lado y aguantamos en nuestros pequeños oasis, disfrutando del momento mientras podamos.

Es tiempo de alzar la voz, de recordar que existe otro mundo que también está en esta Tierra, hecho del mismo material, del amor, pero no dirigido hacia uno mismo, sino hacia los demás. El mensaje evangélico, “amaos unos a otros”, “ama a tu prójimo como a ti mismo”, dicho hace más de 2000 años, es más actual que nunca. Y podemos gritarlo porque lo experimentamos todos, cuando amamos de corazón, con sinceridad, por el bien del otro, especialmente de aquellos que están en dificultad o sufriendo. Cuando salgo al encuentro de quien tengo próximo, y creo una relación, brota algo nuevo. El universo está hecho así. La unión hace la fuerza, la unidad crea plenitud, paz, confianza, esperanza. Se crea un pequeño cielo. Lo saben bien las madres y padres cuando dan la vida por sus hijos y viceversa, lo sabe bien el amigo dispuesto a todo por amor, lo sabe bien quien voluntariamente da su tiempo, cariño, ternura, compasión a quien sufre y le ayuda a salir del pozo de la soledad.

El cielo existe; tan cierto como ese infierno que vemos cada día en directo en lugares terribles de nuestro planeta, o en rincones olvidados de nuestras ciudades. El cielo existe cuando se crea una relación de amor recíproco, un cielo que nos saca del tiempo y el espacio, que perdura, que permite sentir ese amor más allá de los límites de lo caduco.

Algún día nuestra vida acabará y solo quedará el amor que hayamos dado, y permanecerá lo construido para bien de todos. Ese será nuestro cielo, que la esperanza nos hace intuir que pueda proseguir de un modo inimaginable. Pero no existirá si en el presente hemos dejado que siga habiendo infiernos a nuestro alrededor sin hacer nada por aliviarlos. Es un reto inmenso, posible, que depende de la decisión de odiar o amar en cada momento que la vida sale al encuentro.

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura