Llevaba tiempo queriendo realizar este pequeño viaje, conocer una nueva cultura y ayudar en un sitio de pocos recursos y muchas carencias, aunque también en España queda mucho por hacer para erradicar la exclusión social. Fuimos quince alumnos y alumnas, y a pesar de no conocernos entre nosotros, creamos una fuerte relación que nos permitió afrontar con entusiasmo la realidad que encontramos allí.
Nuestra labor dependía de los programas que desarrollan y coordinan varias congregaciones religiosas cristianas, cuya ayuda es bien recibida, dada la necesidad de atención de muchos colectivos, no obstante ciertas prácticas cristianas no estén permitidas por ser un país musulmán. Nos reunimos con el obispo de la zona, que nos explicó cómo viven las personas más desfavorecidas.
Trabajamos principalmente con chicos con diversidad funcional, totalmente asistencial. Son personas con muy pocos recursos para desenvolverse, rechazados por sus familias y mal vistos en la sociedad. Cada vez que nos veían daban saltos y gritos de alegría porque sabían que podrían salir de paseo y que habría alguien para escucharlos y acompañarlos. Y a nosotros nos saltaba el corazón de alegría al poder aportarles un granito de felicidad. Además, trabajamos con bebés, niños y mujeres, conocimos sus historias y les acompañamos en su día a día.
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