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El Descendimiento de Caravaggio

Clara Arahuetes

La Palabra hecha imagen.
Coincidiendo con la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud y con la visita del Papa Benedicto XVI a Madrid el pasado mes de agosto, el Museo del Prado recibió en sus salas una de las obras maestras de Caravaggio, «El Descendimiento», que se conserva en los Museos Vaticanos. Esta pintura forma parte del recorrido temático por la pinacoteca madrileña sobre «La Palabra hecha imagen. Pinturas de Cristo en el Museo del Prado». Michelangelo Merisi, Caravaggio (1571-1610), llegó a Roma probablemente hacia 1592. A finales del siglo XVI y principios del XVII la ciudad era el centro del arte. Pintores, escultores, orfebres, doradores acudían allí para aprender y hacer fortuna. La vida de Caravaggio está rodeada de misterio y los datos documentales encontrados hasta el momento son inciertos. Los biógrafos lo describen como rebelde, violento y atormentado, y su reputación de “pintor maldito� ha llegado hasta nuestros días. Lo que nadie discute es su calidad como pintor; fue el creador del naturalismo, uno de los movimientos artísticos que mayor influencia tuvo en el barroco italiano y europeo. La novedad temática surge desde sus primeras pinturas. Frente a la agitación manierista, Caravaggio elige la inmovilidad de un instante cargado de contenidos y sitúa a los personajes en un fondo neutro, en espacios cerrados e indefinidos, utilizando la luz como un instrumento que congela las imágenes en una zona concreta. La luz adquiere así una función estructural completamente nueva; se convierte en un tercer elemento junto al dibujo y al color, iluminando determinadas zonas y dejando a oscuras otras, cincelando las formas y los volúmenes. El pintor juega con ella, con su capacidad de transformar poética, psicológica o espiritualmente la veracidad de sus modelos y dejando que el espectador interprete en cada momento lo que quiere transmitir a través de ella. Su manera de pintar se fundamenta en el conocimiento de la antigüedad y del arte de su tiempo. Sus admiradores resaltaban su extraordinaria capacidad de reproducir la realidad. Caravaggio domina la técnica y, siguiendo la costumbre veneciana, no dibuja previamente sino que crea directamente sobre la tela, marcando con el mango del pincel algunos contornos. El Descendimiento fue un encargo de Girolamo Vittrice para la capilla de esta familia en la iglesia de la Vallicella, también conocida como Chiesa Nuova. La obra fue recibida con admiración por los críticos de la época sin ningún juicio negativo, como era habitual en la presentación de sus cuadros, ya que sus detractores veían en su pintura todo lo que debía ser evitado.

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