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Versión oficial

Javier Rubio

Ya existían versiones oficiales en alemán, inglés e italiano. La edición en español se suma a la corriente renovadora que surgió del Concilio Vaticano II, cuando la misa dejó de decirse en latín.
De todos es conocido, o debería serlo, que en diciembre pasado fue publicada una Biblia en español que lleva el sello de «versión oficial» de la Conferencia Episcopal Española. Para entender lo del sello, nos vamos a detener en un sesudo congreso bíblico realizado a principios de febrero en el que participaron más de 800 personas, y que había sido organizado precisamente en torno a la presentación de esta nueva Biblia. Juan Antonio Martínez Camino, secretario de la Comisión Permanente de la CEE y habitual portavoz de ésta, hizo una presentación en la que detalló con claridad la trayectoria de algo que «constituye un acontecimiento histórico (…) por el hecho de que sea la primera vez que una traducción de la Biblia al español esté dotada de ese carácter de oficialidad». Para los que somos legos en la materia, los pormenores de esta trayectoria resultan interesantes. En 1964, tras el Concilio Vaticano II, se abrió la posibilidad de celebrar la misa en lengua vernácula, que hasta entonces se hacía en riguroso latín, y los textos latinos “oficiales� de que se nutría procedían de la Vulgata. Ya existían en los años 60 versiones de la Biblia en español, pero ahora se imponía la urgente necesidad de consensuar los textos que se iban a utilizar en las misas. Ya desde enero de 1963 se había empezado a utilizar los textos traducidos existentes, hasta que a mediados de 1967 aparecieron las primeras traducciones oficiales. «Esos textos –dice Martínez Camino– constituyen el antecedente o, hablando con más propiedad, el germen de la Biblia oficial de la que hoy disponemos por primera vez». ¿Quién realizó tan ingente tarea? Existía entonces un organismo, el Secretariado Nacional de Liturgia, dirigido por José Miguel Sustaeta, quien tomó la iniciativa de formar un equipo de expertos. Uno de ellos, Luis Alonso Schökel, diría al final: «Llegamos al texto que nosotros considerábamos como definitivo, al menos por cinco años, hasta la reforma definitiva de la liturgia». Y es que esa reforma que saldría del Concilio supuso una notable ampliación del caudal de textos bíblicos introducidos en los leccionarios y demás libros litúrgicos. De modo que los traductores siguieron trabajando hasta que en 1969 se publicó el Leccionario dominical y festivo del ciclo B, en 1970 el del ciclo C, y en 1971 el del ciclo A. Como oí decir una vez a un párroco, si uno va a misa todos los días durante tres años, habrá oído toda la Escritura. Bueno, casi toda, porque no toda la Biblia aparece recogida en las lecturas litúrgicas.

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