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Amor que nunca muere

José Antonio Juliá

«Cuando los dos conocimos al Señor, Él puso en nosotros un amor que no habíamos conocido nunca, ni siquiera cuando éramos novios o recién casados».
Es cierto que el vínculo matrimonial en sí se rompe con la muerte, pero por la gracia de Dios, la muerte no nos ha podido separar. Escribo estas líneas cuando sólo hace dos meses que mi esposa pasó de este mundo a la presencia del Señor, y puedo decir que hay lazos que la muerte no puede vencer. Me refiero a los lazos de amor y comunión en Cristo que «ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades...» pueden romper. Carmen y yo nos casamos por el juzgado el último año de Franco, no sin dificultades administrativas, pero quisimos ser coherentes con nuestra falta de fe. En el año 84 ella comenzó a asistir a la Iglesia Católica; seis meses después yo volvía a la Iglesia Evangélica, en la que había nacido pero que había abandonado en mi juventud. Mi esposa, aunque había sido bautizada de niña, nunca tuvo una educación católica. Cuando yo la conocí, no era creyente. Veinte años después pudimos casarnos en la iglesia tras vencer nuevamente algunas dificultades, en esta ocasión canónicas. Casi sin darnos cuenta, nos habíamos situado en iglesias que no tenían comunión entre sí. ¿Podía aquello haber dado lugar a problemas en la pareja? ¿Fue fruto de nuestra poca reflexión? Yo estoy convencido de que fue el Señor quien nos puso a cada uno en el lugar que Él quiso. Problemas de pareja los hubo antes de convertirnos, y tengo que reconocer que siempre por causa mía. Pero cuando los dos conocimos al Señor, Él puso en nosotros un amor que no habíamos conocido nunca, ni siquiera cuando éramos novios o recién casados. Desde entonces nuestra relación fue algo extraordinario, fuera de lo normal, sin ningún tipo de roce, ni discusiones, ni ninguno de los conflictos que normalmente tienen las parejas y que nosotros también habíamos experimentado antes. El 9 de abril del 2009, Jueves Santo, le diagnosticaron a Carmen una leucemia aguda. Ya había luchado contra otras enfermedades graves y había vencido. Los últimos cinco años habían sido una enfermedad tras otra, y hasta un accidente, pero todo lo había superado. Ahora se enfrentaba, y yo con ella, a la leucemia. Cuando nos lo dijeron pensé que era una injusticia. Tenía derecho a vivir; había luchado varias veces contra la muerte y había vencido.

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