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¿Vivir sin misterio?

Sebastián Minot

Podemos dejar de ser hijos de Dios, pero Dios no puede dejar de ser nuestro Padre.
Mientras buscaba cuál era el botón que tenía que pulsar para coger número en la oficina de correos, alguien sonriente vino en mi ayuda. Era Juan. No lo veía desde hacía años. En aquel entonces él era sacerdote y estaba en una capilla a la que yo solía ir; por eso nos hicimos amigos. Cuando me marché al extranjero, seguimos en contacto. Un día me comunicó que había decidido dejar el sacerdocio y casarse con la “mujer de su vida�. Luego las cartas se fueron distanciando hasta que dejé de tener noticias suyas. «¡Cuántos años han pasado! –empezó él–. Muchos. He vagado y sigo vagando. He experimentado la miseria, no tanto de dinero, porque mi familia siempre me ha ayudado, cuanto la miseria de la soledad. Es como si un documental a colores sobre la naturaleza se hubiera transformado de golpe en blanco y negro. Buscar trabajo y casa, asegurarle una vida decente a la familia... Y no he tenido tiempo para otro cosa. ¿Amigos? Todos me evitan, y hasta puede que yo mismo no sepa qué significa mantener la amistad. »El tiempo ha pasado sin que me diese cuenta. Mi mujer era una joven viuda con dos hijas. Vino a pedirme ayuda y consejo. Me enamoré de ella y pensando que cumplía una gran misión, me casé. Ahora está sólo para sus hijas». Mientras Juan hablaba, me preguntaba adónde había quedado aquel joven sacerdote que te seducía por su libertad, por su sencillez y por una sabiduría desproporcionada para su edad. ¿Dónde había ido a para su ardiente fe? Estaba tratando de encajar dos imágenes que se reflejaban una en la otra, y seguramente él se dio cuenta. «No te extrañe si no entiendes quién soy. Tampoco yo me reconozco. Prácticamente he pasado de una vida en la que el misterio era una componente constante, a un modo de vivir que me hace contar el dinero, que me dice que mi coche tiene que ser más nuevo que el del vecino, que me inculca la idea de que he de mostrar a toda costa que soy superior y tengo la razón en todo. Y así es como he empezado a vivir “sin misterio�. Me acuerdo cuando ponía atención a las sorpresas de la vida. Ahora todo depende únicamente de mí, de mi sueldo, del humor de mi mujer, de la arrogancia de sus hijas, que sólo usan la palabra “dios� para lanzarme alguna flecha envenenada».

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