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Revista junio - 2011
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Palabra y vida
> ¿Vivir sin misterio?
¿Vivir sin misterio?
Sebastián Minot
Podemos dejar de ser hijos de Dios, pero Dios no puede dejar de ser nuestro Padre.
Mientras buscaba cuál era el botón que tenÃa que pulsar para coger número en la oficina de correos, alguien sonriente vino en mi ayuda. Era Juan. No lo veÃa desde hacÃa años. En aquel entonces él era sacerdote y estaba en una capilla a la que yo solÃa ir; por eso nos hicimos amigos. Cuando me marché al extranjero, seguimos en contacto. Un dÃa me comunicó que habÃa decidido dejar el sacerdocio y casarse con la “mujer de su vidaâ€�. Luego las cartas se fueron distanciando hasta que dejé de tener noticias suyas. «¡Cuántos años han pasado! –empezó él–. Muchos. He vagado y sigo vagando. He experimentado la miseria, no tanto de dinero, porque mi familia siempre me ha ayudado, cuanto la miseria de la soledad. Es como si un documental a colores sobre la naturaleza se hubiera transformado de golpe en blanco y negro. Buscar trabajo y casa, asegurarle una vida decente a la familia... Y no he tenido tiempo para otro cosa. ¿Amigos? Todos me evitan, y hasta puede que yo mismo no sepa qué significa mantener la amistad. »El tiempo ha pasado sin que me diese cuenta. Mi mujer era una joven viuda con dos hijas. Vino a pedirme ayuda y consejo. Me enamoré de ella y pensando que cumplÃa una gran misión, me casé. Ahora está sólo para sus hijas». Mientras Juan hablaba, me preguntaba adónde habÃa quedado aquel joven sacerdote que te seducÃa por su libertad, por su sencillez y por una sabidurÃa desproporcionada para su edad. ¿Dónde habÃa ido a para su ardiente fe? Estaba tratando de encajar dos imágenes que se reflejaban una en la otra, y seguramente él se dio cuenta. «No te extrañe si no entiendes quién soy. Tampoco yo me reconozco. Prácticamente he pasado de una vida en la que el misterio era una componente constante, a un modo de vivir que me hace contar el dinero, que me dice que mi coche tiene que ser más nuevo que el del vecino, que me inculca la idea de que he de mostrar a toda costa que soy superior y tengo la razón en todo. Y asà es como he empezado a vivir “sin misterioâ€�. Me acuerdo cuando ponÃa atención a las sorpresas de la vida. Ahora todo depende únicamente de mÃ, de mi sueldo, del humor de mi mujer, de la arrogancia de sus hijas, que sólo usan la palabra “diosâ€� para lanzarme alguna flecha envenenada».
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