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Los criterios de la aprendiza

Félix Mercado

La cadena de montaje en una fábrica de confección fue el laboratorio donde Mariví experimentaba los principios del amor al prójimo.
Sí, sin duda tiene que ser una cuestión de criterios… Repasando las notas de Mariví, una funcionaria que actualmente trabaja en la Delegación del Gobierno de Madrid, se llega a la conclusión de que en las vicisitudes cotidianas de la vida uno puede optar por amoldarse al ambiente que le rodea o bien nadar contra el flujo de la corriente. Tenía apenas 17 años, una cría, cuando conoció el Movimiento de los Focolares. Trabajaba entonces en una fábrica de confección, ya sea porque estudiar no le gustaba mucho como porque además en su casa se necesitaba su sueldo. Estamos hablando de finales de los años 60. «Cuando empecé a ir a las reuniones de aquellos jóvenes, me pareció que allí había algo por lo que valía la pena vivir», escribe Mariví. La relación que Mariví percibía entre esos jóvenes le parecía más auténtica; nada que ver con lo que vivía en la fábrica, donde no veía ninguna perspectiva. «Me integré en ese grupo y empecé a vivir como ellos, y empecé a tratar de amar en la fábrica, tarea nada fácil». El trabajo de esta joven aprendiza consistía en llevar a una sección prendas para montar (abrigos, faldas, chaquetas…) y retirar las prendas montadas y pasarlas a otra sección. Tenía que atender a más de treinta personas. «A veces todas llamaban a la vez y querían ser atendidas las primeras. Era difícil amar a todas; era difícil “ver a Jesús” en cada una de ellas, porque encima decían tacos e incluso blasfemias. Y además me tomaban por tonta». De hecho, una de aquellas maquinistas de la cadena de montaje le preguntó un día que por qué se callaba cuando le gritaban y no pedían las cosas con educación: «Le dije que intentaba vivir el Evangelio y para mí eso significaba ver a Jesús en cada uno». A la escéptica maquinista debió de parecerle una enfermedad de juventud, pues le dijo con afecto: «Eso se te pasará con el tiempo». Pero el tiempo se afronta con criterios, que son los hilos que tejen la historia personal, y Mariví no dejó de acudir a las reuniones semanales de aquellos jóvenes, no obstante la oposición de su padre: «En casa no eran muy religiosos; mi padre, nada. Es más, cuando se dio cuenta de lo entusiasmada que estaba, no me dejaba salir los sábados por la tarde, que era cuando teníamos las reuniones. Pero yo hacía lo imposible para asistir. Sabía que allí obtenía la fuerza para poder ir a la fábrica y amar a cada uno, sin dejarme arrastrar por el ambiente». Otra compañera de trabajo le dijo en cierta ocasión que cuando tenía su misma edad, ella también pensaba que se podía cambiar el mundo con el Evangelio, pero había desistido. Y nuestra aprendiza le propuso intentar hacerlo juntas. Poco tiempo después le detectaron un tumor en el páncreas y al cabo de cinco meses murió. «Fui a verla muchas veces al hospital, casi todos los días. Hablábamos mucho y un día me dijo: “Sabes, creo que sí que merece la pena amar e intentar cambiar el mundo con el amor”».

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