La rutina cotidiana, la amenaza de un despertador que suena sin contemplación a la misma hora todas las mañanas cuando el día aún no despertó del todo, las agotadoras jornadas laborales, las tareas domésticas inexcusables y tan cotidianas… todo eso parece detenerse y dar un vuelco a nuestra vida con la llegada de las vacaciones de verano: un viaje, un cambio, hacer algo diferente, no tener tanta prisa, tener tiempo para el ocio, la lectura, lo que nos gusta de verdad. Estar con los amigos o la familia, comer despreocupadamente, que habrá tiempo luego para las dietas y la consulta a los nutricionistas.
Llega el verano y lo afrontamos con el deseo de que sea un periodo de descanso, de cambiar de aires, de acabar con el estrés. Quién no ha tenido un amor de verano, un enamoramiento fugaz y efímero, ensalzado por la música y las canciones, la canción del verano que antes estaba tan de moda. Además, el verano es para muchos un tiempo para la lectura y la escritura, compañeras inseparables. Estos minutos tan largos, segundos eternos de despiertas siestas vespertinas o de noches de luna llena propicios para leer.
Sin embargo, el verano nos trae imágenes que precisamente no derrochan ni alegría, ni descanso, ni diversión. Mientras algunos se divierten de manera desenfadada, la naturaleza se desangra. Entristece ver cómo en nuestros ambientes habituales el calor, cada vez más intenso y persistente, intenta marchitar el verdor y las flores de la primavera. Sin hablar del rastro de muerte y desolación que dejan los incendios.
Parece que habíamos hecho un paréntesis y en las vacaciones nos hemos olvidado también de los pueblos que están en guerra, de la población civil, como nosotros, gente sencilla y corriente que pierde su casa, sus bienes, sus recuerdos, y lo peor su salud o incluso su vida. Dejar morir de hambre a las personas se ha convertido en un arma de guerra despiadada que mata lentamente. Muchas guerras y revoluciones han comenzado con los calores del estío, parece como si el sol, al apretar, nos agitara más y nuestra ira y sinrazón nos condujera a la violencia. Sin ir más lejos nuestra propia guerra civil. Es verdad que en los inviernos las condiciones climatológicas adversas dificultan las operaciones militares, la lluvia o la nieve dejan los campos de batalla impracticables y por eso solemos matarnos más entre nosotros con el buen tiempo. Un aspecto este del verano que es mejor olvidar.
Cuántas personas no han podido ir de vacaciones porque están enfermas, o porque están cuidando a personas enfermas o vulnerables, o porque no disponen de medios para poder hacerlo. Este verano, este grupo de personas ha aumentado considerablemente en España respecto a años anteriores. Es momento de pensar en nuestros mayores, venerables y ancianos indefensos, patriarcas familiares, muchos de ellos ahora nonagenarios gracias a los avances de la medicina pero que con la canícula se ahogan, pierden las pocas fuerzas y la vida se les evapora casi sin darse cuenta. Requieren más de nuestra atención. Veranos de madres y padres que cuidan de sus bebés, los que aún tienen pocos meses y están en esos momentos iniciales en que la vida es solo un balbuceo y no conviene aún sacarlos de su ambiente maternal.
También podemos pararnos a pensar en los que están trabajando para que nosotros descansemos. No podemos dejar de pensar en ellos, han sido varios los casos de muertes y accidentes laborales por golpes de calor. En los hoteles, en las terrazas y bares, en los restaurantes y chiringuitos playeros… cuánta gente trabaja para nosotros y no tenemos ni un minuto para pensar en lo paradójico que es todo.
Estas fotografías dolorosas contrastan con la experiencia de muchas personas, quienes sin duda tienen derecho al descanso, y a disfrutar de momentos placenteros. Imágenes que se contraponen y que nos deben hacer reflexionar que no todo puede cerrar por vacaciones.








