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Basílica Vaticana
Jueves 11 de diciembre de 2008
Señores cardenales;
señora ministra y distinguidas autoridades;
venerados hermanos;
ilustres rectores y profesores;
queridos estudiantes:
La proximidad de la santa Navidad me brinda la ocasión, siempre grata, de encontrarme con el mundo universitario romano. Saludo cordialmente al cardenal Agostino Vallini, mi vicario para la diócesis de Roma, y al cardenal George Pell, arzobispo de Sydney, cuya presencia nos hace remontarnos con la mente y con el corazón a la inolvidable experiencia de la Jornada mundial de la juventud del pasado mes de julio.
El paso del icono de María, Sedes Sapientiae, de la delegación rumana a la australiana nos recuerda que esta gran "red" de los jóvenes del mundo entero está siempre activa y en movimiento. Doy las gracias al rector de Universidad de Roma La Sapienza y a la estudiante que me han dirigido palabras de saludo en nombre de todos. Agradezco al ministro de Universidades e investigación su presencia, deseando todo bien a ese sector tan importante para la vida del país. Dirijo un saludo especial a los alumnos israelíes y palestinos que estudian en Roma gracias a las ayudas de la región del Lacio y de las Universidades romanas, así como a los tres rectores que participaron ayer en el encuentro sobre el tema: "De Jerusalén a Roma para construir un nuevo humanismo".
Queridos amigos, oportunamente, este año el itinerario preparado para vosotros, universitarios, por la diócesis de Roma está en armonía con el Año paulino. El bimilenario del nacimiento del Apóstol de los gentiles está ayudando a toda la Iglesia a redescubrir su vocación misionera fundamental y, al mismo tiempo, a aprovechar abundantemente el inagotable tesoro teológico y espiritual de las cartas de san Pablo. Yo mismo, como sabéis, estoy desarrollando semana tras semana un ciclo de catequesis sobre este tema.
Estoy convencido de que también para vosotros, tanto en el ámbito personal como en el de la experiencia comunitaria y del apostolado en la universidad, la confrontación con la figura y el mensaje de san Pablo constituye una oportunidad muy enriquecedora. Por este motivo, dentro de poco os entregaré la carta a los Romanos, máxima expresión del pensamiento paulino y signo de su consideración especial por la Iglesia de Roma o, para usar las palabras del saludo inicial de esa carta, por "todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación" (Rm 1, 7).
La carta a los Romanos, como saben bien algunos de los profesores aquí presentes, es sin duda uno de los textos más importantes de la cultura de todos los tiempos. Pero es y sigue siendo principalmente un mensaje vivo para la Iglesia viva y, como tal, como un mensaje precisamente para hoy, yo la pongo esta tarde en vuestras manos. Quiera Dios que este escrito, que brotó del corazón del Apóstol, se transforme en alimento sustancioso para vuestra fe, impulsándoos a creer más y mejor, y también a reflexionar sobre vosotros mismos, para llegar a una fe "pensada" y, al mismo tiempo, para vivir esta fe, poniéndola en práctica según la verdad del mandamiento de Cristo.
Sólo así la fe que uno profesa resulta "creíble" también para los demás, a los que conquista el testimonio elocuente de los hechos. Dejad que san Pablo os hable a vosotros, profesores y alumnos cristianos de la Roma de hoy, y os haga partícipes de la experiencia que hizo él personalmente, es decir, que el Evangelio de Jesucristo "es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree" (Rm 1, 16).
El anuncio cristiano, que fue revolucionario en el contexto histórico y cultural de san Pablo, tuvo la fuerza para derribar el "muro de separación" que existía entre judíos y paganos (cf. Ef 2, 14; Rm 10, 12). Conserva una fuerza de novedad siempre actual, capaz de derribar otros muros que vuelven a erigirse en todo contexto y en toda época. La fuente de esa fuerza radica en el Espíritu de Cristo, al que san Pablo apela conscientemente. A los cristianos de Corinto les asegura que, en su predicación, no se apoya "en los persuasivos discursos de la sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder" (cf. 1 Co 2, 4). Y ¿cuál era el núcleo de su anuncio? Era la novedad de la salvación traída por Cristo a la humanidad: en su muerte y resurrección la salvación se ofrece a todos los hombres sin distinción.
Se ofrece; no se impone. La salvación es un don que requiere siempre ser acogido personalmente. Este es, queridos jóvenes, el contenido esencial del bautismo, que este año se os propone como sacramento por redescubrir y, para algunos de vosotros, por recibir o confirmar con una opción libre y consciente. Precisamente en la carta a los Romanos, en el capítulo sexto, se encuentra una grandiosa formulación del significado del bautismo cristiano. "¿Es que ignoráis —escribe san Pablo— que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?" (Rm 6, 3).
Como podéis intuir, se trata de una idea muy profunda, que contiene toda la teología del misterio pascual: la muerte de Cristo, por el poder de Dios, es fuente de vida, manantial inagotable de renovación en el Espíritu Santo. Ser "bautizados en Cristo" significa estar inmersos espiritualmente en la muerte que es el acto de amor infinito y universal de Dios, capaz de rescatar a toda persona y a toda criatura de la esclavitud del pecado y de la muerte.
En efecto, san Pablo prosigue así: "Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rm 6, 4).
El Apóstol, en la carta a los Romanos, nos comunica toda su alegría por este misterio cuando escribe: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? (...) Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8, 35. 38-39).
Y en este mismo amor consiste la vida nueva del cristiano. También aquí san Pablo hace una síntesis impresionante, igualmente fruto de su experiencia personal: "El que ama al prójimo, ha cumplido la ley. (...) La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud" (Rm 13, 8. 10).
Así pues, queridos amigos, esto es lo que os entrego esta tarde. Ciertamente, es un mensaje de fe, pero al mismo tiempo es una verdad que ilumina la mente, ensanchándola a los horizontes de Dios; es una verdad que orienta la vida real, porque el Evangelio es el camino para llegar a la plenitud de la vida. Este camino ya lo recorrió Jesús; más aún, él mismo, que vino del Padre a nosotros para que pudiéramos llegar al Padre por medio de él, es el Camino.
Este es el misterio del Adviento y de la Navidad. Que la Virgen María y san Pablo os ayuden a adorarlo y a hacerlo vuestro con profunda fe e íntima alegría. Os agradezco a todos vuestra presencia. Con vistas a las fiestas navideñas ya próximas, formulo a cada uno mi más cordial felicitación, que extiendo de buen grado a vuestras familias y a vuestros seres queridos. ¡Feliz Navidad!
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"En los primeros seis días de la apertura del nuevo canal, las visualizaciones globales, en los cuatro idiomas, han sido más de 750.000. Los analistas de Google que hemos interpelado afirman que se trata de un número comparable al de los principales canales institucionales a nivel mundial, y que es aún más grande el de los inscritos (más de 15.000), demostrando que nuestro canal está en la línea de visitas de los demás que, además, han sido lanzado hace mucho tiempo y que, por tanto, tienen archivos más consolidados y más amplios".
"Se han publicado dos vídeos como media al día. Con motivo de la Jornada de la Memoria del Holocausto se han publicado también tres nuevos vídeos tomados de los archivos del CTV, dedicados a las principales intervenciones al tema de la Shoá (en la sinagoga de Colonia, en Auschwitz, y en la sucesiva audiencia general del 31 de mayo de 2006)".
"De este modo, se ha podido comenzar a experimentar también un uso ulterior del canal de YouTube, además del primario, la publicación de vídeo noticias del día. El camino por tanto ha comenzado bien y confiamos en que esta nueva forma de empeño sea fructuosa".
Más información http://www.youtube.com/vatican (ampliar)
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 30 de enero de 2009 (ZENIT.org).- El portavoz de la Santa Sede considera como algo gravísimo desde el punto de vista moral que un sacerdote u obispo, unido o no a la Iglesia católica, niegue la Shoá, el exterminio de millones de hijos del Pueblo de Israel a manos del nazismo.
El padre Federico Lombardi S.I., director de la Oficina de Información de la Santa Sede, ha criticado las palabras del obispo británico Richard Williamson, cuya excomunión ha sido levantada, quien en declaraciones realizadas a una cadena sueca, el pasado noviembre, cuestionó el Holocausto y negó la existencia de cámaras de gas en los campos de concentración nazis.
En un edito rial emitido por "Octava Dies", semanario del Centro Televisivo Vaticano, el padre Lombardi pide, citando las palabras de Benedicto XVI del 28 de enero que el recuerdo de "la Shoá lleve a la humanidad a reflexionar sobre la imprevisible potencia del mal cuando conquista el corazón del hombre".
Según Lombardi, el Papa "no sólo ha condenado toda forma de olvido y de negación de la tragedia del exterminio de seis millones de judíos, sino que ha recordado los dramáticos interrogantes que estos eventos plantean a la conciencia de todo hombre y de todo creyente".
"Esta espantosa manifestación de la potencia del mal desafía a la fe en la misma existencia de Dios", afirmó, citando el discurso que pronunció Benedicto XVI en Auschwitz, en el que planteó las preguntas radicales de los salmistas a un Dios que parece silencioso o ausente.
"Ante este doble misterio --de la potencia horrible del mal y de la aparente ausencia de Dios-- la única respuesta última de la fe cristiana es la pasión del Hijo de Dios".
"Estas son las cuestiones más profundas y decisivas del hombre y del creyente ante el mundo y la historia. No podemos ni debemos evitarles, y mucho menos negarlas. De lo contrario, nuestra fe se convierte en engañosa y vacía".
"Quien niega la Shoá no sabe nada ni sobre el misterio de Dios, ni sobre la Cruz de Cristo. Es todavía más grave, por tanto, si la negación sale de la boca de un sacerdote o de un obispo, es decir, de un ministro cristiano, esté unido o no a la Iglesia católica".
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Desconozco si la Biblioteca de Patrística que viene publicando Ciudad Nueva llega al gran público. En cualquier caso sería bueno que muchos fieles pudieran leer homilías como las recogidas en este volumen o, en su defecto, que se empaparan de ellas quienes tienen el oficio de predicar. No se trata de repetir lo que han dicho los Padres de la Iglesia, pero sí de comprender mejor lo que Dios ha querido decirnos en la Sagrada Escritura.
Juan Crisóstomo comenta los textos sagrados porque es consciente de que su misión como Obispo conlleva el predicar la Palabra y ese es uno de los modos más eficaces de gobernar al pueblo de Dios y de construir. La predicación y la catequesis son indispensables en toda acción pastoral y sin ellas parece difícil que pueda fructificar algo de manera estable, porque la misma Palabra es alimento.
Juan Crisóstomo, en sus homilías sobre la Carta a los hebreos, aúna de manera admirable la explicación teológica con las aplicaciones a la vida práctica. Así, junto a las enseñanzas sobre el sacerdocio de Jesucristo, y la misión de los ministros ordenados, se expone también la unión espiritual del cristiano con su Redentor y la posibilidad de ofrecer sacrificios espirituales (toda el alma). Pero junto a todo ese bagaje dogmático, tan importante para comprender la hondura del amor de Dios y de su amor salvador y que el santo despliega en ocasiones en polémica con las corrientes heréticas de la época, Crisóstomo consigue encendernos en el amor a Dios y en el camino de la santidad. De ahí sus continuas exhortaciones a una vida de fe movida por la caridad. A modo de ejemplo: “¡Somos escuchados, cuando nosotros mismos escuchamos a los pobres que se acercan a nosotros! Quien cierra sus oídos para no escuchar al pobre, tampoco será escuchado en su oraciones por Dios” (Homilía XI, 7); “En efecto, cuando se vive cien años sin realizar ninguna obra buena, sino sólo sin cometer pecado, es más, ni siquiera así, sino que es salvado por la sola gracia, verá a los otros coronados con gloria y estima; aunque no caiga en el infierno, dime, ¿acaso no sentirá desánimo?” (Homilía XIII, 4); “¿Quieres llegar a ser perfecto? No tienes más que empezar” (Homilía XVI, 4); “Ciertamente, lo mismo que en un camino expedito, si uno comienza a andarlo, el mismo camino lo conduce sin necesidad de ser llevado de la mano; así también, en el amor, basta con iniciar su práctica, para ser llevados de la mano por él con facilidad y despreocupación” (Homilía XIX, 1).
El amor a los pobres, depuesto todo juicio sobre ellos, y la vida comunitaria (asambleas litúrgicas, compartir los bienes, fomentar la sana amistad), son continuamente recordados por el obispo, como medios para vivir el auténtico amor, aquel que se nos ha manifestado en Jesucristo.
El profesor Marcelo Merino, como es habitual en él, nos ofrece una excelente traducción acompañada de una introducción y de notas aclaratorias. Agradecemos profundamente la posibilidad de poder leer al Crisóstomo en nuestra lengua y, al mismo tiempo, poder percibir la unción de sus enseñanzas, nacidas del amor a Jesucristo y de su caridad pastoral.
David Amado
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Queridos Hermanos y Hermanas en el Señor:
1. «A todos Ustedes amados y llamados por Dios: gracia y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y de parte del Señor Jesucristo» (Rm 1,7).
Con estas palabras del Apóstol San Pablo, del cual la Iglesia está celebrando el bimilenario de su nacimiento, de seo transmitir a todos Ustedes el afecto y la cercanía espiritual de Su Santidad Benedicto XVI, a quien tengo el honor de representar como Legado Pontificio en este Sexto Encuentro Mundial de las Familias.
Saludo con especiales sentimientos de comunión fraterna al Señor Cardenal Ennio Antonelli, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia, agradeciendo vivamente a él y a sus colaboradores la exquisita y eficaz diligencia con la que han preparado esta iniciativa que reúne en este hermoso País a familias procedentes de todo el mundo. Quiero recordar también al Señor Cardenal Alfonso López Trujillo, a quien confiamos a la misericordia de Dios, y que con tanto celo se ocupó de los precedentes Encuentros Mundiales de las Familias, dando también inicio al camino de preparación de la presente reunión.
Saludo con afecto y agradecimiento, también en nombre del Santo Padr e, al Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, por el cuidado y esmero con que, junto con su comunidad diocesana, ha ultimado la celebración de este Encuentro Mundial. Y no puedo dejar de mencionar también con gratitud el intenso trabajo llevado a cabo por el Comité organizador de esta magna concentración, presidido por Monseñor Jonás Guerrero Corona, obispo auxiliar de México, y la entrega de los numerosos voluntarios que han colaborado generosamente, así como el cariño con que tantas familias de la Ciudad han abierto sus casas y su corazón a otras familias venidas de lejos para participar en este maravilloso evento eclesial.
Saludo con afecto a los Señores Cardenales, a los Hermanos en el Episcopado y a las delegaciones llegadas de tantas partes del mundo, testimoniando así el empeño con el que están trabajando las Iglesias particular es por la promoción de la pastoral familiar en las distintas partes del mundo.
Dirijo mi cordial y respetuoso saludo a las Autoridades presentes en esta Eucaristía, poniendo así de relieve la importancia vital de la familia para el presente y el futuro de la sociedad.
Es de resaltar igualmente el entusiasmo y la convicción con que los Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y otros agentes de pastoral se entregan a la promoción y al apostolado para y con las familias.
Gracias, muy especialmente, a las familias aquí reunidas en esta gran asamblea litúrgica, en torno al Señor Jesús y bajo la mirada materna de Nuestra Señora de Guadalupe. Dentro de poco, los esposos presentes renovarán su alianza conyugal y la bendición del Señor descenderá sobre ellos para reavivar la gracia sacramental del matrimonio.
2. Las lecturas que han sido proclamadas nos presentan la Pa labra de Dios que nos ilumina e interpela. La primera, tomada del Libro de los Proverbios, habla de los consejos de un padre de familia a su joven hijo. Es un aspecto muy adecuado para este VI Encuentro Mundial de las Familias, que tiene como tema La familia formadora de los valores humanos y cristianos.
Estas enseñanzas paternas se refieren a la buena conducta, a la ética, a los valores humanos, y son fruto de la experiencia, la reflexión y el buen sentido. Contienen recomendaciones concretas para evitar los vicios y practicar la virtud. El texto escuchado, en su brevedad, se detiene sólo en casos tales como la embriaguez, la gula, la pereza y la falta de respeto por los padres ancianos. Al respecto, el autor sagrado apunta: «No te juntes con los borrachos, ni con los que se hartan de carne, porque el borracho y el glotón se empobrecen, y la modorra hace andar vestido con harapos. Escucha a tu padre que te engendró y n o desprecies a tu madre cuando sea vieja» (Pr 23, 20-21). Sin embargo, en el conjunto del Libro de los Proverbios, el panorama es mucho más amplio pues se habla también de orgullo, arrogancia, ira, venganza, opresión de los pobres, especialmente de las viudas y de los huérfanos, prostitución, adulterio, mentira y engaño.
Las virtudes, en cambio, son alabadas. El texto proclamado exhorta encarecidamente a ser sabios, rectos, justos, honestos y comprometidos con el bien. «Escucha hijo mío, y sé sabio. Dirige tu corazón por el camino recto (...) Adquiere el verdadero bien y no lo cedas, la sabiduría, la instrucción y la inteligencia» (Pr 23, 19.23). También en este aspecto, las recomendaciones se refieren a otras muchas virtudes: la humildad, el dominio de sí, la paciencia, la lealtad, la fidelidad conyugal, la amistad, el perdón de los enemigos , la laboriosidad, la sobriedad, la defensa de los pobres, la generosidad y la hospitalidad.
El principio que regula y fundamenta el comportamiento ético es el temor del Señor: «Principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Pr 9,10), es decir, la auténtica relación con Dios, hecha de respeto, adoración, obediencia y confianza. Algo similar se dice también en el pasaje de la Escritura que hemos escuchado: «Tu corazón no envidie a los pecadores sino que permanezca siempre en el temor del Señor, porque así tendrás un porvenir y tu esperanza no será defraudada» (Pr 23, 17-18).
El temor del Señor impulsa a renunciar al pecado y a cumplir su voluntad, concretada en las normas morales. Y como Dios quiere solamente nuestro bien, obedecerlo, según el libro de los Proverbios, es el camino para tener éxito también en este mundo, es decir, para tener salud, longevidad, bienestar, una familia unida, descendencia y honorabilidad social.
El Salmo responsorial que hemos cantado profundiza en la misma enseñanza: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos: comerá del fruto de su trabajo, será dichoso le irá bien. Su mujer como vid fecunda (...); sus hijos como renuevos de olivo» (Sal 128, 1-3). Según los escritos sapienciales del Antiguo Testamento, el temor del Señor, los valores éticos y las normas morales, pertenecen a la lógica y al dinamismo de la vida que tiende a su plenitud. Aceptarlos significa seguir la dirección del propio crecimiento humano, ser fieles a Dios y fieles a sí mismos.
Se trata de valores y normas conocidas a través de la experiencia y la reflexión, es decir por la razón y que, al estar contenidos en el texto inspirado son, al mismo tiempo , Palabra de Dios. Es comprensible que unas verdades accesibles a todos, también a los no creyentes, sean confirmadas por la revelación bíblica, pues frecuentemente la razón, obscurecida por los instintos y los prejuicios, no juzga correctamente. Como dice San Agustín: «Dios ha escrito sobre tablas de piedra los diez mandamientos que los hombres no leían ya en su corazón» (Comentario al Salmo 57,1). La recta razón y la fe son aliadas. Los valores auténticamente humanos son también cristianos, pues como exhorta el Apóstol Pablo: «Hermanos, aquello que es verdadero, que es noble, que es justo, aquello que es puro y amable, que es honrado, que es virtud y merece alabanza, esto sea objeto de sus pensamientos» (Fl 4,8).
También los discípulos de Jesús respetan el contenido y la consistencia propia de los valores y de la actividad humana, per o el mensaje cristiano los eleva a un nuevo y más alto significado, los integra en la relación filial con Dios Padre y en el dinamismo de la fe, de la esperanza y de la caridad. El centro del quehacer moral del cristiano es la persona de Jesucristo, el diálogo y la comunión con Él y, mediante Él, con el Padre en el Espíritu Santo. En esta nueva relación con las Personas divinas la práctica de los valores humanos y de las normas morales se perfecciona, adquiere nuevas motivaciones y energías, capacidad de sacrificio en el seguimiento del Crucificado, alegría y confianza en la compañía del Resucitado.
La familia cristiana pone en el centro de su atención la persona del Señor Jesús; lo acoge en casa; ora y se reúne en torno a Él; busca compartir su enseñanza, sus sentimientos, sus deseos, cumplir su voluntad. La fe en su presencia transforma tod as las relaciones y actividades familiares, exalta los valores humanos, crea un clima de comunión y de gozo. Clima humano y divino al mismo tiempo, como se evoca con conmoción y entusiasmo en el texto de la carta a los Colosenses que hemos escuchado en la segunda lectura. «Hermanos, revístanse, como elegidos de Dios, santos y amados, de sentimientos de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia (...). Como el Señor los ha perdonado, así también hagan ustedes. Por encima de todo pongan la caridad, que es el vínculo de la perfección. Y la paz de Cristo reine en sus corazones (...). La palabra de Cristo habite entre ustedes abundantemente (...). Todo lo que hagan, en palabras y en obras, todo se cumpla en el nombre del Señor Jesús, dando por medio de Él gracias a Dios Padre. Ustedes esposas, sean sumisas a sus maridos (...). Ustedes maridos amen a sus esposas (...). Ustedes hijos, obedezcan a sus padres en todo (...). Ustedes, padres, no exasperen a sus hijos, para que no se desanimen» (3, 12-21).
He aquí «la familia formadora de los valores humanos y cristianos». En ella se practican muchas virtudes, unificadas y sublimadas por la caridad; las palabras y las obras de cada día están animadas por el Espíritu de Jesús y orientadas por la escucha de su Palabra. Se mantienen los roles de cónyuges, de padres y de hijos, pero todos compiten en el amarse y servirse recíprocamente.
Todos los miembros de la familia son interpelados, porque todos deben participar en el desarrollo de los valores humanos y cristianos. Pero no podemos olvidar la peculiar responsabilidad que corresponde a los padres. Su actitud respecto a sus hijos debería ser semejante a la manifestada por María y José cuando, según la narración que hemos escuchado en el Evangelio, encontraron a Jesús en el Templo, después de haberse perdido. María y José lo buscan con indecible preocupación: «Hijo ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te buscábamos angustiados» (Lc 2,48). Aman a su hijo con pasión, con todo su ser.
Pues bien, queridos padres y madres, amen a sus hijos y háganles sentir que son amados y apreciados, respetados y comprendidos. El sentirse amados suscita gratitud y confianza en los demás, en sí mismos y en el amor del Padre celestial; y es un llamado a responder al amor con el amor.
María y José viven en la intimidad con Jesús; pero su persona y su comportamiento son un misterio también para ellos. «Él les respondió: ¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron esta respuesta» (Lc 2, 49-50). María y José intuyen que Jesús no les pertenece; vive para su verdadero Padre que es Dios y se pone totalmente a disposición del misterioso proyecto divino. A pesar de no comprender, lo acompañan con amor respetuoso y lo sirven con toda solicitud.
Queridos padres y madres, también ustedes han de respetar la personalidad y la vocación de sus hijos. Educarlos es ayudarlos a desarrollar sus potencialidades escondidas y apoyarlos para que puedan ser plenamente ellos mismos según el plan que Dios tiene sobre sus vidas. Cuídenlos como un don que les ha sido confiado, sin ser posesivos. Un famoso poeta escribe: «Sus hijos no son suyos (...). Ellos vienen a través de ustedes, pero no son de ustedes; y si bien están con ustedes, no les pertenecen. Pueden darles su amor, no su pensamiento: tienen su pensamiento propio. Pueden dar alojamiento a sus cuerpos, n o a su alma, porque su alma habita la casa del mañana, que ustedes ni siquiera en un sueño pueden visitar» (K. Gibran, Il Profeta).
Una buena relación educativa comporta ternura y afecto y, al mismo tiempo, razonamiento y autoridad. Ambos padres, el papá y la mamá, han de estar cerca de sus hijos y cultivar el diálogo con ellos. Queridos padres y madres, sean generosos con sus hijos, sin ser permisivos; sean exigentes sin ser duros; sean claros con ellos y no se contradigan; sepan decir sí o no en el momento oportuno. Sean coherentes y denles buen ejemplo. Así podrán ayudar a sus hijos a madurar una personalidad equilibrada, constructiva y creativa, sólida y fiable, capaz de afrontar los retos y las pruebas de la vida, que nunca faltarán.
Para la formación de los valores humanos y cristianos se requiere la familia fundada en el matrimonio monógamo y abierto a la vid a; se requiere la familia unida y estable. Los esposos que, no obstante la fragilidad humana, buscan con la gracia de Dios vivir cada vez más coherentemente el amor como don total de la propia vida del uno al otro, construyen su casa sobre roca (cf. Mt 7,24-25); hacen de su familia un Evangelio viviente; edifican la Iglesia y la sociedad civil; reflejan en la historia la presencia y la belleza de Dios que es unidad de tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Que la Virgen Santísima, Nuestra Señora de Guadalupe, obtenga esta gracia a las familias cristianas, para que se beneficien también de ella todas las familias del mundo. Oh, María, Madre del Amor hermoso, Madre de la esperanza, Auxilio de los cristianos, acoge estas humildes súplicas y regala a todas las familias del mundo aquello que necesitan para crecer en santidad, para ser sal de la tierra y luz del mundo, para ser santuarios de vida y de amor, de acogida y de perdón, de valores humanos y de virtudes cristianas. Amén.
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La primera entre los antiguos cristianos de Oriente, Basilio y Emilia, quienes vivieron entre el siglo III y IV. Cuatro de sus nueve hijos son santos (san Basilio, san Gregorio Niseno, san Pedro de Sebaste, y santa Macrina).
La segunda entre los cristianos de Occidente, el senador Gordiano, ejemplo de político íntegro, y a su esposa Silvia, padres del Papa Gregorio Magno, quien vivió en el siglo VI.
Las tres familias restantes son más recientes, como el caso de la mártir española María Teresa Ferragud Roig, que fue arrestada a los 83 años de edad junto con sus cuatro hijas religiosas contemplativas.
En cuarto lugar el Papa propone a los cónyuges italianos Luigi (1880-1951) y María (1884-1965) Beltrame Quattrochi, la primera pareja elevada conjuntamente a los altares. Su biografía ha sido publicada por la editorial Ciudad Nueva.
Por último, el Papa presenta a la pareja recientemente beatificada, los franceses Louis Martin (1823-1894) Marie Zélie Guérin (1831-1877), padres de santa Teresita de Lisieux.
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