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Pensamiento de la unidad/22: Filosofía y teología

Pascual Foresi

De la Academia Platónica de Atenas al cristianismo, el camino de la reflexión en busca de la verdad.
Quisiera reflexionar sobre la relación entre filosofía y teología a través de un examen sucinto de su historia desde los albores del pensamiento filosófico en la Grecia del siglo VI a. C. Es ahí donde nace la filosofía como visión del mundo y de la vida, y no tanto como disciplina científica destinada a la resolución de problemas académicos. Hacer filosofía consiste en vivir filosóficamente. Así son los primeros pensadores griegos, significativamente llamados teólogos, precisamente por su ejercicio de la filosofía, que Aristóteles llamará “divina�, ya que además de llevar al conocimiento de Dios, posee las mismas características que debe tener la ciencia de Dios, es decir, la desinteresada, libre, total contemplación de la verdad. Esto es así sobre todo en la escuela socrática, en la Academia platónica y en el Liceo de Aristóteles, lugares en los que, por otro lado, la filosofía alcanzó su máximo vigor especulativo. Entre éstas, la expresión más completa y alta nos la ofrece quizá la Academia platónica, verdadero cenáculo de vida espiritual, de vida del pensamiento, es decir, de vida teológica. En el conocido fragmento de la carta VII, Platón mismo describe esa experiencia, que consiste en tender a la verdad en una forma de vida comunitaria, a la que la Verdad misma se ofrece como don de iluminación y que por esta razón no se puede comparar con otras experiencias cognoscitivas. Escribe Platón: «(…) después de una larga convivencia con el problema y después de haber intimado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece ya espontáneamente». Por lo tanto, la convivencia produce un filosofar que es esencialmente un existir y que, por eso, atañe al hombre en su integridad y en su sentido más verdadero. La filosofía, por lo tanto, se hace religión y metafísica, matemáticas y arte. No sorprende que semejantes escuelas hayan producido genios completos, descubridores de verdades profundas de las que todavía estamos embebidos y de las que seguimos viviendo. Sin embargo, con la llegada del cristianismo aparece una novedad absoluta en la historia de la humanidad. Jesús, el Verbo de Dios que se hace carne, la luz que desgarra las tinieblas, es también el maestro. Con él nace la escuela nueva ante la cual todas las filosofías anteriores se desvanecen, no obstante sus intrépidos y altos conceptos de vida. De él surge una síntesis de existencia y pensamiento completamente nuevos, fruto de la Revelación, que explica al hombre lo que verdaderamente es, el significado del dolor y de la muerte e incluso su futuro de resurrección. Desde entonces el cristianismo se convierte en punto de referencia ineludible para toda filosofía que pretenda considerarse como tal en conformidad a sus orígenes, y recuperar al mismo tiempo el sentido más profundo de ser teología. Lo atestiguan los grandes filósofos cristianos de los primeros siglos –desde los Padres de la Iglesia de Oriente a San Agustín– y, posteriormente, Santo Tomás, Duns Scoto o San Buenaventura, cuya intención nunca fue elaborar una filosofía cristiana, sino dar vida a un pensamiento cristiano, es decir, una teología que incluyera la nueva Weltanschauung (cosmovisión o concepción del mundo) que aporta el cristianismo.

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