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Revista julio - 2011
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Palabra y vida
> El plus de la medicina de Giando
El plus de la medicina de Giando
Sebastián Minot
La aventura de Giandomenico Catarinella, focolarino médico. En Camerún y en Costa Rica al servicio de los que sufren.
Me encontré con Giando (léase «yando») una de esas veces que venÃa a Roma a buscar ayuda económica para alguna de sus iniciativas en Costa Rica. Le pregunté cuándo se iba a jubilar, y él, con su habitual sonrisa inocente y picarona, me respondió: «¡Si te paras estás perdido!». Noté que los músculos de su cara no eran como siempre y pensé que habrÃa tenido un accidente. «Es una enfermedad de la piel que pillé en Ãfrica. ¡Qué le vamos a hacer! Hay quien está peor que yo». Giandomenico Catarinella tenÃa ya 76 años, pero ni hablar de jubilarse. Como además era sacerdote, sus prestaciones no eran sólo las de un médico, sino que sanaba heridas más profundas. En Costa Rica se ocupaba de los toxicodependientes. Giando tenÃa 22 años cuando en 1950 conoció el Movimiento de los Focolares y la inquietud de Chiara Lubich y sus primeros seguidores por sanar toda herida social con la caridad. Entonces estudiaba medicina y orientó su estudio hacia el servicio a los demás. Por eso se especializó en enfermedades tropicales, primero en Padua y luego en Marsella. «La idea de ser médico en una ciudad me hacÃa sentirme mal. ¡Con todo lo que he estudiado, me voy a poner a trabajar aquÃ, con tanta burocracia que no te deja respirar! Casi que llegas a olvidarte de que eres médico. Mi vocación no eran los papeles, asà que pensé que era mejor irse a Ãfrica. Hablé con Chiara, puesto que ya habÃa decidido vivir como focolarino. Ella dio un respingo. No, no se asustó; Chiara no era de las que se asustan, pero evidentemente le preocupaba. Quizás me vio ingenuo y soñador. Me preguntó qué pensarÃa mi familia. Ya la habÃa dejado (somos siete hermanos), y entenderÃan mi decisión. Y como durante la carrera se habÃa dado la posibilidad de ir a una leproserÃa de Nigeria, Chiara, con mucha seriedad y una gran comprensión, y asegurándome que me apoyarÃa en todo, me dijo: “Vete, y si lo haces bien, verás que alguien te seguiráâ€. »En mayo de 1960 salà para Nigeria. Llegué a Abakaliki, donde estaban las Misioneras Médicos de MarÃa, una congregación al servicio del prójimo con su asistencia médica. Era una leproserÃa dependiente de la diócesis. Un dÃa el obispo me dijo que quizás deberÃa ejercer en un hospital general y me envió a Ikom, una localidad en la frontera con Camerún. Emergencias sin fin. Estábamos en el quirófano seis o siete horas al dÃa. Todos los enfermos eran casos graves y dificilÃsimos, y algunos llegaban después de dos dÃas de camino. Más que mi poca preparación, lo que me pesaba era la novedad de una cultura que no entendÃa, y el clima. Un dÃa me enviaron a hacerle la autopsia a un joven muerto durante una batida de caza. Nunca lo habÃa hecho. Fue la gota que colmó el vaso. Le dije al jefe que no aguantaba más. Entonces el obispo, sabiendo que las hermanas terciarias franciscanas tenÃan un hospital al otro lado de la frontera y necesitaban ayuda, me envió con ellas. Además hablaban italiano. Allà fue donde el obispo del lugar, Mons. Julius Peeters, me preguntó si era religioso. Yo le hablé del Movimiento y de Chiara. Me escuchó con profunda atención, sorprendido de que hubiera “consagrados invisiblesâ€, como los focolarinos, que vivÃan en medio de la humanidad impregnándola de Dios. »Mons. Peeters tenÃa que viajar a Roma para el concilio Vaticano II y se organizó para poder conocer a Chiara. Era el otoño de 1962. QuerÃa pedirle algunos médicos para hacer frente a la elevada mortandad que afectaba a la población infantil del pueblo bangwa. Chiara envió dos médicos y un veterinario. De este modo se abrÃa para los Focolares una nueva página: Ãfrica. Pablo VI, en ocasión de la canonización de los 22 mártires de Uganda, dirÃa: “Ésta es la hora de Ãfrica. Mañana podrÃa ser demasiado tardeâ€Â».
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