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Gente en la calle: el dilema de siempre

Ana Moreno Marín

El sentimiento se repite cada vez que vemos a un mendigo. ¿Cómo ayudarles?
Se llama Javier y siempre lo encuentro en la misma esquina de camino al trabajo. Ahí está impertérrito con el brazo extendido y la palma de la mano hacia arriba. El otro día hablé con él; sus ojos se iluminaron, brillaban. ¡Eran tan hermosos! Dos luceros negros enmarcados por una barba frondosa negra y el pelo tapado por un gorro. Le di 30 céntimos; no llevaba más en los bolsillos. La realidad es que no tengo dinero para darle, pero me gustaría ayudarle. ¿Cómo? Es un sentimiento que se repite cada vez que veo a un pobre, y de camino al trabajo me encuentro al menos cuatro. Hablo con Manuel Marqueta, director de El Refugio, hogar de acogida. Actualmente hay 75 personas en él, aunque para desayunar llegan al centenar. También tienen otros programas, como «Gota de leche». Reparten leche a 700 niños y, además, ayudan con comida y ropa a sus familias. La verdad es que los datos son apabullantes: en 2009 atendieron a 3.200 familias y entregaron 16.000 kilos de comida; este año han superado las 7.000 familias y los 42.600 kilos de alimentos. ¡En un año las peticiones de asistencia han crecido un 125%! Éste es sólo un ejemplo. Ahí están las cifras de Cáritas si se animan… Sigo hablando con Manuel y le cuento mi problema. Me dice que es complejo, porque nunca sabes la realidad que viven, si es cierto que necesitan dinero: «Da pena verlos, pero con eso fomentamos que estén en las calles. Hay que dirigirlos a los centros de acogida», me dice. Además, muchas veces pagan justos por pecadores, pero hay quien utiliza el dinero para tabaco, máquinas o drogas. «Yo he hablado con muchos de ellos, les he dicho que vinieran, les he dado comida y ropa y he visto cómo la tiraban al llegar a la esquina». Según Manuel, el control es clave para proporcionar una ayuda eficaz. Me cuenta que el perfil de las personas que acuden al Refugio ha cambiado muchísimo. Ahora es frecuente que se encuentre con empresarios, con parados sin subsidio, con pensionistas, con desahuciados… «Como con ellos para pulsar sus necesidades, la atención más adecuada y me aseguro de que se sientan integrados. Esto engancha mucho. Por ejemplo, mi mujer y mis hijos pasamos la Nochebuena con ellos. Es algo que te marca profundamente porque es duro, pero al mismo tiempo sientes una paz interior… Piensas en el Más Allá y dices: “Dios mío, qué afortunado soy�. Y cuanto más das, más recibes y más quieres entregar».

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