Un paso más sobre el tema candente de la identidad. Las cuestiones que afrontaba la primera parte de este artículo1 mostraban hasta qué punto la identidad es un proceso negociado en nuestras relaciones y con la realidad que nos rodea, y no, como a menudo sucede, un proceso de radicalización que equipara identidad con ideología, lo cual genera identidades excluyentes y contrapuestas. Somos una identidad dialogada. Nuestra identidad se forma en la relación con lo otro, con minúscula o mayúscula. Seguimos hablando con David Luque, que nos guía en otro trecho del camino hacia lo que nos hace más humanos.
La identidad es una cuestión clave sobre la que se habla en los foros más dispares, aunque mucha gente sobrevive sin llegarse a planteársela.
Como padres, profesores o tutores, como hermanos, primos o amigos, lo que podemos y debemos hacer es proporcionar a quienes tenemos a nuestro alrededor experiencias que les ayuden a plantearse cuestiones absolutamente decisivas en su vida, que les lleven a descubrir quiénes son o quiénes están llamados a ser. Pedagógicamente, esto se solía llevar a cabo a través del estudio de los grandes autores en la historia de la humanidad. Hoy hay una apertura a realizaciones culturales más amplias, como el cine o las series de televisión.
No digo que debamos experimentar continuamente cosas o que tengamos que estar volcados en probar absolutamente todo para llegar a definirnos, pero sí digo que hay experiencias en la vida que nos marcan en un sentido u otro. De la misma manera –es la tarea educativa por antonomasia– hay que ser capaz de educar a los estudiantes, a los jóvenes y también a los adultos para percibir cuáles pueden ser, desde un punto de vista pedagógico, esos momentos decisivos, detenerse un momento en ellos y pensar, solo pensar. Nos decía el profesor Miguel García Baró: «Ojalá tengamos la valentía, cuando nos pregunten algo, de decir: necesito tiempo para pensarlo». Lo mismo debería suceder ante una experiencia que puede marcar la vida: «necesito pensarla». Me parece que es lo más profundo a nivel pedagógico.
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