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Mujer y hombre: el camino de la reciprocidad

Conversación con Valentina Gaudiano



Por Victoria Gómez - @Victoria_GomezR
01-11-2022

articulo
Seguimos explorando el complejo universo de lo femenino y lo masculino, sus diferencias y lo que tienen en común. En el pasado número reflexionamos desde la perspectiva de la sanidad y sobre una cuestión precisa: los adolescentes y la transexualidad. Esta vez alargamos el objetivo: qué caracteriza al ser humano en su dualidad femenino/masculino, su capacidad de autodeterminación, el riesgo de perder lo que hay en común o de negar sus diferencias. Conversamos con Valentina Gaudiano, profesora de Fenomenología y Antropología Filosófica en el Instituto Universitario Sophia de Loppiano.

La diversidad de culturas y visiones parece hoy mayor que nunca, y no faltan confusión e incertidumbre sobre quiénes somos y en qué dirección desarrollarnos.
Efectivamente, el nivel de intercambio global de costumbres, tradiciones, estilos de vida y culturas es mucho mayor hoy que en el pasado, con un incremento exponencial en las últimas décadas , debido entre otras causas a la posibilidad de desplazarse rápidamente de un lugar a otro del planeta, del intensificarse de los medios de comunicación, etc. Y ante tantas perspectivas, surgen en primera instancia desorientación, incertidumbre, cuando no sospecha y fundamentalismo. Si vivir mayoritariamente en un mismo lugar o país crea condiciones de estabilidad y seguridad, por otro lado conduce fácilmente a situaciones de inflexibilidad ante otras tradiciones culturales o religiosas o políticas, por miedo también a que se pongan en peligro nuestras certezas.

Ciencia y tecnología prometen un infinito horizonte de desarrollo y de libertad, al menos aparentemente.
Ciencia y tecnología, son rasgos extraordinarios de nuestra humanidad, animados por la inteligencia y la capacidad creativa del ser humano, así como por la curiosidad, que nos han permitido suplir a las que considerábamos carencias en el plano puramente biológico. Su vertiginoso desarrollo, sin embargo, abre escenarios con no pocos interrogantes éticos. Esto no es nada nuevo: la evolución nos ha enfrentado constantemente a la cuestión del "lícito o no": todo lo que pensamos, materialmente realizable, ¿es bueno que sea realizado? Es el caso extremo de la bomba atómica, que hoy -décadas después- vuelve a conjurar el fantasma de la catástrofe. También la biomedicina ha avanzado enormemente: pensemos en los trasplantes de órganos, en la posibilidad de curar ciertas enfermedades gracias a las células madre o a tejidos biológicos compatibles. También el espectro sobre el principio y el final de la vida, incluyendo las más variadas técnicas de embarazo asistido o fecundación in vitro, se han desarrollado en esta dirección. Parece efectivamente que nuestra libertad de acción sea infinita, incluyendo la hipótesis de modificar el propio cuerpo. Sin embargo, considero que la libertad humana no consiste en el poder de hacer -en ese homo faber prometeico que nos viene de la modernidad- sino en el poder de no hacer, es decir, en nuestra capacidad como seres morales, de responsabilizarnos de nuestros actos y pensamientos y saber detenernos ante lo que sería posible pero que perjudicaría al ser humano en su singularidad, o sea en cuanto mujeres y hombres concretos e insustituibles, y en cuanto tienen en común con todo el género humano.

La libertad humana no consiste en el poder de hacer, sino en el poder de no hacer: es nuestra capacidad como seres morales de responsabilizarnos de actos y pensamientos y detenernos ante lo que es posible pero que viola o quebranta la naturaleza humana.


Siguiendo esta autodeterminación, al margen del destino psicobiológico de nacimiento ¿corremos el peligro de empobrecer nuestra humanidad y la Humanidad en su sentido más profundo?
La capacidad de autodeterminación es exclusivamente humana: somos los únicos seres vivientes capaces de modificar lo que nos rodea, incluidos nosotros mismos. Lo hacemos desde las cosas más pequeñas: el cambio de vestido (que los animales no usan) y las modas, podemos intervenir en el crecimiento de nuestro cabello, el modificar nuestro cuerpo a través de accesorios -la historia de las culturas humanas lo atestigua desde los albores-, pensemos al uso de gafas, al maquillaje temporal y permanente, a los tatuajes... Lo hacemos, en otro orden de cosas, con la donación y trasplante de órganos para salvar vidas, hasta llegar a la alteración genética de los seres vivos con la inserción de chips en el cerebro humano para aumentar su inteligencia, intervenciones estas no propias a nuestra naturaleza y de las que aún no conocemos las consecuencias.
En la línea de la autodeterminación destaca aún más la capacidad humana de tomar nuestras vidas en nuestras manos y decidir qué hacer, incluso cuando los planes se tuercen; somos capaces de formarnos, de aprender, de desarrollar ciertos talentos, de seguir nuestros sentires y de entrar en diálogo con el mundo que nos rodea.
Lo que -hasta hace unos años- no había entrado en la perspectiva de la autodeterminación era el hecho, en un cierto sentido, de que nos origináramos a nosotros mismos. Venimos al mundo ya con un paquete de información genética y un cuerpo definido: elementos con los que tenemos que llegar a un acuerdo, aceptarlo o rechazarlo, para desarrollarnos plenamente. Y si una cierta inquietud nos recorre en los últimos tiempos, por el amplio espectro de intercambios posibles y la disponibilidad de técnicas que hacen vislumbrar horizontes antes impensables, se ha visto amplificada por el amplio espectro de intercambios posibles y la disponibilidad de técnicas que hacen vislumbrar horizontes antes impensables hacia el H+, Transhumano y Postumano1 . Ahora bien, esta creciente autodeterminación, que se aboca cada vez más a la arbitrariedad porque lo deseable no siempre corresponde al bien, a lo bueno, puede degradar esa facultad exquisitamente humana que es la libertad. Entonces, cuestionar radicalmente aspectos esenciales de nuestro ser humano puede tener consecuencias drásticas en nuestra humanidad.

El gran riesgo, para la mujer y para el hombre, es perder sus diferencias y negar la diversidad de su naturaleza en nombre de una neutralidad insípida. ¿Con qué consecuencias?
Cualquier tendencia a negar la diferencia -tanto sexual como de otro tipo- da lugar a un aplanamiento. La biodiversidad es lo más extraordinario que caracteriza a este mundo, haciéndolo más bello y rico. Así de enriquecedora es también la diferencia entre lo masculino y lo femenino, si se pone en diálogo la diversidad y donación mutua. Cuando se piensa que las diferencias sólo crean problemas -lo cual no es del todo erróneo- y que la solución es negarlas, se realiza una operación doblemente peligrosa: por un lado, se niega la evidencia del hecho biológico, natural, que como tal no es discutible porque no fue producida por nosotros y se genera un autoengaño; por otro lado, se comete una injusticia con quienes siguen creyendo en esa diferencia y que son empujados a los márgenes. El mundo está hecho de contrastes, no existe lo neutro -salvo por abstracción- aunque hay grados o matices. Por tanto podemos negar ser hombres y mujeres, desde un punto de vista socio-cultural, pero no que seamos varones y hembras, porque negarlo por medios artificiales es negarnos a nosotros mismos y ponernos en el lugar de Dios, es decir, hacernos artífices de lo que en definitiva no depende de nosotros.

Usted es antropóloga y ama referirse al pensamiento de Edith Stein2 . ¿Cómo vincular a esta pensadora, crecida en un contexto social, cultural y político tan diferente al nuestro, con nuestra contemporaneidad? ¿Qué puede sugerirnos?
Edith Stein vivió en un contexto realmente muy diferente, pero fue, como nosotros, una persona, una mujer que vivió, pensó, amó y sufrió con la gente de su tiempo. En particular, vivió las grandes discriminaciones que afectaron a las mujeres en los años 20 y 30, participó en los primeros movimientos feministas por el voto, y se vio tan interpelada por su condición de mujer en diálogo con los hombres que desarrolló algunas reflexiones al respecto. Se centró sea en la reflexión antropológica de lo masculino y lo femenino, que en la reflexión sociológica-cultural del educar a los hombres y a las mujeres en un desarrollo armonioso de las capacidades/rasgos de carácter individual y de los de la especie. La reflexión sobre el dato biológico y psicológico de que nacemos hombres y mujeres la llevó a elaborar el concepto de la doble especie en referencia a la única especie humana, expresada en lo dual del masculino y del femenino.

¿Qué significa el concepto de la doble especie?
La Stein refiere la doble especie a la única especie humana que se expresa en lo dual del masculino y del femenino. Es absurdo hablar de hombres y mujeres como de dos especies diferentes, dada la comunanza de rasgos que nos hacen humanos; se puede hablar en cambio de una especie dual, es decir, de una especie homo articulada en una dualidad psicofísica. La evolución y el desarrollo humanos pueden provocar cambios, pero no generar algo absolutamente diferente. El desarrollo implica un vínculo constante con la raíz, y creo que la diferencia sexual, la pura sexualidad biológica, no puede ser alterada radicalmente, recomponiendo o modificando en laboratorio los sexos del masculino y el femenino o produciendo una hibridez sexual. Dichas intervenciones tocarían lo humano en algo esencial y no accidental.

Parece culturalmente aceptada la enorme variabilidad de identidad de género (se habla de veintitrés formas de sentirse y percibirse), del no binarismo (ruptura de la dualidad masculino-femenino). ¿Cuál es su visión?
La cuestión del género -que no surgió por teorización ni para reclamar derechos de nadie3 - nos desplaza desde el ámbito de la naturaleza al de la cultura con una distinción total entre ambas esferas y una total autonomía de la una respecto a la otra. El resultado es la negación del género o su crítica como vinculante y problemática para quienes perciben el peso del factor cultural en nuestra expresión como masculinos y femeninos. Si hacemos tal distinción, la dualidad de sexo existe, pero la dualidad de género no, ya que estaría más bien ligada a nuestro sentirnos y percibirnos según instancias socioculturales. Por ello, el género no requiere el binarismo, y de hecho multiplica sus diferenciaciones según los tonos del sentimiento, ya sean fundamentales o pasajeros o caprichosos o ligados a las modas.

Según la teoría del género la dualidad de sexo existe, pero la dualidad de género no, porque ligada al personal sentirse y percibirse según instancias socioculturales, multiplicando su variabilidad según los tonos del sentimiento, fundamentales o pasajeros o caprichosos o ligados a las modas.


Con cuanto afirmo no me refiero en absoluto a las personas transexuales, que no experimentan coherencia entre su dimensión biológica y la autopercepción que tienen de sí mismas, y tampoco a las que entre ellas se orientan a la transición de género. De hecho, en la transexualidad no estamos hablando de modificación sexual sino de desarrollo identitario, de búsqueda para llegar a una coherencia entre un sexo y una genitalidad biológica clara y el sentir psicofísico dictado por genes que van en la dirección del sexo opuesto. Este tipo de discrepancias que existen en la naturaleza, y de hecho se dan, comportan muchas veces sufrimiento profundo, inquietud y estados emocionales que no permiten una vida feliz y serena.
El ser humano es muy complejo. Podemos pensarlo como el resultado de tres planos entrelazados: el propiamente carnal, por estar hecho de un cuerpo con lo que conlleva en el sentido biológico y psicológico; el más social que se expresa en la profunda necesidad de reconocimiento por parte de los demás, reconocimiento que a todos nos atraviesa e impulsa nuestra socialidad, con la búsqueda de un lugar en el cuerpo social yun papel reconocido, aceptado y apreciado; un nivel más propiamente espiritual en el sentido trascendente, que nos mueve a la expresión cultural y artística, así como a la oración y a la relación con lo divino.
Guido Cusinato4 , habla de esto en términos de biosemiótica, es decir, de una interpretación de lo viviente en la que insertar lo humano partiendo de un sentimiento primordial que nos caracteriza junto con todos los seres vivos. Este sentimiento -que precede a la razón- se articula entonces en una especie de orden que va desde el nivel básico de todos los seres vivos, incluidas las plantas y los microorganismos, definido como ordo carnis, hasta lo común del mundo animal de un ordo socialis, para terminar con el específicamente humano -el que nos hace personas y no sólo individualidades- que es el ordo amoris. Dentro de esta estructura, también podemos leer e incluir nuestro ser masculino y femenino como un hecho únicamente biológico, ligado por tanto al orden de la carne, pero en realidad es también una expresión social -lo que yo pasaría a denominar género, que nos traslada a una asignación social de posiciones claramente definidas- y no deja de ser una expresión de nuestro sentir espiritual que induce diferentes formaciones culturales según seamos hombres o mujeres.
Estos planos, que incluyen nuestro ser masculino o femenino están entrelazados naturalmente y funcionan si se armonizan entre sí -lo que no significa paz idílica- y al servicio el uno del otro. Cuando pienso o actúo o tomo decisiones, lo hago como cuerpo biológico sexuado, que tiene un determinado género y una particular dimensión de trascendencia. Separar estos planos sería una disociación arbitraria.

¿Y cuál es el papel de la cultura y la educación, en el desarrollo de nuestra individualidad?
Ambas desempeñan en general un papel importante Somos seres sociales y esencialmente relacionales, por lo que el desarrollo personal de cada uno, aunque es asunto de nuestra propia responsabilidad -soy yo quien debe tomar las riendas de mi vida y darle forma- se ve afectado y se beneficia del mundo que me rodea. En este contexto, los educadores cumplen explícitamente una tarea adicional con una función educativa propia ofreciendo elementos y herramientas, conocimientos y habilidades que apoyan el viaje personal y enmarcan la individualidad subjetiva dentro del denominador común de la humanidad. En general, la educación supone una visión antropológica: si no sé a quién tengo que educar y para qué debo educarlo, será difícil que mi aporte sea realmente tal. Dicho esto, sin embargo, pienso que los educadores no deban imponer modelos específicos fruto de su convicción antropológica personal, sino que su función sea acompañar al descubrimiento de lo que ya está en cada uno de nosotros para que salga a la luz en su plenitud. Se trata de descubrir nuestra vocación personal en este mundo, en diálogo con la vocación que me une a todos los demás seres humanos, al mundo, a la naturaleza, a la creación. Por lo tanto, considero que el papel de la educación sea decisivo para contribuir -en sentido positivo- al desarrollo individual de la personalidad en diálogo con el mundo, o -en sentido negativo- imponiendo modelos preestablecidos que no respetan la individualidad y la libre conciencia de cada persona. De hecho, todo el contexto cultural en el que vivimos nos ofrece valores, perspectivas y conocimientos de referencia que entran en juego en el proceso educativo individual y que deben dialogar constantemente entre sí y con otras perspectivas para que el desarrollo humano sea orientado a la apertura y al respeto, no sólo de uno mismo sino también de los demás y del “otro” en sentido amplio, incluyendo la naturaleza.

¿Cómo ayudarnos en el delicado camino de la aceptación de las dos dimensiones, cultura y naturaleza, y de su profundo entrelazarse?
El ser humano tiene en su interior una dimensión natural (recibida) y una dimensión cultural (fruto de sus capacidades superiores). La frontera entre estas dos dimensiones no es nítida ni posible de definir de manera clara y marcada. A menudo se ha intentado reducir una de las dos esferas a la otra, con el fin de disolver la tensión, creando por tanto un aplanamiento en uno de los dos polos que nos constituyen, es decir, operando una reducción de lo humano a sólo la naturalidad o a sólo un fenómeno cultural, construcción por tanto artificial. Esta tensión natural surge del hecho objetivo de que nos observamos como parte integrante del mundo natural, de lo viviente en concreto, ya que reconocemos en nosotros dinámicas y aspectos que compartimos en parte o en su totalidad con otros seres vivos; al mismo tiempo, también sentimos una distancia, ya que tenemos una capacidad única de elaboración y transformación.
Hay que entender los términos en uso: podríamos decir, de forma simplificada, que la naturaleza indica lo que el ser humano ha recibido en términos de estructura material, biológica u orgánica, etc., mientras que la cultura se refiere a lo que el ser humano produce y que le es propio, como fruto de sus facultades superiores (la capacidad de razonar, de crear, la presencia en él de un sentido moral, etc.). Esta dimensión cultural la recibiría en parte de su contexto social y en parte la crearía él mismo a partir de su propia y libre iniciativa. Como he dicho, a lo largo de la historia cultural occidental se ha intentado encontrar un acuerdo entre estas dimensiones, pero se ha hecho con operaciones de síntesis que desvalorizaban uno u otro polo. Hoy en día, vemos que la naturaleza y la cultura parecen superponerse cada vez más, debido al desarrollo de los conocimientos técnicos y científicos. La naturaleza es cultura, el propio cuerpo es cultura: ¿qué puede significar esto en un contexto en el que el poder de manipular y destruir la naturaleza, y a sí mismos, ha alcanzado niveles sin precedentes? Y puesto que la concepción del ser humano está también ligada a sus actos concretos, ¿cuáles son los actos por los que el ser humano expresa su humanidad, en una época en la que, por ejemplo, la inteligencia artificial (que es un producto cultural) parece sustituir cada vez más y con mayor eficacia la racionalidad "natural" del ser humano? Estas son las preguntas que quizás puedan ayudarnos en el delicado camino de aceptar ambas dimensiones y su profundo entramado.

Se habla de igualdad de esencia, igualdad de derechos, defensa de las diferencias... ¿en concreto? Aclaremos los términos. Hablar de igualdad respecto al sexo y al género, desde el punto de vista constitutivo (no desde el punto de vista de los derechos y de su reconocimiento), me parece sin sentido. Para empezar tenemos dos sexos y no sólo uno: por tanto en razón de esta diferencia biológica, sexual, no hay igualdad entre el hombre y la mujer, pero tampoco la hay entre los mismos varones, ni entre las mismas mujeres.
Desde la dimensión esencial-estructural, yo prefiero hablar de paridad. En primer lugar, porque no hay nada en la naturaleza que sea absolutamente igual a otra cosa, incluso al interno de la misma especie: es un disparate decir que los seres humanos sean todos iguales , porque cada uno tiene características propias que le identifican como persona concreta, única e irrepetible, ni siquiera reemplazable. El término igualdad (o sea, que el objeto x se corresponde en todos los sentidos con el objeto y) lo tomamos de las matemáticas, pero utilizándolo en este otro campo no hacemos justicia a la complejidad de la naturaleza humana.


«Hablar de igualdad respecto al sexo y al género, desde el punto de vista constitutivo (no como derechos y su reconocimiento), me parece sin sentido. Desde la dimensión esencial-estructural, yo prefiero hablar de paridad».


El núcleo esencial que nos caracteriza a todos como seres humanos debe equilibrarse, constantemente, con el núcleo de la expresión individual que es común. Se hace importante y urgente, en el desarrollo global de la humanidad, el respeto y la defensa de las diferencias. Cuando la defensa de una determinada expresión humana -tomemos el caso del feminismo y la cuestión de la mujer- se convierte en la excusa para aniquilar al polo de diferencia (al hombre y a lo masculino), no se hace justicia ni a esa expresión que legítimamente se quiere defender ni a la otra, porque la defensa y el respeto de una expresión de lo humano no puede tener como consecuencia la persecución o mortificación de lo que no le es propio. Otro ejemplo es el tema de la cuestión de género: cuando se quiere sustituir un sistema heterosexual o binario con una igualdad de género (que de hecho no existe), pasamos de una absolutización a otra contraria, de la defensa de una minoría, a la reducción a minoría de la otra parte. Defender y valorar las diferencias, en cambio, significa mirar a nuestro denominador común -el ser humano- y ampliar nuestra mirada de aceptación, dándose cuenta y dando cabida a una multiplicidad de expresiones de lo humano que existe, y subsiste de hecho, sin que eso signifique la asunción global y la absolutización de esas diferencias.

¿Los valores pueden ayudarnos a recuperar la identidad común y respetar las diferencias?
Sí, pueden apoyar el camino del recíproco reconocimiento, aunque depende de lo que entendamos por valores, ya que cada cultura tiene su propio sistema valorial, fruto de una propia historia cultural y religiosa. Ahora bien, cuando se habla de valores, se indica generalmente algo comúnmente compartido porque reconocido como positivo en su alcance universal. Hildebrand5, pensador alemán del siglo XX, hizo una interesante aclaración al respecto distinguiendo entre lo que es: 1) bueno para mí o subjetivamente satisfactorio; 2) bueno objetivamente para las personas en general; 3)bueno en sí mismo con un valor pleno y universal (por ejemplo el valor de la paz). A menudo convertimos en valores cosas buenas pero subjetivas (sea a nivel individual que colectivo) y cuando, en un sistema cultural, un grupo convierte sus propios intereses en bienes o valores universales se transforma en grupo de presión y los supuestos valores impiden un sano reconocimiento y respeto sea de la individualidad que de la humanidad.

Usted hipotetiza una filosofía de lo concreto viviente: el pensamiento que toma cuerpo. ¿De qué modo atañe a lo femenino y a lo masculino?
Desde hace algún tiempo, la observación y el estudio de la realidad con una actitud fenomenológica (= experiencial, de observación de los fenómenos), me hacen ver la necesidad de desarrollar una filosofía que sepa responder mejor a la multiplicidad y vitalidad intrínsecas en lo viviente. Todo lo que atañe a la vida es difícil enjaularlo en teorías abstractas que buscan la unidad, lo que no significa aplanamiento, sino convergencia en un entramado de planos diferentes. El cuerpo humano es el elemento primario que nos caracteriza y que -como dije en una de las primeras respuestas- nos caracteriza no sólo de manera específica, sino sobre una base ampliamente compartida con otros seres vivos. Este cuerpo que recibimos al nacer como un boceto completo, que ha de ser desvelado en su plenitud y requiere la aportación constante de la alteridad que nos llega del mundo, expresa en sí mismo las polaridades que hemos mencionado. No aceptar esta dimensión de la determinación que es independiente de nuestras elecciones y deseos, significa ir en contra de un proceso evolutivo que no está en nuestras manos, pero que estamos llamados a respetar porque contiene un profundo significado en sí mismo. En lo específico de la masculinidad y la feminidad, se trata de respetar nuestra sexualidad personal y al mismo tiempo ser conscientes y cuidadosos del ser específico concreto que debe convertirse en hombre o mujer. Este trabajo es necesario sea para la persona heterosexual que para la persona homosexual, lo que requiere un proceso de adquisición de datos biológicos y de emergencias personales que obligan a desarrollar esa determinada sexualidad en un género que pueda expresarnos plenamente. Como ya he dicho, sucede que un determinado dato biológico no siempre se corresponda con un sentimiento psíquico-emocional, generando dificultades, sufrimientos y desequilibrios. A esto se suma el factor culturalque desarrolla interpretaciones y fija roles correspondientes a los géneros sexuales de forma que se generan aún más situaciones de conflicto interno y/o social. La mirada a la biosfera6 puede ayudarnos a una mayor clarificación de estas diferenciaciones, ayudando a distinguir cada vez más entre lo que es fruto de las necesidades humanas reales -que debe ser acogido y escuchado y debe orientar a repensar posiciones y convicciones rígidas- y lo que en cambio resulta ser producto de modas y fantasías, del capricho prometeico de sustituir a Dios en el proceso evolutivo en el que estamos inmersos, introduciendo elementos contrarios a lo humano.

La relación de reciprocidad entre hombres y mujeres, más allá de estereotipos o de visiones pacificadoras, ¿es una utopía? ¿qué exige y qué regala?
Estoy convencida de que, a pesar del esfuerzo y la conquista continua que exige, la relación de auténtica reciprocidad entre hombres y mujeres no es en absoluto una utopía y podrá alcanzarse disipando sea las tendencias pacificadoras que los absolutismos machistas y feministas extremos. Llegar al pleno reconocimiento y aceptación de la diferencia más radical que atraviesa lo humano en su conciencia y alcance, requerirá un esfuerzo igual por parte de los hombres que de las mujeres en un doble proceso: reconocer lo que es totalmente propio y específico, en cuanto masculino y femenino, y reconocer lo que es absolutamente común a la especie humana.

La diferencia más radical que atraviesa lo humano es ser mujer y ser hombre. Llegar a su plena aceptación, requerirá por parte de ambos reconocer lo que es totalmente propio y específico y lo que es absolutamente común. El florecimiento del ser humano está aquí; lo contrario es la arbitrariedad.


Jung7 (y no sólo él) defendía la copresencia de esta dualidad, masculino y femenino en cada ser humano, con una preponderancia de uno u otro en cada individuo. Esta base puede permitirnos dialogar y entrar en una relación recíproca y constructiva, reconociendo el aporte de la alteridad. La reciprocidad, de hecho, no significa la adaptación de los diferentes caracteres en un sentido u otro, como tampoco afirmar uno en detrimento del otro (que conllevaría desigualdad y, por tanto, servilismo/explotación).
No es un camino fácil: lo masculino y lo femenino están afectados por una historia de siglos, muy arraigada en ciertas culturas. La reciprocidad exige que los hombres den realmente cabida a las mujeres como a sus pares, reconociendo sus capacidades únicas y al mismo tiempo aparentemente competitivas, lo que significa -de hecho- renunciar a privilegios y espacios de poder. Y significa también que las mujeres no avancen hacia la recuperación de su propia dignidad aniquilando el valor de la diversidad masculina y sustituyéndose a los hombres.
Vuelvo a lo viviente que la naturaleza nos muestra. Hay un hecho indiscutible -más allá de lo que quieran pensar algunas feministas arrogantes- y es el acto de nacer. Venimos al mundo a través de una relación de intercambio, en el mejor de los casos de donación mutua entre un hombre y una mujer. Somos fruto de una relación y nacemos dentro de una relación: la que hay con la madre. Este es un hecho natural incontrovertible que respetar y que marca la diferencia decisiva entre hombres y mujeres. Sobre esta base la singularidad de cada uno de nosotros está llamada a desarrollarse en el respeto de lo común humano y en el respeto de la propia individualidad. El florecimiento del ser humano está aquí; lo contrario es la arbitrariedad.


1Consultar: “Evolución irreversible hacia el +Humano”, Diálogo con Albert Cortina
“¿A dónde lleva el Transhumanismo?”, Diálogo con Albert Cortina
2Edith Stein, filósofa alemana de la escuela fenomenológica de Edmund Husserl. Judía de nacimiento, llegó al cristianismo conociendo la experiencia mística de Santa Teresa de Ávila que la deslumbró. Debido a su extraordinaria inteligencia, se le aconsejó continuar su trabajo intelectual y de docencia. Murió en el campo de exterminio de Ausschwitz en 1942. https://smoda.elpais.com/feminismo/edith-stein-la-santa-que-pudo-haber-cambiado-la-historia-de-la-filosofia/
3Alrededor de 1950, el dr. Money emigrado en EEUU comenzó a teorizar la distinción sexo-género, afirmando que una persona es masculina o femenina en función no del sexo genético sino de la educación. La verificación científica de tal hipótesis será muy criticada por la comunidad científica a partir del caso de los gemelos Brian y David Reimer (Canadá, 1965): al momento de su circuncisión, el pene de David (dos años) se quema por error y el Dr. Money propone a los padres que transformen a David en Brenda mediante una operación. Los padres seguidamente educan a David-Brenda como niña, pero, a medida que crece, su comportamiento se vuelve cada vez más anómalo y más cercano al de un niño, hasta que el padre decide revelarle la verdad. Brenda reacciona con fuerza y exige una nueva operación para reconstruir sus genitales originales. Más tarde se casa con una mujer, pero a los 38 años se quita la vida. Este caso, aunque infructuoso y llamativo, está a la base de la teorización del género distinto del sexo que se ha trasladado del ámbito médico al sociológico y cultural.
4Guido Cusinato, profesor de Filosofia moral de la Universidad de Verona y Presidente de la Max Scheler-Gesellschaft. https://www.philosophica.info/voces/hildebrand/Hildebrand.html
5 https://www.philosophica.info/voces/hildebrand/Hildebrand.html
6La biósfera o biosfera es el sistema formado por el conjunto de los seres vivos del planeta Tierra y sus interrelaciones (influyen tanto los organismos en el medio, como el medio sobre los organismos).
7Carl Gustav Jung, médico psiquiatra suizo, entre los siglos XIX-XX, fundó la escuela de psicología analítica. Introdujo en sus análisis psicológicos dos arquetipos relacionados con lo masculino y lo femenino: anima (la imagen femenina en la mente del hombre) y animus (la imagen masculina en la mente de la mujer).
https://www.lavanguardia.com/vivo/psicologia/20220429/8232186/psicologia-personalidad-arquetipos-jung-nbs.html.
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