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Me llaman Stella

Catalina Ruiz

La historia de Chiu Yuen Ling: desde el agnosticismo a la fe cristiana, terminando en la labor del diálogo interreligioso.
Su nombre es Chiu, pero todos la llaman Stella: «Es el nombre que me dio Chiara Lubich –dice– el día de mi bautismo, y su significado profundo creo que es el de ser una estrella que brilla en la noche mostrando el camino hacia Jesús». Stella nació y creció en Hong Kong, una ciudad ultramoderna cuya cultura de raíz oriental se mezcla y convive con la influencia occidental. Su familia no es cristiana, como la mayoría de las familias de allí, pero cada cual sigue la religión que prefiere. De hecho, su padre y una hermana no son creyentes, pero su madre es de tradición confuciana y tiene un hermano católico y una hermana baptista. Eso sí, se tienen un gran respeto y se consideran una familia muy unida. «Yo iba a la escuela anglicana –cuenta–, pero no tenía ninguna religión. Conocía la Biblia, pues era materia de estudio, pero no sentía necesidad de Dios. Todo me iba bien, no me faltaba de nada y, si Dios existía, no tenía nada que ver conmigo». Stella acabó siendo inspectora de policía. Después de licenciarse en literatura inglesa y china, optó por meterse en una profesión aventurera y se hizo policía: «Creía profundamente que con la fuerza de la ley habría ayudado a hacer justicia, a mantener la seguridad y, como consecuencia, el bienestar de la sociedad». Pero en realidad se vio metida en un mundo donde los valores morales, la mentalidad y el comportamiento eran totalmente distintos a lo que estaba acostumbrada. «Una vez, por ejemplo, un criminal que había sido arrestado logró destruir las pruebas en su contra. Y alguien, sabiendo que él había cometido el delito, fabricó otra prueba. Yo dije claramente que no estaba de acuerdo, pues no me parecía lícito que para hacer justicia hubiera que recurrir a medios injustos». O sea, que no todo le era fácil y llegó el momento en que se sintió desorientada, incoherente con los principios que la habían llevado hasta allí, y se preguntaba: «¿Por qué existen el dolor y el mal y nadie puede aliviarlos?».

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