Una investigación con inteligencia artificial ha descubierto que los elefantes emiten un sonido característico al que un miembro de la manada o cría responde, como si fuera su nombre. Se interpreta que tienen capacidad de abstracción y quizás una identidad que los diferencia de los demás. Poner nombre a las cosas, animales o personas es una manera de distinguirlos de todo lo demás. Una mascota pasa a ser casi alguien de la familia y responde a su nombre. Llamar a alguien por su nombre implica reconocerlo como otro, iniciar una relación, crear un lazo. Nuestros padres eligieron nuestro nombre incluso antes de nacer, porque somos únicos.
Esa es mi experiencia como médico en el hospital. Cuando un paciente entra por primera vez a la consulta, asustado muchas veces, llamarlo por su nombre, estrechar la mano, mirarlo a los ojos, interesarse por él y quien le acompaña, ayuda a iniciar una relación médico-paciente. Ese tiempo que dedicamos a algo distinto de la ciencia médica es una inversión que compensa, pues la confianza que se ofrece es acogida por el paciente con alivio y esperanza. Se sienten seguros de que estamos para ayudarles, que vamos a compartir decisiones por su bien. Una paciente quería colaborar en la cuestación contra el cáncer porque decía que había un médico que le había salvado la vida… y también el alma. Es una medida diferente de relación.
Cada persona es única e irrepetible. Podemos acercarnos a otro como un objeto más, para nuestro uso e interés, o podemos atrevernos a iniciar una relación. Para ello lo primero es identificarnos, preguntar su nombre y otorgar el tuyo, como muestra de que estamos dispuestos a conocernos, a hacer de ese encuentro algo especial en ese momento concreto. Es una experiencia que llena el corazón y supera la rutina, una elección libre que depende de mí más que del otro, que puede o no aceptar esa invitación, que hay que respetar.
Es más difícil aplicar este modelo cuando nos cruzamos con alguien necesitado, desconocido. Podemos ignorarlo y acelerar el paso, podemos tranquilizar nuestra conciencia echando mano al bolsillo y acabar con la incomodidad del tropiezo. O podemos pararnos, regalar un poquito de ese tiempo que tenemos tan medido, y mirar a los ojos a quien la providencia ha puesto en nuestro camino. Yo me llamo… ¿Cuál es tu nombre? ¿Quién eres?, ¿qué necesitas? Si alguien ha hecho esta experiencia sabrá perfectamente que no sacamos a esa persona de su situación de precariedad, pero sí le damos una identidad, ofrecemos dignidad, alguien que por unos minutos siente que existe, que no es invisible. Atreverse a llamar por el nombre a otro ser humano nos iguala. Cuantas veces descubrimos que tiene una historia que no difiere tanto de la nuestra, pero vive una situación difícil.
Ojalá cuando estemos en necesidad, solos, ancianos o enfermos alguien se acerque a nuestro lado y nos llame por nuestro nombre. Hay que arriesgarse, merece la pena, podremos curar o aliviar el cuerpo, pero sobre todo el alma.








