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Cuando encontramos un tesoro

Recogido por Javier Rubio

Unos recuerdos que nos llevan a los años en que la espiritualidad de la unidad se difundía por todos los rincones de nuestra geografía.
Fue en 1972. Una tarde, en misa, alguien tocaba el órgano y a su alrededor un grupo de gente cantaba. Desafinaban bastante y me llamó la atención que ninguno se inmutara. Se lo estaban pasando en grande y no se reprochaban si lo hacían bien o mal. ¡Se estaban divirtiendo! Y sin darme cuenta, al rato yo también estaba desafinando con ellos, pero me sentía bien. Cuando terminamos, me quedé hablando con el que tocaba el órgano, José Antonio Vicente. Poco tiempo después nos invitó a mi esposa y a mí a una Mariápolis. De aquella Mariápolis recuerdo algunas cosas que han marcado mi vida para siempre. Por ejemplo, que cada persona que pasa a mi lado representa una ocasión para amar y dar la vida por ella, y si yo no la amo, quizás no sea amada nunca; que todos somos hijos de un mismo Padre y, por lo tanto, todos hermanos; que muchas veces sólo nos quedamos con lo que vemos de las personas, si son guapas o feas, simpáticas o antipáticas, altas o bajas –igual que hacemos tantas veces con un libro, que sólo nos fijamos en las tapas–, y no llegamos a conocer su interior, que es lo que importa ante Dios. Y otra cosa muy importante, quizás llevado por mi juventud, aunque lo sigo sintiendo igual, fue el deseo de hacer mío el dolor de la humanidad, empezando por los que tengo cerca. Recuerdo que no me llevaba muy bien con mi padre, o más bien no me llevaba. Siempre discutíamos. Pero me di cuenta de que él era la primera persona a la que tenía que amar. Y si no, mi jefe. Yo era sindicalista, y además duro. Casi nunca estábamos de acuerdo, como es natural. Pero él también era mi hermano, y a pesar de nuestras diferencias, tenía que amarlo y dar la vida por él. Nuestra relación cambió. En aquellos años, en Murcia éramos unos poquitos que habíamos «encontrado un tesoro» y teníamos el deseo de que lo conociera cada vez más gente. Una vez nos invitaron a contar nuestra experiencia en el seminario en Orihuela. Yo tenía 25 años y José Antonio era bastante mayor que yo. Él tocaba el acordeón y yo cantaba la canción “He encontrado un tesoro�, y luego hablamos de nuestra experiencia. Parecíamos el Lazarillo de Tormes y el ciego; no nos faltaba más que pasar el platillo. Otra vez fuimos a Callosa de Segura y para nuestra sorpresa, el lugar de la reunión era el casino, donde sólo iban los pudientes. Y allí estábamos José Antonio, yo y Andrés, un focolarino que había venido de Madrid. Y cómo no, cantando «He encontrado un tesoro» y contando nuestra experiencia a unas personas que nos miraban como diciendo: «¿De dónde habrán salido estos?» Pero el ideal de la unidad se difundía, porque los seminaristas se hicieron sacerdotes y lo llevaban allí donde iban. Y en Callosa nació una bonita comunidad con algunas de las personas que estuvieron en el casino. Así también llegó a Elche, Elda, Alicante, etc. Y también se difundió por toda la Región de Murcia. Recuerdo que alguien nos decía: el amor es como cuando se tira una piedra al agua, que forma círculos concéntricos cada vez más grandes. Muchas de aquellas personas ya no están entre nosotros, otras sí. Estoy seguro de que cada una de sus experiencias es un tesoro.

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