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Era el niño terrible del colegio, pero Ana supo responder a su gran necesidad de cariño.
Esteban, de 9 años, veÃa a su padre cada seis meses, cuando el barco sobre el que surcaba los mares –era contramaestre– atracaba en el puerto de su ciudad. Su papá tenÃa bigotes, barba y una gorra de marinero, y se quedaba en casa una semana o, como mucho, dos. Durante ese tiempo, la abuela de Esteban se contenÃa y su madre no se atrevÃa a pegarle delante de su padre, pero en cuanto el contramaestre se volvÃa a embarcar, el infierno se reanudaba.
Su abuela, demasiado mayor para tener paciencia con ese niño difÃcil, lo tenÃa encerrado en casa toda la tarde y no le daba libertad ni para coger un vaso de agua. Cuando su madre volvÃa a casa, cansada del trabajo y con los nervios a flor de piel, las cosas empeoraban. La anciana se quejaba de lo mal que se habÃa portado el nieto y la madre castigaba a Esteban a irse a la cama sin cenar, pero con una buena ración de azotes en el cuerpo.
Por la mañana iba al colegio: 3º de primaria. Su maestra, bastante mayor y con muchos años de trabajo encima, habÃa adquirido derechos y ventajas con respecto a las maestras más jóvenes. A punto de jubilarse, seguÃa gobernando su clase a su manera.
A Esteban, que habÃa desarrollado una forma grave de agresividad, le habÃa asignado una mesa cerca de la suya para poder darle un cachete o tirarle de las orejas o del pelo más fácilmente. Las quejas al director eran diarias: habÃa que expulsar del colegio a ese niño e ingresarlo en alguna institución.