Deja que ella te enseñe lo que te trae
Hay una preocupación que se acrecienta en mí. Llevo más de treinta años ejerciendo como docente (y tutora) universitaria. En los últimos cursos observo que un comentario se está extendiendo entre el profesorado: cada vez son más las personas que nos vienen con adaptaciones y problemáticas de todo tipo.
La verdad es que no sé si se debe a que hay más problemas o a que se detectan y se comparten más. Probablemente también tiene que ver con el incremento de la diversidad en las aulas. Y ahí es donde surge la pregunta: ¿qué hago con esto? ¿Cómo me enfrento a esta situación si los requerimientos que me llegan son genéricos y no sé a qué responden? Quiero hacerlo bien, pero siento que me faltan herramientas. Con buena voluntad no basta. Toda persona es terreno sagrado al que hay que adentrarse con cuidado y mucho respeto.
Tengo una intuición que quiero compartir. Nos estamos encontrando con personas que tienen una gran sensibilidad, que han oído —y puede que incluso trabajado— sobre el tema de las emociones, pero que se sienten desbordadas.
He impartido muchos cursos de inteligencia emocional (IE), entendida como la capacidad de identificar, comprender, usar y regular (gestionar) las emociones, en una misma y en las demás personas. De estas cuatro habilidades, sin duda la más complicada es la de regular.
Veo mucha falta de autorregulación emocional —he de decir que no solo en el alumnado, también entre personas adultas a las que se les presupone un mayor autocontrol—. Me hacen comentarios como: «Tengo mucha rabia, mucha ira…». Y de nuevo la pregunta: ¿qué hago con ella?
Nos han enseñado, y hemos aprendido, a mirar hacia fuera, pero nos falta mucho trabajo hacia dentro. El desarrollo de la inteligencia emocional pasa por el trabajo personal, el autoconocimiento.
Como dice la canción Está bien sentir:
«Esa emoción que llegó solo quiere respirar
No viene a hacerte daño
no es algo que evitar.
Es parte de tu historia que te viene a hablar».
A partir de aquí una invitación, válida para todas las edades: aprendamos a parar, a mirar hacia dentro y posponer la respuesta ante aquello que sentimos. Observémonos para comprender y solo después reaccionar.
Pongamos en práctica la sabiduría popular: contemos hasta cien —o mil, si es necesario— antes de actuar, antes de responder.








