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A ritmo de dulzaina

Clara Arahuetes

En Semana Santa, la bella ciudad de Segovia acoge en sus calles y plazas las escenas de la Pasión de Jesús.
El silencio roto por el sonido de la dulzaina y el retumbar de los tambores abre paso a las imágenes de las cofradías segovianas, mientras los arcos románicos de sus iglesias parecen contemplar el dolor del Hijo de Dios, solo bajo el peso de la cruz. La Semana Santa de la ciudad castellana es una celebración religiosa donde la austeridad, el orden y el silencio acompañan a las obras creadas por los imagineros. Esa mezcla de sentimiento religioso y exhibición artística es seguida en las calles con expectación y recogimiento. Los actuales desfiles procesionales segovianos tienen su origen en 1907, cuando el obispo Julián Miranda compró en Cataluña un conjunto de pasos para las cofradías de la ciudad. Algunas de éstas ya existían en los siglos XVI y XVII, como las de El Confalón, San Eloy, San Antón y la de la Concepción y San Frutos, ya desaparecidas. Otras como la del Santo Entierro o la del Santo Cristo de la Cruz, han llegado a nuestros días. A ellas se han añadido otras a lo largo de los años. En 1999, la procesión de los «Pasos del Viernes Santo» fue declarada de interés turístico regional, gracias a la labor de la Junta de Cofradías, que preside Alberto Herreras, y actualmente trabaja para que sea declarada de interés turístico nacional. Ya en la Edad Media, desde el siglo X, durante la misa se representaban los dramas litúrgicos con textos referidos a la Pasión de Jesús. Después se convirtieron en dramas sacros y, aunque seguían teniendo carácter religioso, no se incluían en la liturgia. Se podían representar tanto en el interior como en el exterior de la iglesia y en ellos se incluía el descendimiento, o desenclavo, de la imagen articulada de Cristo y su traslado a hombros a otra iglesia cercana. Esta costumbre se difundió a principios del siglo XV por el reino de Castilla y las escenas que antes se representaban en el interior de las iglesias salen a la calle. En Segovia hay un ejemplo de este tipo de imágenes, el «Cristo de los Gascones», realizado en madera policromada hacia 1090 o 1100. El modelo iconográfico de este Cristo tiene relación con las ceremonias litúrgicas de las que hablamos antes, que a su vez se solapan con los orígenes del teatro medieval. La articulación de hombros y brazos permitía desclavarlo, descenderlo de la cruz y depositarlo en un sepulcro, que después se mostraba vacío como prueba evidente de la Resurrección. Hoy se venera en una urna de cristal dorada de época posterior. De rostro sereno y cuerpo muy rígido, según los esquemas geométricos del románico, esta obra sale por primera vez en procesión en 1628, y en 1647 se constituye la cofradía.

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