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Se busca un modelo

Piero Coda

Dicen que nuestra sociedad es una sociedad sin padres, y para demostrarlo se arguyen unos síntomas evidentes y sus más relevantes consecuencias a nivel psicológico, cultural y social.
Dicen que faltan modelos imitables y creíbles, y que por eso mismo está disminuyendo la capacidad para tomar decisiones difíciles y definitivas. Y lo peor es que ese indiscutible vacío lo llenan modelos de comportamiento y de éxito que al final acaban dando la cara: falsos y engañosos ídolos. Hace poco asistí a las exequias de un viejo conocido. Fue mi párroco cuando yo era muchacho. Aquellos siete años que pasé cerca de él han quedado grabados con caracteres indelebles en el libro de mi vida. Fueron esos años, entre los 15 y los 21, en que uno decide la orientación que va a seguir la aventura de su vida. Pues bien, mientras participaba en la liturgia, de golpe vi claro por qué este sacerdote, tan especial en su normalidad, había orientado a tanta gente a descubrir su camino y a otros muchos a recorrer el suyo. Ni para mí ni para los demás fue un padre. Nunca lo percibí así. Más bien era la transparencia de Jesús, el Hijo. Y era esa forma suya de vivir como hijo, igual que Jesús, que sin darte cuenta te ponía en relación con el verdadero Padre («Abba, Padre»); es decir, en relación con el amor concreto y personal que Él tiene por ti. Ésta es la cuestión: en la sociedad o en la Iglesia, en la familia o en la escuela, en el camino existencial de la vida o en la búsqueda intelectual de la verdad no tenemos necesidad de padres. Padre, nos enseña Jesús, sólo hay uno. En realidad tenemos necesidad de hijos sencillos, transparentes, libres y creíbles, que gracias a que son así, saben ser hermanos mayores y amigos fuertes y generosos. O sea, hijos que saben desempeñar con competencia, generosidad y desprendimiento la labor de padre y guía cuando es necesario. Cuando Jesús nos invita a dejarlo todo y a todos para seguirlo, menciona al padre, a la madre, a los hermanos y los campos; pero cuando promete el céntuplo que obtendremos en consecuencia, entonces ya no habla de padres. Me recuerda a lo que dice Chiara Lubich con cristalina agudeza en un escrito de 1946: «El alma, por encima de todo, debe orientar siempre su mirada al único Padre de muchos hijos. Luego, mirar a todas las criaturas como hijas del único Padre». ¿No será esto lo que nos está reclamando una sociedad sin padres?

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