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¡Qué alta estima!

Ildefonso Asenjo Quintana

A medio camino en el Año Sacerdotal convocado por Benedicto XVI (de junio de 2009 a junio de 2010), recordamos a Francisco Sánchez Abellán.
En la carta dirigida a los sacerdotes al comienzo de este año sacerdotal, el Papa expresaba que debiera «contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo». Luego, con corazón agradecido, recuerda a tantos sacerdotes que a lo largo de los siglos se consagraron en cuerpo y alma al servicio de los fieles. Me llama la atención que, entre tantos, recuerde a uno de modo especial: aquel con «el que comencé mi ministerio como joven sacerdote. Fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas a su ministerio sacerdotal». Yo también, en el marco de este año sacerdotal, quiero hablar de otro sacerdote, de Paco Sánchez Abellán (*), con quien tuve la suerte de iniciar mi sacerdocio compartiendo una experiencia inolvidable en Roma. Él ya tenía mucho camino andado y, por la experiencia compartida, ha sido un estímulo constante para vivir en Dios y desde Dios mi propio sacerdocio. El Santo Padre habla de la grandeza del sacerdocio. Y lo hace, como es lógico, citando al Cura de Ars. Decía este santo: «¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece. Pronuncia dos palabras y nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia (…) Si desapareciese el sacramento del orden, no tendríamos al Señor (…) Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor (…) ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta (…) Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias». A los 150 años de la muerte del Cura de Ars, he encontrado un escrito de Paco Sánchez en el que canta la grandeza del sacerdocio al reconocer en él el mayor don que Dios puede conceder: «Somos muy grandes, como el amor y la misericordia de Dios para el hombre. Nos ha dado poderes divinos, hacemos milagros como Él: la Eucaristía, el perdón de los pecados... ¡Qué alta estima debemos tener de Él-sacerdote en nosotros-sacerdotes! ¡Sólo el sacerdote ofrece al mundo el Cuerpo y la Sangre de Cristo! ¡Nadie perdona los pecados sino el sacerdote! Esta desconcertante realidad hacía que San Francisco de Asís no quisiera oír hablar mal de los sacerdotes por muchos y grandes que fueran sus pecados, porque son –decía él– “mis señores, los únicos que perdonan mis pecados y me dan el Cuerpo y la Sangre de mi Señor�.

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