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Agua Clara

Errapel Bardo

Aquella ninfa era inocente, límpida, azul. Era un regalo del cielo, un canto de oasis en los yermos montes de su Galilea natal.
Era lágrima de aguacero, gota o átomo de arco iris… La crueldad y el azote que copaban los recuerdos de sus años tiernos habían licuado sus entrañas y la habían vuelto acuosa y liviana, sensible sólo al sufrimiento ajeno, ante el cual más que verter lágrimas se derramaba ella misma por los regueros de sus ojos. Escogida por Dios, su risa cristalina era acompañada de prodigios involuntarios e impredecibles. Cuando algún nudo de su garganta se disolvía casualmente en la linfa del llanto, las nubes la emulaban precipitándose en tumultuosa cascada contra la arena. Y cada vez que se aproximaba a un arroyo para mirarse en sus espejos, le daba un vuelco el corazón al descubrir que jamás veía su imagen reflejada. Todos menos ella bien sabían que la propia agua era su reflejo. De mano en mano, de dueño en dueño, recaló en una morada serena de Caná, donde descubrieron que el agua que extraía del aljibe sabía a néctar de luna cuando la servía de su cántaro. Le confiaron la tarea de aguadora, y regaló sin descanso paz a las gargantas castigadas por los vientos tramontanos. Empezaron a llamarla Agua Clara y ello tiñó con rubor de sangre sus mejillas. Llegó la boda del primogénito de la casa y con ella el alborozo, las cítaras y el baile. Un rabí nazareno fue invitado con su madre para dar lustre a las nupcias. Cuando el vino se agotó, aquella madre reparó en Agua Clara y sintió la diáfana premonición de un milagro; le bastó una brizna de ternura para doblegar las entrañas divinas de su hijo y el rabí se introdujo silencioso en la cantina. Casi todas las tinajas, con vientres henchidos como de preñez tardía, estaban ya rebosantes esperándolo. Al mirarlas un eco sordo de agua oscura dibujó escalofríos circulares en sus bocas. Sólo cuando el rabí vio las gotas de sudor de la aguadora diluirse en el líquido con que llenaba las últimas tinajas, exhortó a que se sirviera el vino nuevo, que eclipsó cualquier otra delicia de la fiesta. Pasado el fragor de los festejos, Agua Clara guardó el último cuarto de aquel vino en un jarro de arcilla, y éste en un rincón secreto de la alacena. El tiempo discurrió suavemente, como brisa que acaricia las formas voluptuosas de las dunas, y tres años pasaron en un soplo. Circunstancias imprevistas empujaron a la familia hacia el sur, y después de sucesivos traslados la acogieron los muros santos de Jerusalén.

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