Hace unos años era corriente oír «la juventud está perdida». Me lo decían una y otra vez como una hipótesis testeada entre los adultos, resaltando que quienes se jugaban por los demás o iban persiguiendo objetivos con foco y perseverancia eran los menos. Al día de hoy lo que mis amigos publican en Instagram y los encuentros con infinita diversidad de personas me habla de una juventud que hace de todo menos quedarse quieta: se levanta, se manifiesta, se replantea cosas y sobre todo se junta para potenciarse, como si el sentido de comunidad, tanto para lo bueno como para lo malo, estuviera en su ADN.
Los temas presentes en la agenda son varios pero tienen en común el interés por un cambio: el medio ambiente, el feminismo, el veganismo, el orgullo gay, el aborto…, además de los asuntos típicos, aunque no menos importantes, como la educación, la salud o la igualdad de oportunidades. Antes se hablaba de no discriminar, hoy el mensaje es lograr no tratar al otro de manera diferente por su condición.
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