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Revista octubre - 2010
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El limosnero de Alpandeire
Manuel MarÃa Bru
Hoy la Iglesia tiene su mirada puesta en los penetrantes ojos de Fray Leopoldo de Alpandeire, beatificado el 12 de septiembre en Granada.
Mirándole a los ojos se ve a sà misma, y como han hecho cientos de miles de sus hijos, que le han reconocido como santo desde siempre, la Iglesia ve en esos ojos la luz que disipa sus temores, la misericordia que llena de sentido sus desvelos. Como tantos «limpios de corazón» que hoy, con lágrimas de alegrÃa en los ojos, verán en esta mirada la puerta abierta a todos sus anhelos, la puerta abierta a la única felicidad verdadera. Sólo los que son como niños entienden con natural afecto a Fray Leopoldo, entienden sus gestos, sus locuras, su amor sin lÃmites a quienes le apedreaban y se burlaban de él. Una libertad asà no se puede pagar con todo el oro del mundo. En realidad sólo se puede conquistar cuando uno renuncia a conquistar nada por sà mismo en la vida, y despojado de toda riqueza vana, mendiga como el limosnero de Alpandeire el amor infinito de Dios. Dice el arzobispo de Granada, que unido a su pueblo encuentra en el nuevo beato el Evangelio vivo de la misericordia, que «a Dios es a quien encontraban los que se acercaban a él, buscasen lo que buscasen: aliento tal vez, o pan o vestido, o consuelo o afecto, o alivio en su dolor». Hasta aquellos que sólo conocen una caricatura grotesca, o una ocasión para vomitar los sapos y culebras de sus fobias, o en el mejor de los casos una falsa adaptación a la cultura dominante reducido a un altruista callejero…, hasta ellos ven amenazados sus esquemas, atraÃdos por el efecto de su humanidad envidiable. Basta con ver su fotografÃa en una estampa o escuchar alguna de las miles de anécdotas que cantan sus excesos de perdón y de entrega, de amor y compasión, para que todo se derrumbe, para que sea desenmascarada toda la mentira de oropel y de apariencia que oculta la falta de vida que nos mata dÃa a dÃa. Desde los jóvenes que cada noche del fin de semana esperan que el mundo se rinda a sus pies arrastrándose a consumir sucedáneos mortÃferos de felicidad engañada, hasta los adultos que defienden con uñas y dientes las migajas de un triste cesto de trofeos que nunca ha satisfecho sus sueños, quedarán atrapados por la vida, los gestos, la mirada y sobre todo la compañÃa de Fray Leopoldo, como con la de todos aquellos que en el pueblo cristiano son iconos de una felicidad casi insultante. Y encontrarán la felicidad verdadera en un modo de amar y de ser amados vivido desde esa libertad, la de quienes renunciando a construir su propia plenitud, alcancen la bienaventuranza de los limpios de corazón, que ya desde aquà verán a Dios, y transparentarán a Dios.
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