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Salvar el trabajo

Luigino Bruni / Luis Velasco / Javier Rubio

Ante el alto índice de desempleo hay que remangarse... y ser solidarios.
«Hay que hacer todo lo posible para tutelar y hacer crecer la ocupación». Son palabras de Benedicto XVI, pronunciadas cuando empezó a dispararse el paro. Hoy, sobre todo hoy, el centro del sistema económico ha de estar ocupado por la persona. Ciertamente los capitales tecnológico, financiero y social son muy importantes, pero el “capital humano�, es decir, los trabajadores, sigue siendo el factor clave de una economía a medida de las personas. Sin embargo, la crisis financiera y económica global está mostrando con dureza que el trabajo humano queda relegado decididamente al fondo de nuestro modelo de desarrollo capitalista, el cual está cada vez más en manos de las finanzas y ha perdido el contacto con el esfuerzo del trabajo. Por otra parte, el trabajo se pone al servicio del consumo, dando lugar a uno de los fenómenos más preocupantes de nuestro tiempo: la necesidad de consumir. Ahora bien, la historia nos enseña que los pueblos se desarrollan cuando la tendencia competitiva de los seres humanos no se expresa principalmente en el consumo (¡a ver quién tiene el mejor coche o el mejor móvil!), sino en el trabajo y en la producción. Además, esta crisis tendría que habernos enseñado que la riqueza que produce auténtico bienestar es sólo la que surge del trabajo humano. Las promesas de riqueza sin trabajo son siempre sospechosas y muy a menudo engaños individuales y sociales. «Nadie da duros por pesetas». ¿Qué hacer, pues, en estos tiempos de profunda crisis laboral? Antes que nada hay que tener bien claro que el trabajo no es una mercancía que podamos dejar al exclusivo juego de la demanda (empresas) y la oferta (trabajadores). El trabajo, o mejor, el trabajar, es un bien por así decirlo primario, puesto que de él dependen la dignidad y la identidad de las personas, así como sus sueños y sus posibilidades de adquirir otros bienes y así poder poner en marcha la economia. De ahí que la presencia de los sindicatos será siempre un gran signo de civilización y de plena humanización de la vida civil.

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