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El cuerpo: lucha, armonía, gloria

Miguel Galván

De Tertuliano a San Francisco de Asís, de Platón al burka hasta llegar al cuidado obsesivo que hoy le damos al cuerpo. ¿Queda algo por descubrir?
Pobre, ¡pobre cuerpo! ¡A cuántas torturas te someten! Te maltratan las supermodelos y las “misses� de los concursos de belleza, que tienen que reducirte a las medidas requeridas por el mercado y por los jurados. No tienen compasión de ti los atletas que te imponen horas y horas de gimnasio, de entrenamientos extenuantes, para que batas ese récord imbatible, para que marques ese gol, para que metas ese balón en la canasta del equipo contrario. Ni tienen más benevolencia contigo las bailarinas que te alimentan tímidamente para hacerte dar vueltas, grácil como una mariposa, al son de las notas de una orquesta. Te miran con malos ojos multitud de hombres y mujeres que ven horrorizados cómo la aguja de la báscula se desplaza más allá del número estipulado como barrera límite. Te han maltratado enteros ejércitos de ascetas a lo largo de los siglos y en todas las latitudes religiosas. Y quienes han accedido a darte algunos gustos, han tenido que vérselas con los índices (sí, una vez más ¡los dichosos números!) de colesterol, triglicéridos y demás venenos. Parece que contigo no hay nada que hacer: «Enemigo amistoso y amigo hostil», te llamaba ya hace mucho tiempo un Padre de la Iglesia, San Gregorio Nacianceno. Al parecer la única alternativa es una moderación aséptica, garantía probablemente de buena salud, pero que hace de la vida algo tan insípido que uno se pregunta: «Y entonces, ¿para qué vivir?». Por eso, pobre, pobre cuerpo. Desde que el Creador te dio forma humana con un poco de polvo del suelo y te insufló en las narices la embriaguez de la vida, no has tenido tregua. Aunque –tienes que admitirlo– tú también has dado bastantes quebraderos de cabeza. Ese santo poeta que era San Francisco de Asís te llamaba hermano asno. Y no porque te despreciara en lo más mínimo. ¿Cómo podría humillarte alguien que había tenido la inspiración de cantar la gloria de la creación: «Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas»? San Francisco no tuvo mimos con el hermano asno, es más, mortificó su cuerpo con dureza. Pero lo maltrató no porque fuera innoble, sino para hacer penitencia de sus pecados, que hunden sus insidiosas raíces en el orgullo; y porque sabía muy bien que si se le satisface demasiado, el cuerpo se puede convertir en ocasión de pecado.

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