Estimados clientes.
Desde abril de 2024, la revista Ciudad Nueva se ha fusionado con la revista Ciutat Nova, dando lugar a la revista LAR
Esta página sigue activa para acceder a todos los números de la revista Ciudad Nueva.

Editorial Ciudad Nueva
   
logoIntroduzca su email y recibirá un mensaje de recuperación de su contraseña






                    




articulo

Agustina y su predilección

Eduardo Ortubia

Obras son amores y no buenas razones, dice el refrán. La historia de Agustina lo demuestra.
Tiene ese atractivo que nunca se pasa. La ves ahí, con los folios en la mano, y no llegas a imaginar toda la riqueza que esconden. Agustina, del madrileño barrio de San Blas, hace años que trabaja activamente en su parroquia, y tiene especial predilección por las personas enfermas y necesitadas. Ojea sus papeles, alza sus ojos luminosos, y te cuenta: «Una vez, hace tiempo, noté que en la ventana de una casa había siempre una luz muy tenue. Se lo comenté a Manolo, mi marido, y nos preguntamos quién viviría ahí. Al día siguiente fue Manolo a averiguarlo. Era un anciano alcohólico que vivía solo y abandonado de su familia y de sus vecinos. A los pocos días nos llamó un amigo del anciano para decir que se estaba muriendo. Salí de casa enseguida y cuando llegué me pareció que aún tenía vida. Empecé a acariciarlo y a hablarle con todo el amor que Dios me daba en ese momento. Llevaba ya un rato con él cuando volvió la cara hacia mí y me ofreció una gran sonrisa. Luego vino una ambulancia y el médico nos dijo que sí, que se estaba muriendo. Lo ingresaron y poco después falleció. Estoy segura de que se fue de esta vida confortado». Elegante ella, se nota que Agustina pone cuidado en la imagen que va regalando a los demás. Por eso mismo cuesta imaginársela en determinadas circunstancias, como en este otro episodio. «Un día, al salir de casa, me encontré con un chico drogadicto y empecé a hablar con él. Desde entonces, cuando me veía por la calle se acercaba para hablar conmigo. Dormía en un coche, no tenía ropa para cambiarse, no tenía abrigo ni tampoco qué comer. Yo procuraba ayudarlo en lo que podía, pero no le daba dinero, porque sabía que no se lo iba a gastar en nada bueno. El chico se enteró de donde vivía y se presentó en la puerta de casa preguntando por mí. Lo atendimos, le di ropa de mis hijos y algo de comer. Me acuerdo que en esos días tenía que comprarle a uno de mis hijos unas botas, pero a este muchacho lo vi tan necesitado que me gasté el dinero en comprarle cosas a él, sobre todo ropa. Pues mira, ese mismo día al salir de misa, un amigo nuestro me dio una bolsa en la que había dos pares de botas, ¡justo para mi hijo! Es que el Evangelio se cumple: dad y se os dará». Madre de cuatro hijos y abuela de cinco nietos, Agustina es viuda desde hace algunos años, pero conserva frescos los afectos que unen a la familia. Será por eso que vibra cuando narra lo siguiente: «Nos llamó por teléfono una amiga de Vigo. Decía que había un niño de 2 años, conocido suyo, ingresado en el hospital y nos pidió por favor que fuéramos a visitarlo, pues estaban solos él y su madre en medio de esa dolorosa situación y sin el cariño de nadie. Fui a verlos. Era una familia humilde, con pocos recursos, y la madre estaba hospedada en una habitación que le costaba cara. Así que cuando volví a casa se lo conté a todos y decidimos acoger a la madre en nuestro hogar para evitarle gastos y para que se sintiera arropada... Estuvieron yendo y viniendo de Vigo hasta que el chico cumplió 18 años, pues tenían que darle aquí el tratamiento. Pero gracias a la ayuda de otras personas de la comunidad pudimos atender a esta familia y darles acogida». Amable, cariñosa, pero con un arrojo y un ímpetu que dan envidia, Agustina parece un personaje de cuento, y sus narraciones también: «Había una anciana, que la conocía de la parroquia, que tenía dos hijos: uno era drogadicto y vivía con ella, el otro estaba casado y no quería saber nada de su madre ni de su hermano. Un día me pidió que fuera a hablar con el drogadicto, para que viera que hay gente amable y que sabe escuchar. Fui a su casa y el chico estaba en la cama. La madre lo despertó, lo sacó de la cama y me lo presentó. Se notaba que el chico no se lavaba mucho y recién levantado no tenía un aspecto muy agradable, pero yo le dí un abrazo y dos besos con todo cariño. Estuve hablando con él un buen rato. De vez en cuando iba a visitarlos. Como el chico era bastante violento y agredía a su madre con frecuencia, le dije a la anciana que se viniera a mi casa por el día, y yo la atendía, y a la noche se iba a dormir a casa de una amiga. Al final vimos que teníamos que buscarle una residencia. Cuando la encontramos, tuvimos que localizar al otro hijo para que lo supiera y fuera él a llevar a su madre a la residencia, como persona responsable de ella. Fuimos a la residencia pero cuando vimos cómo era no nos gustó nada. Yo pensé: si fuera mi madre, yo no la dejaba aquí. Tomé fuerzas y se lo dije al hijo. Él estaba de acuerdo y buscamos otra residencia. Durante un tiempo la llamábamos todos los días y fuimos a verla varias veces. El otro hijo, el drogadicto, estaba muy enfadado conmigo porque le había buscado una residencia a su madre y me amenazaba. Las vecinas me avisaban cuando andaba cerca de mi casa. Un día me lo encontré de frente y lo saludé como siempre, y a partir de entonces dejó de molestarme».

Leer más



Política protección de datos
Aviso legal
Mapa de la Web
Política de cookies
@2016 Editorial Ciudad Nueva. Todos los derechos reservados
CONTACTO

DÓNDE ESTAMOS

facebook twitter instagram youtube
OTRAS REVISTAS
Ciutat Nuova