logoIntroduzca su email y recibirá un mensaje de recuperación de su contraseña






                    




articulo

El plus de la medicina de Giando

Sebastián Minot

La aventura de Giandomenico Catarinella, focolarino médico. En Camerún y en Costa Rica al servicio de los que sufren.
Me encontré con Giando (léase «yando») una de esas veces que venía a Roma a buscar ayuda económica para alguna de sus iniciativas en Costa Rica. Le pregunté cuándo se iba a jubilar, y él, con su habitual sonrisa inocente y picarona, me respondió: «¡Si te paras estás perdido!». Noté que los músculos de su cara no eran como siempre y pensé que habría tenido un accidente. «Es una enfermedad de la piel que pillé en África. ¡Qué le vamos a hacer! Hay quien está peor que yo». Giandomenico Catarinella tenía ya 76 años, pero ni hablar de jubilarse. Como además era sacerdote, sus prestaciones no eran sólo las de un médico, sino que sanaba heridas más profundas. En Costa Rica se ocupaba de los toxicodependientes. Giando tenía 22 años cuando en 1950 conoció el Movimiento de los Focolares y la inquietud de Chiara Lubich y sus primeros seguidores por sanar toda herida social con la caridad. Entonces estudiaba medicina y orientó su estudio hacia el servicio a los demás. Por eso se especializó en enfermedades tropicales, primero en Padua y luego en Marsella. «La idea de ser médico en una ciudad me hacía sentirme mal. ¡Con todo lo que he estudiado, me voy a poner a trabajar aquí, con tanta burocracia que no te deja respirar! Casi que llegas a olvidarte de que eres médico. Mi vocación no eran los papeles, así que pensé que era mejor irse a África. Hablé con Chiara, puesto que ya había decidido vivir como focolarino. Ella dio un respingo. No, no se asustó; Chiara no era de las que se asustan, pero evidentemente le preocupaba. Quizás me vio ingenuo y soñador. Me preguntó qué pensaría mi familia. Ya la había dejado (somos siete hermanos), y entenderían mi decisión. Y como durante la carrera se había dado la posibilidad de ir a una leprosería de Nigeria, Chiara, con mucha seriedad y una gran comprensión, y asegurándome que me apoyaría en todo, me dijo: “Vete, y si lo haces bien, verás que alguien te seguirá”. »En mayo de 1960 salí para Nigeria. Llegué a Abakaliki, donde estaban las Misioneras Médicos de María, una congregación al servicio del prójimo con su asistencia médica. Era una leprosería dependiente de la diócesis. Un día el obispo me dijo que quizás debería ejercer en un hospital general y me envió a Ikom, una localidad en la frontera con Camerún. Emergencias sin fin. Estábamos en el quirófano seis o siete horas al día. Todos los enfermos eran casos graves y dificilísimos, y algunos llegaban después de dos días de camino. Más que mi poca preparación, lo que me pesaba era la novedad de una cultura que no entendía, y el clima. Un día me enviaron a hacerle la autopsia a un joven muerto durante una batida de caza. Nunca lo había hecho. Fue la gota que colmó el vaso. Le dije al jefe que no aguantaba más. Entonces el obispo, sabiendo que las hermanas terciarias franciscanas tenían un hospital al otro lado de la frontera y necesitaban ayuda, me envió con ellas. Además hablaban italiano. Allí fue donde el obispo del lugar, Mons. Julius Peeters, me preguntó si era religioso. Yo le hablé del Movimiento y de Chiara. Me escuchó con profunda atención, sorprendido de que hubiera “consagrados invisibles”, como los focolarinos, que vivían en medio de la humanidad impregnándola de Dios. »Mons. Peeters tenía que viajar a Roma para el concilio Vaticano II y se organizó para poder conocer a Chiara. Era el otoño de 1962. Quería pedirle algunos médicos para hacer frente a la elevada mortandad que afectaba a la población infantil del pueblo bangwa. Chiara envió dos médicos y un veterinario. De este modo se abría para los Focolares una nueva página: África. Pablo VI, en ocasión de la canonización de los 22 mártires de Uganda, diría: “Ésta es la hora de África. Mañana podría ser demasiado tarde”». Por consejo de Mons. Peeters, se consideró oportuno reunir las fuerzas y construir un hospital en unos terrenos ofrecidos por el fon y los chief de Fontem. Alrededor del hospital surgiría una ciudad y hoy se puede decir que el auspicio de Chiara se ha realizado: «Aquí, a Fontem, vendrán a ver cómo sería el mundo si se pone en práctica el amor recíproco, si se vive según la ley del Evangelio». Continúa Giando: «La situación sanitaria del pueblo bangwa era muy precaria. Mientras estaba estudiando la malaria, me llegó un paciente con una extraña enfermedad. En el microscopio vi un protozoo grande, el tripanosoma, que provoca la enfermedad del sueño, la tripanosomiasis humana africana. Alarmados, se lo comunicamos al ministerio de sanidad de Camerún. Entendimos entonces por qué la gente moría loca, y no por culpa de los espíritus malignos como creían. El ministerio envió un equipo sanitario de la marina militar francesa que empezó a examinar a toda la población. El tremendo descubrimiento fue que el 50% estaba infectada. Otro drama era que esa enfermedad, que detectamos en sus distintos grados, sólo se curaba con arsénicos muy tóxicos. Otro focolarino, el doctor Nicasio Triolo, se puso a trabajar para combatir los efectos tóxicos de las medicinas, y su genial aportación decisiva fue que modificó el protocolo del tratamiento de la enfermedad del sueño. La enfermedad la transmitía la mosca tse-tse, Glossalina palpalis, y Nicasio organizó una auténtica batalla contra la mosca. Llegamos incluso a pagarle a la gente por cada mosca que capturaban y nos traían. Luego decidimos montar una clínica en alta montaña, donde no vive la mosca, para aislar a los enfermos. Y donde había moscas, poníamos trampas. También hicimos una labor de detección en los poblados cercanos y el número de enfermos creció tanto que tuvimos que montar carpas alrededor del hospital. Tuvimos éxito, y esta experiencia pudimos ofrecérsela a otros países que tenía el mismo problema». Luego Giando dejó Fontem y se fue a Uganda. Tras ordenarse sacerdote en 1988, prestó sus servicios en Somalia y luego, desde 1991 a 2010, en Costa Rica, en favor de la población indígena y sobre todo de los toxicodependientes, actividad por la que recibió el reconocimiento de la embajada italiana de ese país. Aunque era de edad avanzada, empezó a ir a caballo, porque un muchacho indio de quien iba a ser padrino de bautismo le dijo: «Si no aprendes a montar a caballo, no puedes ser mi padrino». En 2009 reapareció una grave enfermedad de la piel que ya se le había manifestado en 1986, cuando estaba en África. En diciembre de 2010, debido al empeoramiento de su estado de salud, volvió a Italia. Falleció en Rocca di Papa el quince de febrero pasado. En una entrevista de hace muchos años Giando había dicho: «Podría hablar de muchos casos de curación en mi hospital que sólo se explican con un plus de medicina: el amor vivido por todos –médicos, enfermeros, personal sanitario– en la normalidad del trabajo cotidiano».

Me encontré con Giando (léase «yando») una de esas veces que venía a Roma a buscar ayuda económica para alguna de sus iniciativas en Costa Rica. Le pregunté cuándo se iba a jubilar, y él, con su habitual sonrisa inocente y picarona, me respondió: «¡Si te paras estás perdido!». Noté que los músculos de su cara no eran como siempre y pensé que habría tenido un accidente. «Es una enfermedad de la piel que pillé en África. ¡Qué le vamos a hacer! Hay quien está peor que yo». Giandomenico Catarinella tenía ya 76 años, pero ni hablar de jubilarse. Como además era sacerdote, sus prestaciones no eran sólo las de un médico, sino que sanaba heridas más profundas. En Costa Rica se ocupaba de los toxicodependientes. Giando tenía 22 años cuando en 1950 conoció el Movimiento de los Focolares y la inquietud de Chiara Lubich y sus primeros seguidores por sanar toda herida social con la caridad. Entonces estudiaba medicina y orientó su estudio hacia el servicio a los demás. Por eso se especializó en enfermedades tropicales, primero en Padua y luego en Marsella. «La idea de ser médico en una ciudad me hacía sentirme mal. ¡Con todo lo que he estudiado, me voy a poner a trabajar aquí, con tanta burocracia que no te deja respirar! Casi que llegas a olvidarte de que eres médico. Mi vocación no eran los papeles, así que pensé que era mejor irse a África. Hablé con Chiara, puesto que ya había decidido vivir como focolarino. Ella dio un respingo. No, no se asustó; Chiara no era de las que se asustan, pero evidentemente le preocupaba. Quizás me vio ingenuo y soñador. Me preguntó qué pensaría mi familia. Ya la había dejado (somos siete hermanos), y entenderían mi decisión. Y como durante la carrera se había dado la posibilidad de ir a una leprosería de Nigeria, Chiara, con mucha seriedad y una gran comprensión, y asegurándome que me apoyaría en todo, me dijo: “Vete, y si lo haces bien, verás que alguien te seguirá”. »En mayo de 1960 salí para Nigeria. Llegué a Abakaliki, donde estaban las Misioneras Médicos de María, una congregación al servicio del prójimo con su asistencia médica. Era una leprosería dependiente de la diócesis. Un día el obispo me dijo que quizás debería ejercer en un hospital general y me envió a Ikom, una localidad en la frontera con Camerún. Emergencias sin fin. Estábamos en el quirófano seis o siete horas al día. Todos los enfermos eran casos graves y dificilísimos, y algunos llegaban después de dos días de camino. Más que mi poca preparación, lo que me pesaba era la novedad de una cultura que no entendía, y el clima. Un día me enviaron a hacerle la autopsia a un joven muerto durante una batida de caza. Nunca lo había hecho. Fue la gota que colmó el vaso. Le dije al jefe que no aguantaba más. Entonces el obispo, sabiendo que las hermanas terciarias franciscanas tenían un hospital al otro lado de la frontera y necesitaban ayuda, me envió con ellas. Además hablaban italiano. Allí fue donde el obispo del lugar, Mons. Julius Peeters, me preguntó si era religioso. Yo le hablé del Movimiento y de Chiara. Me escuchó con profunda atención, sorprendido de que hubiera “consagrados invisibles”, como los focolarinos, que vivían en medio de la humanidad impregnándola de Dios.



  SÍGANOS EN LAS REDES SOCIALES
Política protección de datos
Aviso legal
Mapa de la Web
Política de cookies
@2016 Editorial Ciudad Nueva. Todos los derechos reservados
CONTACTO

DÓNDE ESTAMOS

   

OTRAS REVISTAS
Ciutat Nuova
Unidad y Carismas