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Ansiedades, flagelos y otras catástrofes

Julio Márquez

Cómo cambia en el imaginario colectivo la percepción de nuestra relación con la tecnología y la naturaleza.
Gaviotas, tortugas y delfines que se arrastran, varan y mueren envueltos en una melaza de miasmas y fango negro. Pescadores desesperanzados que creen que nunca volverán a ver las aguas del Golfo de México limpias y llenas de peces. Preocupación por un planeta contaminado y “desfigurado�. Pero también frustración por el avance inexorable de una catástrofe (¿culposa?) combatida en vano por una tecnología impotente. De repente, la técnica, que nos ha regalado una vida cómoda, parece incierta, frágil y poco de fiar. Antiguamente, cuando se producía una catástrofe natural se usaba la palabra «flagelo» (látigo) para indicar un aviso de la Providencia, que quiere (o permite) que se produzcan acontecimientos negativos para invitar a los hombres a cambiar de conducta. Sin embargo, el terremoto y posterior incendio de Lisboa en 1775 cambiaron esta percepción. La Ilustración dejó a Dios de lado y prefirió hablar de «catástrofe» (del griego «destruir») para indicar la naturaleza ciega y brutal por una parte, y por otra, al hombre y sus responsabilidades cuando perturba los equilibrios naturales y causa problemas. Ahora el mal viene del hombre. En nuestros días la palabra clave es «riesgo». La tecnología ha invadido cada resquicio de nuestras vidas. Grandiosa o microscópica, casi siempre complicada e incomprensible, se ha convertido en algo parecido a la magia, fuente de maravilla y capaz de responder a cualquier pretensión. Hasta que algo va mal. Entonces, de repente, el individuo se siente solo y vulnerable mientras que los expertos empiezan a explicar en la televisión que el riesgo cero no existe, que toda tecnología tiene efectos colaterales necesarios y, a veces, incontrolables. Pero la gente necesita dar sentido como sea a sus vidas y a lo que les acontece, incluida la ansiedad. Y como para muchos ya no hay una causa externa –Dios– a quien imputar los males y los bienes, la sociedad se repliega en sí misma. Recientemente en Italia algunos expertos fueron puestos en el banquillo de los acusados por haber tranquilizado a la población antes del terremoto de L’Aquila, imprevisible científicamente. Unos años antes, a otros se les había acusado por el motivo contrario: haber alarmado a la población en vano. Ya no se percibe a la naturaleza como algo externo; habiéndola sometido a nuestro control, si algo no funciona, la culpa es del hombre y de su tecnología.

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