Durante algún tiempo, la sociología ha cuestionado los muchos cambios en las creencias religiosas. Los estudiosos destacan dos tendencias opuestas e interrelacionadas: por un lado, la religión está perdiendo su papel en la sociedad y, por el otro, la demanda de espiritualidad está creciendo. Silvia Cataldi es profesora asociada de sociología en la Universidad de Roma La Sapienza.
Dios ha muerto: esta afirmación del filósofo Friedrich Nietzsche ‒que se ha convertido también en el estribillo de una conocida canción del cantautor italiano Francesco Guccini‒ expresa bien el sentir de las sociedades occidentales hoy en día. Indica el fin de una época, pero también anuncia algo nuevo.
En efecto, desde hace tiempo la sociología se está interrogando sobre las transformaciones que las creencias religiosas están atravesando en la contemporaneidad. Las respuestas de los estudiosos se centran en dos ejes: por una parte, la religión está perdiendo su papel social y de referencia moral; por otra, está aumentando la demanda de religiosidad o de espiritualidad por parte de las personas y de los grupos. Parecen dos tendencias opuestas, pero deben verse en la misma imagen.
Una primera tendencia: la secularización
Una primera tendencia que cataliza la atención de los investigadores es la secularización. Debe entenderse como el proceso por el cual las creencias, prácticas e instituciones religiosas han perdido gradualmente su influencia en la sociedad. Respecto al pasado, en el que las religiones realizaban tareas institucionales y de gestión del poder, hoy se ha afirmado una diferenciación y autonomización de las diversas esferas de vida y una neta separación entre Estado e Iglesia. En este proceso el sistema religioso se ha convertido en un subsistema entre otros y ha perdido su papel dominante y de dirección con respecto a los otros sistemas. En los Estados occidentales esto significa, por ejemplo, que en el reconocimiento de la laicidad del Estado la política ha sido confiada a la autoridad civil y que la instrucción se ha emancipado de la autoridad eclesiástica, pero también que en las artes, en la filosofía y en la literatura se han debilitado los contenidos religiosos y que la ciencia se ha afirmado gradualmente como perspectiva autónoma.
Afirmación del pensamiento racional y avance tecnológico
Según los sociólogos, este proceso ha tenido lugar en Occidente desde la Edad Moderna. Por ejemplo, según uno de los más influyentes estudiosos contemporáneos, el teólogo luterano y sociólogo austriaco naturalizado estadounidense Peter Berger, esto tiene que ver con la afirmación del pensamiento racional y el avance tecnológico: mientras que el ser humano en el pasado recurrió a la religión para explicar fenómenos que lo desorientaban, hoy se basa en la ciencia y en la aplicación de las técnicas. En otras palabras, actualmente en los países occidentales los mecanismos conceptuales de legitimación del orden social se basan cada vez más en la ciencia y a nivel cultural las creencias y los valores son cada vez más laicos. También otros estudiosos creen que fue la racionalización la que llevó a este cambio. Por eso la religión se ha convertido hoy en un sistema simbólico entre muchos otros sistemas simbólicos, perdiendo su influencia.
La misma religión se ha transformado
Pero hay más que eso. Según el padre de la sociología, Max Weber, también la religión se ha ido transformando poco a poco bajo la influencia del pensamiento racional, convirtiéndose cada vez más en un sistema frío y organizado. Esto ha afectado a las Iglesias cristianas, pero también a todas las llamadas religiones universales, que se han institucionalizado progresivamente e incluso dotado de su propia burocracia con funciones y poderes especializados. En resumen, según Weber, paradójicamente, con el tiempo esta tendencia racional ha llevado a fagocitar a las mismas religiones.
Esto explica varios fenómenos actuales. Pensemos en el escepticismo difundido hacia las Iglesias y en general hacia las diversas instituciones religiosas. Pensemos también en la clara disminución de las personas que participan en los ritos religiosos: por ejemplo, en Italia el ISTAT registra que la asistencia a la práctica semanal de los cultos (como la misa dominical) se ha reducido más de la mitad en los últimos treinta años, del 39,2 % al 19,2 %.
La religión queda relegada a un ámbito íntimo lejos de la vida cotidiana
Por otra parte, en Occidente es muy común percibir la religión no como un hecho público, sino como un hecho privado. A menudo los creyentes relegan la relación con Dios y la trascendencia a un ámbito íntimo que poco o nada tiene que ver con la vida cotidiana, el trabajo, la familia, la política y la diversión. El mismo Nietzsche se daba cuenta de que el hombre y la mujer de hoy ya no basan su moral en la fe, sino que ven los valores como netamente separados de la fe y separados de la doctrina religiosa.
Cabría entonces preguntarse si en las sociedades de hoy Dios todavía tiene espacio o si realmente no es el caso de verificar que el declive de las religiones está llevando inevitablemente a la «constatación de su muerte». Pues bien, a esta provocación los sociólogos responden poniendo de relieve que junto a los signos de crisis existen también signos de gran innovación.
La otra tendencia: signos de innovación
Así como está sucediendo en muchas esferas de la vida, la religión también está viviendo una época de destradicionalización. La relación con la trascendencia se aleja de esquemas, usos y costumbres tradicionales, así como de posiciones dogmáticas y apriorísticas, buscando nuevos caminos de realización y transmisión.
Nuevas formas de agregación religiosa: el fenómeno del movimentismo
Una de las manifestaciones más llamativas de esto es el fenómeno del movimentismo. En los últimos años, en todo el mundo han surgido nuevas formas de agregación religiosa que tienen como objetivo la promoción del cambio. Se trata de los llamados movimientos religiosos. Para dar una idea de la importancia del fenómeno con un ejemplo emblemático, basta pensar que la experiencia de «Juntos por Europa», que pone en diálogo las realidades agregadoras de las diversas Iglesias cristianas europeas, cuenta con más de 200 Movimientos y Comunidades en el viejo continente. Es sabido también que en el ámbito católico durante el siglo XX han nacido numerosos movimientos que, sobre todo después del Concilio Vaticano II, han expresado un esfuerzo de autorreforma espiritual y carismática muy relevante.
Pero el fenómeno «movimentista» no puede considerarse inherente solo al cristianismo. También es evidente en las grandes religiones como el judaísmo, el budismo, el hinduismo y el islam; expresa la exigencia de superar lo que se percibe como un formalismo de la doctrina y del dogma, centrándose en la experiencia, el servicio al prójimo, la ascesis y el retorno a las fuentes.
Tendencia de las instituciones religiosas a acercarse para colaborar
Otros signos de innovación se pueden identificar en la tendencia de las diversas instituciones religiosas a acercarse para comprenderse y colaborar en el servicio común a la humanidad. Este diálogo entre las Iglesias y las comunidades cristianas se reconoce desde hace tiempo con el nombre de ecumenismo, con características propias respecto al diálogo más amplio entre las religiones, también este muy relevante. Según una parte de la sociología esto puede explicarse tanto como reacción a los procesos de secularización y globalización, como así también efecto de las presiones de naturaleza política y económica.
Pero no podemos dejar de reconocer que esta tendencia dialogal tiene también un valor intrínseco. En efecto, representa la voluntad de las diversas comunidades religiosas ante todo de reconocerse recíprocamente, pero también de emprender un camino común, por ejemplo, sobre el tema de los derechos humanos. Pensemos en el encuentro entre el papa Francisco y el gran imán de Al-Azhar Al-Tayyeb que dio lugar a la firma conjunta del documento sobre la «Fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común»: ha sido fundamental para apoyar el compromiso común del catolicismo y del mundo islámico sunita con el reconocimiento de los derechos de las mujeres y de los niños, la lucha contra la pobreza y el apoyo a la inclusión social. También es muy importante el compromiso por la paz de las grandes religiones, un camino iniciado en 1986 en Asís y que se sigue llevando a cabo con encuentros anuales de representantes de las más diversas religiones. Por no hablar del encuentro entre el papa Francisco y el patriarca ecuménico ortodoxo de Constantinopla Bartolomé, que dio inicio a un compromiso común sobre el tema de la ecología.
Se trata de acontecimientos simbólicos que ciertamente han implicado a los líderes religiosos. Pero también son muy importantes a nivel de las creencias comunes. En efecto, varios estudiosos han subrayado que esta convergencia entre Iglesias y religiones no solo instaura una mutua colaboración entre instituciones, sino que lleva a una renovación popular en el modo de concebir la fe y la relación con la alteridad. En otras palabras, el diálogo ayuda a superar formas de identitarismo cerrado.
Formas de fundamentalismo: intransigencia pero también signo de una demanda de espiritualidad
En efecto, hay que tener en cuenta que junto a estas innovaciones respecto a la religión se están multiplicando las formas de fundamentalismo. Se trata de tendencias que llevan a vivir la relación con la trascendencia de manera intransigente: el fundamentalismo propugna un retorno a los principios fundamentales de una religión, identificada con la auténtica e infalible palabra de Dios.
Corrientes fundamentalistas están presentes en todas las grandes religiones mundiales: del cristianismo al judaísmo y al islamismo, y mezclan elementos reactivos, identitarios y conservadores ligados a la tradición con otros hipermodernos, como el recurso a internet como instrumento de propaganda. Se trata, pues, de un modo de hacer volver a Dios al centro de la vida social y pública, pero en oposición a los demás y según mecanismos de inclusión y exclusión de la comunidad de «verdaderos creyentes». En este sentido, también el fundamentalismo expresa una fuerte demanda de espiritualidad.
En conclusión
Podemos entonces preguntarnos: ¿es verdad que el planeta Tierra se ha vuelto cada vez más laico en las últimas décadas, prescindiendo de Dios? Solo en parte. Probablemente está en crisis esa religiosidad ritualista e institucional que ha sido predominante hasta ahora, pero la exigencia de trascendencia no ha muerto en absoluto. De hecho, las estimaciones de una reciente investigación del Pew Research Center nos dicen que la fe sigue siendo una parte integral de la vida de la gran mayoría de las personas en el mundo: el 84 por ciento de las personas que se identifican de diferentes maneras con un grupo religioso, y las tendencias esperadas para 2060 ven aumentar el número de creyentes. Pero hay que estar atentos a los cambios para ver dónde está Dios hoy.








