La reciente crisis del sector agrícola en nuestro país ha vuelto la mirada hacia una parte de la población que parecía olvidada: el mundo rural, un mundo que merece recuperar toda nuestra atención. Porque hay mucho en juego. Y es que, frente a la homogénea y globalizada sociedad urbana, es el mundo rural el que atesora la diversidad cultural de nuestro continente. Europa es un paraíso etnográfico atravesado por cientos de microculturas que, desde Andalucía a Laponia, desdibujan los contornos de los Estados. Pensemos en la cultura vasca, situada a ambos lados de los Pirineos, o en La Tierra de Miranda, donde se esconde un reducto de la cultura leonesa pero en suelo portugués. Pues bien, si queremos salvar la diversidad cultural de Europa, debemos proteger el medio rural y sus tradiciones, que están seriamente amenazadas por la despoblación y la falta de prestigio.
Aunque muchos piensen que en los pueblos no hay oportunidades laborales, los jóvenes no solo huyen por la falta de opciones, sino por un entorno que les empuja a ello; por una sociedad que no les hace sentir orgullo por lo que atesoran, que les dice «estudiad para iros lejos» en vez de «estudiad para poder elegir». Así lo atestigua Álvaro Lobato, un joven de 36 años que en 2013 decidió montar una empresa de apicultura en un pequeño pueblo de León y que hoy continúa feliz en un entorno «que enamora». Álvaro estudió Ciencias Ambientales y llegó a trabajar en Barcelona y Canadá, pero no podía olvidar su pasado en Astorga. Desde niño había sentido un gran apego por los animales, la naturaleza y la forma de vida tradicional, en equilibrio con el medio. Y ahora, tan lejos, sentía que los había traicionado. Hasta que en 2010 conoció a Sergio, un agente medioambiental que le cambió la vida.
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