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¡No tengáis miedo a ser santos!

Alberto Sánchez


«La juventud, por sí misma, es una riqueza singular para cada muchacho o muchacha. Esta riqueza consiste, entre otras cosas, en que se hacen descubrimientos muy importantes: su propia personalidad, el sentido de la propia existencia, la realidad del bien y del mal. Y en medio de todos estos descubrimientos, no podrá faltar uno fundamental: el descubrimiento personal de Jesucristo. Descubrir a Cristo, nuevamente, y cada vez mejor, es la aventura más maravillosa de nuestra vida» (1). Con estas palabras invitaba Juan Pablo II a los jóvenes de todo el mundo a participar en la IV Jornada Mundial de la Juventud del 15 al 20 de agosto de 1989 en Santiago de Compostela (la segunda de carácter internacional después de Buenos Aires; las anteriores habían sido a nivel diocesano), en la cual participaron 400.000 personas aproximadamente bajo el lema «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). Muchos recuerdan en modo especial las palabras del santo padre, ya que para ellos significaron un antes y un después. Es el caso de Ana, que recuerda así el efecto de la JMJ: «Fue tremendo el sentirme parte de la Iglesia universal y darme cuenta de que es responsabilidad mía, de cada uno, contribuir a que sea como Dios quiere, aunque sea en pequeñísima medida. Una experiencia que me ha marcado de por vida». Los que allí estuvieron destacan el clima especial que se vivió. Manuel Sánchez nos cuenta que uno tenía la impresión de pasear por un jardín donde la belleza de cada flor era reflejo de un aspecto del Evangelio: «De forma natural, nos redescubrimos como miembros de la Iglesia, como la familia de Dios en la tierra». José Bastida la recuerda como un encuentro con Jesús vivido en unidad: «(...) y abrazando la cruz de esos días, que no faltó por diversos motivos. (…) La experiencia con el Papa fue cercana; lo sentimos como padre y amigo, y nos hizo vivir a todos los jóvenes en Santiago como una sola Iglesia y familia». Los mensajes de Juan Pablo II no dejaban indiferente a nadie. Una de sus frases quedaría grabada en todos los asistentes: «Si de veras deseáis servir a vuestros hermanos, dejad que Cristo reine en vuestros corazones, que os ayude a discernir y crecer en el dominio de vosotros mismos, que os fortalezca en las virtudes, que os llene, sobre todo, de su caridad, que os lleve por el camino que conduce a la “condición del hombre perfecto� ¡No tengáis miedo a ser santos! Ésta es la libertad con la que Cristo nos ha liberado» (2).

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