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Antígona y la falta de relaciones
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12 de noviembre de 2025

Antígona es un personaje de una tragedia del teatro de la antigua Grecia, obra de un tal Sófocles, que ha sido contemplada a lo largo de los siglos y continúa siendo de interés también hoy.

Recordemos brevemente la trama.

Los hermanos de Antígona, Polinices y Etéocles, han muerto en la lucha por el trono. El nuevo rey Creonte, ordena sepultar con honores a Etéocles pero prohíbe que a Polinices se le dé sepultura considerando que había traicionado a la ciudad, y amenaza de muerte a quien lo haga. Antígona, fiel a la norma moral de que los muertos deben ser enterrados y por amor a su hermano, decide desobedecer la ley impuesta por el rey y, a pesar de la reticencia de su hermana Ismene que tiene miedo de las consecuencias de ir en contra, cubre el cuerpo de su hermano.

Es descubierta. Creonte ordena encarcelarla en una cueva tapiada. El final es de lo más trágico porque Creonte se arrepiente de su arrogancia por temor al castigo de los dioses pero ya es tarde. La encuentran muerta; su prometido e hijo de Creonte se suicida y también la madre de este y esposa de Creonte, consternada por la muerte del hijo.

Antígona se presenta pues como aquella persona que afirma la superioridad de los valores morales por encima de la ley positiva y que tiene el coraje de afirmarlo con los hechos también si eso le puede costar caro.

Los moralistas hoy reconocen que la voz de la conciencia es la norma última del juicio de la bondad o malicia de las propias decisiones, ya que es allí donde se hace oír la voz de Dios. Así Antígona, escuchando la voz de la conciencia, se convierte en modelo moral universal de comportamiento social.

Vemos como, a lo largo de la historia, gente de todo tipo ha tenido el coraje de comportarse como Antígona. Recordemos, por citar un ejemplo, el caso de Rosa Parks, una chica de color que en un autobús en la ciudad de Montgomery (Alabama), se negó a ceder su asiento reservado a las personas blancas y acabó encarcelada, hecho que dio impulso al movimiento por los derechos civiles de la gente de color consiguiendo al final la cancelación de la ley segregacionista. Como también el pastor evangélico Dietrich Bonhoeffer, ejecutado en 1945 por oponerse a las leyes nazis. Pero podemos añadir, desde el principio del cristianismo, a todos los mártires que murieron por no renegar de su fe en Jesucristo ante el poder civil.

La obra de Sófocles se ha representado a menudo en teatros y en películas, y ha inspirado numerosas obras. Recordemos aquí la novela: La tumba de Antígona (1967) de María Zambrano donde profundiza la dura experiencia del exilio. Como también la Antígona obra de teatro de Salvador Espriu que escribió en 1939, si bien no se permitió su representación, debido a las prohibiciones de la época con el catalán, hasta el año 1958. Escrita pues al final de la guerra civil española, Espriu presenta en ella una Antígona que primero intenta evitar la guerra entre los hermanos, y al final se esfuerza para que se supere la división entre vencedores y vencidos, por lo cual ella es condenada ya que los jefes de la ciudad ordenan honrar a los vencedores y borrar la memoria de los vencidos considerados como traidores, mientras que Antígona ofrece su vida para que cese la maldición.

El hecho es que toda esta retahíla de producciones se han inspirado en la Antígona de Sófocles porque la trama y los personajes son paradigmáticos universales, presentes en todas las sociedades a lo largo de la historia.

En contraste, Creonte, representa al gobernante absoluto. Para él, el Estado es él mismo, y su ley que él decreta debe ser obedecida "tanto en las cosas justas como en las que pueden no serlo". No escucha a nadie: ni a su hijo Hemocles, que estaba prometido con Antígona, ni a su guardia.

El caso es que Creonte cree actuar bien, pero lo que pasa es que su pensamiento, cerrado a cualquier relación, ignorando toda voz externa, queda limitado. Sófocles pone en evidencia en Creonte cómo esta su cerrazón, esta su arrogancia, es precisamente la causa de la muerte de una inocente, y de la total soledad con la que se encontrará él al final, después de la muerte de su sobrina Antígona, de su hijo y de su esposa.

En Creonte vemos la personificación de la autoridad civil que se otorga un poder absoluto. La obra original se sitúa en la ciudad de Tebas que se rige por una monarquía, pero es igualmente aplicable a los regímenes políticos aparecidos con la modernidad, en que nacen las naciones que toman en mano el estado, desplazando la centralidad de los monarcas. En este estado la ley positiva se convierte en la norma suprema, pero la autoridad política, al desvincularse, legítimamente, de la religión, cree sin embargo que tiene derecho a decidirlo todo sin necesariamente un referente moral. Ya cuando en Francia se guillotina al rey, se abre el periodo del terror.

Así, surgirán gobiernos movidos por ideologías, sistemas de pensamiento cerrados en sí mismos que pretenen dar respuesta a las exigencias de absoluto de la persona humana.

El nacido estado nación, hereda a menudo el espíritu absolutista de la monarquía. A menudo, con el objetivo de fortalecer su poder, buscará una uniformización lingüística y cultural dentro de sus fronteras, ignorando la riqueza de las relaciones gracias a la natural diversidad entre los ciudadanos. Según el mismo Jean-Jacques Rousseau el Estado es el detentor de la Voluntad General, y que «cada ciudadano debe relacionarse directamente con el Estado»[1]. Así, la sociedad queda reducida a un montón de individualidades y donde el mismo juego democrático con su cómputo de mayorías y minorías, carece de un real espíritu de colaboración y de solidaridad, de espontaneidad social creativa inexistente en una estructura anquilosada como es el estado.

El estado nación, atribuyéndose la soberanía, considerándose a sí mismo como el fin último, crea un individualismo colectivo cerrado. Sus ciudadanos piensan entonces realizarse humanamente colaborando en la expansión del propio estado. Se crearán así imperios coloniales que impondrán hasta la lengua y las costumbres de la metrópoli a las poblaciones sometidas. Aparecen igualmente la difusión y exacerbación de los sentimientos nacionalistas, llegando a formas de auténtica idolatría.

Consideramos que el nacionalismo es quizás peor que cualquier otra ideología, porque arrastra no solo la racionalidad sino también la emotividad a un agujero sin trascendencia. Bajo sus impulsos los estados nación han provocado en el siglo pasado las conflagraciones más violentes y sangrientas que recuerda la historia: en España con su probable millón de muertos, y decenas de millones en la Europa de los años cuarenta. Hoy, los nacionalismos siguen vivos en todas partes.

Pero aquí querría detenerme en un personaje que en todo este relato queda en la sombra. Me refiero a Sófocles, el autor de la obra. Su propósito no era simplemente entretener durante una hora a los atenienses. Hay que decir enseguida que él no es un político. Su deseo no era el de denunciar bajo la figura del rey Creonte a ningún gobernante ateniense de su época e invertir la situación en favor de otro de su simpatía. Sófocles, en realidad, era un filósofo que, ante los frecuentes ataques de los pueblos vecinos, quiere ayudar a sus compatriotas a superar su decadencia moral que podría llevar a la ruina de la ciudad. Les muestra entonces a Antígona como modelo de aquel que prioriza la ley divina.

Como filósofo, Sófocles ejerce una actividad esencial en toda sociedad: la del pensador capaz de orientar al colectivo hacia el bien. Lamentablemente, hoy asistimos como a una especie de deserción de esta necesaria labor social. Parece borrado de las mentes y de los ánimos el lema "Sapere aude!" (¡tened el coraje de los sabios!) que, con Kant, resonaba con entusiasmo en el periodo de la ilustración, en el siglo XVIII. En su lugar, una multitud de medios uniformizados al servicio del pensamiento oficial y de los intereses económicos o de poder.

Sin una luz crítica, se presentan a la población todo tipo de fantasmas perturbadores que la conducen a entregar el poder a los autoritarismos como falso remedio necesario.

Por eso el mensaje de Sófocles es hoy más urgente y necesario que nunca. El vacío creado por la deserción de tantos intelectuales, pone particularmente de relieve la figura de Antígona, como un modelo de comportamiento social para cada hombre o mujer del mundo de hoy, con la fuerte invitación a vivir él o ella fieles a la propia conciencia ante todo tipo de Creontes, en las múltiples y variadas situaciones de la vida social. Con esta actitud es como las personas alcanzan aquella madurez humana y, con el uso pleno y responsable de su libertad, hacen posible que el pueblo sea gobernado por el pueblo, el ideal al que aspira toda democracia.

Llegados a este punto, son oportunas estas palabras del que fue obispo de Aquisgrán, Klaus Hemmerle: "Cada uno de nosotros tiene una vida única que no se puede comunicar a los demás, una responsabilidad única que los demás no pueden asumir. Todo el mundo es arrojado a una soledad íntima consigo mismo. Solo uno puede ser más interno en nosotros que nosotros mismos: Aquel que nos ha creado y nos mantiene vivos. Él se ha hecho hombre por nosotros, y así puede estar allí donde estoy yo en mi más profundo, Él puede estar realmente, conmigo, en mi lugar"[2].

Escuchando esta voz en nuestro interior la descubrimos en armonía con la de todos los que también ellos la escuchan en su interior. He aquí entonces la plenitud de la relación entre los humanos.

[1] Jean-Jacques Rousseau, Le Contrat Social, II. 3. [2] Vie per l'unità, Klaus Hemmerle, Città Nuova Editrice, Roma 1985.

34 91 725 95 30

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura