Escribo esto después de haber leído una editorial navideña en el diario. Quien lo escribía, si bien se manifestaba no-creyente, sí se enfadaba viendo la desaparición de la simbología navideña más tradicional de nuestras calles y plazas ¿Qué deben tener un bebé o un buey – venía a decir el periodista – que no se puedan mostrar en el espacio público?
Queremos reflexionar aquí sobre los diferentes diseños que el ayuntamiento de una gran ciudad catalana ha ofrecido a sus ciudadanos en los últimos años: una simbología muy abstracta donde una silla podían ser los Reyes Magos, por ejemplo. Recordamos también el debate que hubo en la ciudad de Perpiñán hace un par de años, cuando algunos grupos pidieron que se retirase el pesebre del ayuntamiento porque era un símbolo religioso en un espacio público de la laica República Francesa. Hubo quien, sin embargo, replicó que el pesebre no es un símbolo religioso sino una tradición que ha perdurado a lo largo de los siglos.
Quienes, desde sus puestos oficiales, han propuesto diseños navideños alternativos, han dicho que hay que ser “inclusivos” con aquellos que han venido de lejos y no se identifican con nuestras fiestas y nuestros símbolos. Ante esto, hay quien protesta porque ya no se puede desear “Feliz Navidad ” a nadie sino que, para ser correctos, tenemos que desear ”Felices fiestas”. Y todo ello, además, acontece en el trasfondo de una sociedad cada vez menos religiosa.
Entonces, ¿cuál es la solución al dilema? No es una cuestión de una simbología determinada (o la ausencia de esta): lo importante es que las creencias (y sus representaciones) se ofrezcan, y no se impongan. Las fiestas (de Navidad o las que sean) son una ocasión para compartir tiempo y mesa y, por lo tanto, de cohesionar nuestra sociedad. De esto pueden participar (y, de hecho, participan, porque los días festivos lo son para todo el mundo) todos los residentes de un lugar, independientemente de su origen o creencias. Por lo tanto, lo volvemos a decir, mientras la Navidad sea ofrecida y no impuesta, no deberían haber más problemas.
Quien escribe esto hizo un voluntariado internacional en Tierra Santa cuando era joven. A menudo compraba el pan a un vendedor ambulante cerca de casa, que se estacionaba justo al lado de la muralla de Jerusalén. Llegado el veinticinco de diciembre (día laboral en aquel país), el vendedor me deseó “Merry Christmas” sin hacerse ningún problema. Medio año después, fui yo quien le deseaba un buen final de ramadán con un “Mabruk El-Aid” que pronuncié como mejor supe. En ningún caso, las murallas de la ciudad santa, que nos hacían sombra, se pusieron a tambalear. Está claro, pues, que los símbolos religiosos pueden ser usados para crear lazos sociales con toda normalidad.
Otra cosa es que algunos grupos o individuos se escondan detrás de la excusa de una “inclusión” mal entendida para imponer en el espacio público sus ideas de manera discreta pero forzada. Estos colectivos, sin un referente religioso claro (cosa que es muy respetable), imponen sus estéticas y símbolos en lugares públicos a la mayoría de ciudadanos, muchos de los cuales echan de menos -como es obvio- el asno y el buey de cuando eran pequeños. Los símbolos navideños en nuestras calles serán para algunos religión, para otros tradición y para unos terceros meras curiosidades culturales. Pero, del mismo modo que hay que respetar pluralidad en la interpretación de los símbolos navideños, también hay que exigir que esta simbología de Navidad (o de “las fiestas”, como queráis) que se pone en nuestras calles y plazas sea igualmente plural y diversa y por tanto incluya elementos tanto religiosos y como folclóricos para que todo el mundo los pueda sienta como propios.








