Estimados clientes.
Desde abril de 2024, la revista Ciudad Nueva se ha fusionado con la revista Ciutat Nova, dando lugar a la revista LAR Esta página sigue activa para acceder a todos los números de la revista Ciudad Nueva.
Aparentemente no me faltaba nada. Mis padres me habÃan dado una vida cómoda en una casa grande, una educación moral sana, un buen colegio… Sólo que en mi casa no habÃa sitio para Dios. Mi madre, que dedicaba toda su vida a su familia y al porvenir de sus hijos, no tenÃa tiempo para ir a la iglesia. Mi padre consideraba que la religión era el opio del pueblo y que la Iglesia coartaba la conciencia de la gente y limitaba su libertad.
Yo tenÃa quince años, un carácter exuberante que no se fijaba en los obstáculos y una gran necesidad de cariño que, al no verse satisfecha, se manifestaba en un pesimismo supercrÃtico y despiadado con todos y con todo. En esta maraña tÃpica de la edad, de repente una luz iluminó la profunda insatisfacción que sentÃa: conocà a unas chicas que me hicieron ver un mundo distinto.
Nunca habÃa visto unos rostros tan luminosos y sinceros. Llevaba con ellas apenas unos minutos y me parecÃa que nos conocÃamos de toda la vida; me sentÃa como en familia con ellas. Y entre ellas tenÃan una manera tan delicada, tan sencilla de tratarse; estaban supercompenetradas y parecÃa que vivÃan las unas por las otras.
¿El secreto de su plenitud? Dios, Dios que es Amor. TenÃa que ser verdad, a juzgar por sus vidas. Me hablaron de Jesús, de su compromiso por vivir el Evangelio. Me explicaron que estamos hechos para ser felices y que la felicidad consiste en amar a Dios y a cada persona. Entonces, no era verdad que para ser cristiano habÃa que respetar una larga lista de prohibiciones; no era verdad que Dios limita la libertad, que la religión es renuncia, sacrificio, frÃo cumplimiento de un deber en espera de una alegrÃa futura.