Está de moda hablar y escribir de lealtad y también de deslealtad, pero más allá de los estereotipos que aparecen en los medios de comunicación lo que queda de ella es una visión muy difusa en torno a qué entender por la le una y por la otra .
Según uno de los más reconocidos estudiosos de la lealtad, como es el caso de John Kleinig, la lealtad debe “su origen etimológico al francés antiguo (loialté, leialté, lealté), que en el francés medieval pasó a ser loialté y en el francés moderno vino a expresarse como loyauté (que significa, principalmente, 'fidelidad a las obligaciones'). Sus raíces más remotas se encuentran en el latín lex (ley) y legalis (perteneciente al derecho) (Kleinig, 2014: p. 14).
Sin embargo, la conexión con la ley (lex) se ha atenuado severamente, continúa sosteniendo Kleinig, aunque hay algunos usos adjetivos obsoletos en los que leal significaba algo así como "legítimo": un "hijo legítimo" era uno nacido en el matrimonio, "dinero legal" era moneda de curso legal; y “paño real” era tela que cumplía con un estándar legal de calidad. Y a veces todavía nos referimos al “brindis real”, en el que se afirma la lealtad al monarca (originalmente la fuente de la ley). Los residuos de este marco cuasi legal también se encuentran en su forma sustantiva, en el juramento o juramento de fidelidad o fidelidad que un vasallo hacía a su señor. La lealtad al señor estaba constituida por la “adhesión fiel al señor o soberano” (Kleinig, 2014: p. 14).
En este artículo sostengo que la lealtad se usa mucho más ampliamente para referirse al compromiso perseverante con algún objetivo asociativo. En ese sentido, Sophie Bryant sugiere que, si deseamos explorar los fundamentos filológicos del término, deberíamos tomar la loi francesa como base en lugar de la lex más remota (Bryant, 1915: vol. 8, p. 183). Loi y su derivado loial tenía un significado más general que lex, refiriéndose ampliamente a lo que debe ser obedecido. Por tanto, loialté viene a significar fidelidad a las obligaciones. Aunque estas obligaciones puedan verse como naturales (como en una familia o entre amigos), presuponen algún pacto entre dos partes: “À la base du mot lex il ya une idée de convention, de contrat exprès entre deux personnes ou deux groups […]” (Dictionnaire étymologique de la langue latine, 1959: p. 353) Esta definición sienta las bases para la apelación a la lealtad institucional, tan prevalente en la actualidad.
Al pensar en la naturaleza de la lealtad, atravesamos filosóficamente -según Fletcher- un territorio inexplorado. Los tratamientos previos al tema “han recibido una atención considerable desde Aristóteles” (Fletcher, 1993: p. 6). Reflexionando sobre lo que el Estagirita comentó acerca de la amistad, comenzamos nuestra investigación de los fundamentos de la lealtad. La amistad, escribe Aristóteles en Ética a Nicómaco, “es una virtud o implica virtud y además es la más necesaria para vivir” (Aristóteles, 1999, 1155a).
En el sistema de Aristóteles, las disposiciones del carácter se denominan virtudes si contribuyen a nuestro telos, o terminan como seres humanos, un fin que hoy llamamos “florecimiento humano” o, más comúnmente, la vida buena. Según Fletcher, “la conexión precisa entre amistad y virtud sigue siendo vaga” (Fletcher, 1993: p. 6). Sin embargo, para Aristóteles la amistad es la condición previa universal para la vida buena, la vida lograda (Aristóteles, 1999: 1155a). Parece que la mejor interpretación, a partir de Aristóteles, es la de arraigar la personalidad en un nexo de relaciones como la condición para la evolución de la personalidad hacia la eudaimonía o felicidad.
Aristóteles admite que la amistad se presenta en formas inferiores y superiores. La variedad más elemental se basa en el placer, como suele ser el caso de la camaradería juvenil (Aristóteles, 1999: 1156a-1156b), o en la utilidad, que suele ser el caso de las redes en la vida empresarial y política. La forma superior de amistad, que trasciende tanto el placer como la utilidad, se basa en que cada miembro del par se desee mutuamente el bien y se otorguen beneficios recíprocamente como un fin en sí mismo (Aristóteles, 1999: 1156a-1158a). Esta forma superior de amistad, debemos agregar al relato de Aristóteles, requiere una comprensión implícita de la continuidad y la confianza recíproca. Según Fletcher, “un amigo no debe ser alguien que transitoriamente desea el bien a otro” (Fletcher, 1993: p. 7).
La amistad se basa en la lealtad, pero no de la misma manera exigente como lo hacen las relaciones exclusivas como son las conyugales o parentales. Uno puede ser amigo de bastantes, pero no de todos, ni tan siquiera de muchos, pues en este caso la atención y el cariño de uno se vuelven demasiado difusos para mantener la amistad. Como dice Aristóteles, “es natural que tales amistades sean poco frecuentes […]” (Aristóteles, 1999: 1156b). La amistad y todas las formas de vínculos leales presuponen relaciones arraigadas en historias compartidas. Como dice Aristóteles, los amigos deben haber “tomado sal juntos” (Aristóteles, 2009: 1156b), es decir, deben haber compartido cosas importantes en la vida, además de haber comido juntos. Este punto es casi obvio: las lealtades cristalizan en proyectos comunitarios y experiencias de vida compartidas.
Generalizando desde la amistad a todas las relaciones de lealtad, percibimos el papel de dos términos que distinguen estos compromisos morales de los demás: primero, la cuestión de la lealtad no surge en abstracto sino solo en el contexto de una relación particular. En segundo término, y por definición, estos vínculos generan parcialidades en las lealtades, amores y odios, predisposición a la confianza y la desconfianza.
La lealtad, en sí misma considerada, genera interés, parcialidad, una identificación con el objeto de la lealtad más que con sus competidores. La lealtad se expresa en relaciones que generan estas parcialidades afectivas y efectivas. La mínima exigencia de lealtad es el mantenimiento de la relación, lo que requiere el rechazo de alternativas que socaven el vínculo principal (por ejemplo, mentir al amigo). Un amante leal es alguien que no se deja seducir por otro contrincante. Un ciudadano leal es alguien que no se pasará al enemigo en tiempos de conflicto. Un partidario político será leal si no se “vende” a la oposición.
Según Fletcher, “siempre hay tres partes: 'A', 'B' y 'C', en una matriz de lealtad. ‘A’ puede ser leal a ‘B’ solo si hay un tercero ‘C’ (otro amante, una nación enemiga, una empresa hostil) que se erige como un competidor potencial de ‘B’, el objeto de la lealtad. El competidor siempre acecha entre bastidores, rechazado por el momento, pero siempre tentador, siempre seductor” (Fletcher, 1993: p. 8). Y lo más importante en la contribución de Fletcher, “el elemento fundamental en la lealtad es el hecho no presente -la tesis, según la cual, si el competidor aparece y llama, el leal se negará a seguirlo y secundarlo-” (Fletcher, 1993: p. 8).
Considero que es ahí donde radica el elemento fundacional de la lealtad y, por tanto, la sede donde tiene su base la lealtad institucional y, por derivación, la lealtad en las organizaciones. En cuanto a la lealtad institucional, cabe señalar, un genuino sentido político-parlamentario, y ha tenido dos manifestaciones: por una parte, los llamamientos del Gobierno a la oposición para que modere su crítica en los “temas de Estado”; y, por otra, en la reacción de la oposición parlamentaria a la hora de brindar su apoyo a quien ostente el poder político. Sin embargo, también se puede aplicar -en virtud de la analogía- a las interacciones entre gerentes y empleados de cualquier organización. Este último se conecta con otro concepto importante: el trabajo significativo y portador de sentido, que por su densidad sería materia de una ulterior línea de investigación.
Ahora bien, la lealtad cuando se vive en las organizaciones no deja de ser una virtud compleja, y que, además, siempre va a requerir sabiduría práctica para determinar su contenido en cada situación concreta (Melé, 2020: p. 96). El carácter nada sencillo de esta virtud se debe a que “hay muchos otros casos en los que una persona, al actuar como desleal, hace exactamente lo que debe hacer” (Keller, 2007: p. 203). Es decir, no es aceptable apelar a la lealtad -de forma generalizada-, porque “en términos éticos, la lealtad no es una virtud cuando se trata de hacer el mal (como ocurre con la pseudo-lealtad a una mafia o una banda de ladrones” (Melé, 2020: p. 96).
En ese sentido, cuando un deber ético entra en conflicto con la obediencia a las órdenes, la principal dificultad puede radicar en tener la fuerza necesaria para resistirse a obedecer el mandato y tomar las medidas adecuadas para resolver el dilema. Entre ellas, cabría presentar una objeción de conciencia o reportar el caso a un nivel superior dentro de la organización (Melé, 2020: p. 96).
En conclusión, las apelaciones a la lealtad -por reiteradas que resulten por parte de los más diversos actores que la invocan- no soslayan los recovecos que pudieran hacernos perder de vista el sentido último de esta virtud -la de ser buenos y no meros compinches- tan necesaria y al mismo tiempo tan inagotable.