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La Pasión de Jesús en Zamora

Clara Arahuetes

Semana Santa zamorana.
Zamora «la bien cercada», como la llamó Fernando I, está situada en lo alto de un espigón rocoso, cerca del río Duero, y rodeada de una fortísima muralla. Su situación privilegiada hizo que durante toda la Edad Media fuera codiciada por los reinos cristianos. Era una de las plazas fuertes del reino de León, que aseguraba la frontera con los musulmanes. Nombres como Doña Urraca, Alfonso VI, Bellido Dolfos o el Cid están en sus calles y en las puertas de sus viejas murallas que, vistas desde el puente románico, parecen todavía inexpugnables. El cantar de gesta del Cerco de Zamora cuenta el asedio de Sancho II por no estar de acuerdo con el reparto del reino de León que hizo su padre Fernando I. Sancho fue asesinado por Bellido Dolfos, y sus caballeros retaron a Zamora a un duelo en el Campo de la Verdad para limpiar su honor y el de Doña Urraca. Tras lo sucedido, Alfonso VI se vio obligado por el Cid a jurar en secreto, y después públicamente en Santa Gadea (Burgos), que no había tenido nada que ver con la muerte de su hermano. Estos hechos han permanecido en el romancero español y en la cultura popular: «No se ganó Zamora en una hora». Visitar la Ciudad del Románico es disfrutar de la belleza: sus calles y plazas, que aún conservan el urbanismo medieval; sus iglesias, ejemplos únicos del románico; la catedral, que preside el conjunto urbano con su magnífico cimborrio y su torre fortaleza. Éste es el magnífico y sobrio escenario de la Semana Santa zamorana, declarada de interés turístico internacional. El contenido religioso de sus procesiones, la calidad artística y monumental de sus tallas, sus diecisiete cofradías y el Museo de Semana Santa de Zamora muestran el interés de sus habitantes por uno de los eventos más importantes del año. En la Edad Media las órdenes mendicantes, sobre todo los franciscanos, impulsaron una religiosidad popular en la que primaba la emoción. Se difundió entonces la veneración a la cruz y a la pasión de Cristo y se crearon hermandades con este propósito. Desde fines del siglo XVI, las cofradías de la Vera Cruz y Sangre de Cristo se expandieron por el mundo cristiano, pero fue el Concilio de Trento (1563) el que favoreció la devoción popular a las imágenes, que fueron utilizadas con una finalidad didáctica en la predicación. En este clima, las procesiones alcanzaron un gran auge –era la época de la Reforma protestante– y surgen las cofradías penitenciales, formadas por personas de la misma clase social, del mismo gremio o profesión, que rivalizaban por conseguir de los escultores las imágenes más hermosas, auténticas obras de arte que narran el Vía Crucis de Cristo.

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