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Vida y estudio

Alberto Sánchez

Reflexiones de un recién graduado del Instituto Universitario Sophia.
«Historias de vinos: (…) sin Sophia hubiera sido distinto. Aquí está el vino. No me malinterpretéis; no quiero decir que los titulados en Cultura de la Unidad no tengan en la mano más que una botella. Quiero decir que la calidad del vino depende de la viña y de la vendimia, la transformación de la uva en ese néctar que todos conocemos…» (1). Con estas simbólicas palabras un compañero de estudios ha expresado lo que es Sophia de un modo muy particular que a mi parecer es muy acertado. Es una experiencia que cambia, transforma al estudiante; hay un antes y un después del máster. Realiza integralmente a la persona en sus aspectos intelectual, personal y relacional, capacitándole en habilidades profesionales para el diálogo, sea a nivel personal que profesional, de un modo interdisciplinar y transdisciplinar único y novedoso. El día a día es intenso, rozando la extenuación: clases hasta la tarde, periodos de estudio y encuentros de formación extraacadémica. Suma, además, las horas dedicadas a «hacer vida». La particularidad de Sophia radica en la dinámica de vida y estudio. Lo que se estudia hay que vivirlo entre los compañeros, y lo que se vive se profundiza en el estudio. El aspecto de esta vida que más me ha impresionado ha sido las relaciones que se pueden construir entre todos: estudiantes, profesores y personal de la universidad. Todos en un clima de recíproca acogida, comprensión y atención. Nunca olvidaré cuando el mismo rector me recibió en su despacho para animarme después de escucharme con mucha atención, preocupándose por las dificultades que encontraba con las materias filosófico-teológicas un profesional informático como yo. O cuando tuvimos que superar nuestro cansancio tras una semana de exámenes para animar a un compañero que ya había suspendido tres e iba camino del cuarto. Participamos en su examen, previa aceptación del docente, e innovamos con un examen “a tresâ€. Lo acompañamos en el estudio hasta altas horas de la noche para el examen del día siguiente. Al final consiguió superarlo, y desde entonces aprobó todos los demás. Me doy cuenta de que estudiar a los grandes pensadores en las clases de filosofía, conocer lo “poco†que se sabe del misterio del Dios Uno-Trino cristiano a través de la teología, ahondar en la importante función de la política y la economía para la sociedad, profundizar la conexión entre ciencias y humanidades, etc. no serviría de nada si todas las disciplinas del máster no se estudiaran teniendo como centro y horizonte a la persona y su capacidad de darse a los demás como acto gratuito de amor. A partir de ésta premisa básica, he aprendido que la persona está llamada a reconocerse y donarse de mil modos distintos a la sociedad, cada uno en la disciplina donde mejor se desarrolle profesionalmente, como servicio auténtico y eficaz para poner su granito de arena en la construcción de un mundo más unido. Han pasado dos años desde que comencé los estudios en Loppiano, ciudadela internacional del Movimiento de los Focolares. He conocido más de un centenar de personas de al menos cuarenta países y de los cinco continentes, y entretejido relaciones con personas a las que mejor podría calificar de hermanos que de amigos.

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