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Revista junio - 2010
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Palabra y vida
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Agustina y su predilección
Eduardo Ortubia
Obras son amores y no buenas razones, dice el refrán. La historia de Agustina lo demuestra.
Tiene ese atractivo que nunca se pasa. La ves ahÃ, con los folios en la mano, y no llegas a imaginar toda la riqueza que esconden. Agustina, del madrileño barrio de San Blas, hace años que trabaja activamente en su parroquia, y tiene especial predilección por las personas enfermas y necesitadas. Ojea sus papeles, alza sus ojos luminosos, y te cuenta: «Una vez, hace tiempo, noté que en la ventana de una casa habÃa siempre una luz muy tenue. Se lo comenté a Manolo, mi marido, y nos preguntamos quién vivirÃa ahÃ. Al dÃa siguiente fue Manolo a averiguarlo. Era un anciano alcohólico que vivÃa solo y abandonado de su familia y de sus vecinos. A los pocos dÃas nos llamó un amigo del anciano para decir que se estaba muriendo. Salà de casa enseguida y cuando llegué me pareció que aún tenÃa vida. Empecé a acariciarlo y a hablarle con todo el amor que Dios me daba en ese momento. Llevaba ya un rato con él cuando volvió la cara hacia mà y me ofreció una gran sonrisa. Luego vino una ambulancia y el médico nos dijo que sÃ, que se estaba muriendo. Lo ingresaron y poco después falleció. Estoy segura de que se fue de esta vida confortado». Elegante ella, se nota que Agustina pone cuidado en la imagen que va regalando a los demás. Por eso mismo cuesta imaginársela en determinadas circunstancias, como en este otro episodio. «Un dÃa, al salir de casa, me encontré con un chico drogadicto y empecé a hablar con él. Desde entonces, cuando me veÃa por la calle se acercaba para hablar conmigo. DormÃa en un coche, no tenÃa ropa para cambiarse, no tenÃa abrigo ni tampoco qué comer. Yo procuraba ayudarlo en lo que podÃa, pero no le daba dinero, porque sabÃa que no se lo iba a gastar en nada bueno. El chico se enteró de donde vivÃa y se presentó en la puerta de casa preguntando por mÃ. Lo atendimos, le di ropa de mis hijos y algo de comer. Me acuerdo que en esos dÃas tenÃa que comprarle a uno de mis hijos unas botas, pero a este muchacho lo vi tan necesitado que me gasté el dinero en comprarle cosas a él, sobre todo ropa. Pues mira, ese mismo dÃa al salir de misa, un amigo nuestro me dio una bolsa en la que habÃa dos pares de botas, ¡justo para mi hijo! Es que el Evangelio se cumple: dad y se os dará». Madre de cuatro hijos y abuela de cinco nietos, Agustina es viuda desde hace algunos años, pero conserva frescos los afectos que unen a la familia. Será por eso que vibra cuando narra lo siguiente: «Nos llamó por teléfono una amiga de Vigo. DecÃa que habÃa un niño de 2 años, conocido suyo, ingresado en el hospital y nos pidió por favor que fuéramos a visitarlo, pues estaban solos él y su madre en medio de esa dolorosa situación y sin el cariño de nadie. Fui a verlos. Era una familia humilde, con pocos recursos, y la madre estaba hospedada en una habitación que le costaba cara. Asà que cuando volvà a casa se lo conté a todos y decidimos acoger a la madre en nuestro hogar para evitarle gastos y para que se sintiera arropada... Estuvieron yendo y viniendo de Vigo hasta que el chico cumplió 18 años, pues tenÃan que darle aquà el tratamiento. Pero gracias a la ayuda de otras personas de la comunidad pudimos atender a esta familia y darles acogida». Amable, cariñosa, pero con un arrojo y un Ãmpetu que dan envidia, Agustina parece un personaje de cuento, y sus narraciones también: «HabÃa una anciana, que la conocÃa de la parroquia, que tenÃa dos hijos: uno era drogadicto y vivÃa con ella, el otro estaba casado y no querÃa saber nada de su madre ni de su hermano. Un dÃa me pidió que fuera a hablar con el drogadicto, para que viera que hay gente amable y que sabe escuchar. Fui a su casa y el chico estaba en la cama. La madre lo despertó, lo sacó de la cama y me lo presentó. Se notaba que el chico no se lavaba mucho y recién levantado no tenÃa un aspecto muy agradable, pero yo le dà un abrazo y dos besos con todo cariño. Estuve hablando con él un buen rato. De vez en cuando iba a visitarlos. Como el chico era bastante violento y agredÃa a su madre con frecuencia, le dije a la anciana que se viniera a mi casa por el dÃa, y yo la atendÃa, y a la noche se iba a dormir a casa de una amiga. Al final vimos que tenÃamos que buscarle una residencia. Cuando la encontramos, tuvimos que localizar al otro hijo para que lo supiera y fuera él a llevar a su madre a la residencia, como persona responsable de ella. Fuimos a la residencia pero cuando vimos cómo era no nos gustó nada. Yo pensé: si fuera mi madre, yo no la dejaba aquÃ. Tomé fuerzas y se lo dije al hijo. Él estaba de acuerdo y buscamos otra residencia. Durante un tiempo la llamábamos todos los dÃas y fuimos a verla varias veces. El otro hijo, el drogadicto, estaba muy enfadado conmigo porque le habÃa buscado una residencia a su madre y me amenazaba. Las vecinas me avisaban cuando andaba cerca de mi casa. Un dÃa me lo encontré de frente y lo saludé como siempre, y a partir de entonces dejó de molestarme».
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