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¿Qué hace una chica como tú en un lugar como éste?
Jesús García
En un país musulmán a los pies del Himalaya, una pequeña misión del Instituto del Verbo Encarnado.
Tayikistán, un país habitado por siete millones de musulmanes en el que viven incrustados cien católicos. Son los hijos y nietos de aquellos rusos, polacos y algunos alemanes que en tiempos soviéticos fueron deportados a esta tierra, más allá de la Ruta de la Seda. Durante décadas mantuvieron la fe y la tradición sólo con la Palabra y la transmisión oral, de abuelos a hijos y de padres a nietos, en un entorno hostil, en una cultura diferente, en un mundo lejano, movidos por el convencimiento personal de que su fe en Jesucristo es la verdad que da vida en cualquier lugar. Desde hace unos años no están solos.
Una vez que se desmoronó el bloque soviético, Juan Pablo II se preocupó por las antiguas repúblicas de Asia Central. Algunas de ellas eran auténticos retos de evangelización llenos de motivación para el celoso misionero. La gran estepa de Kazajstán, Uzbekistán, Turkmenistán y Kirguistán fueron encomendadas apostólicamente a órdenes y congregaciones con solera misionera. En algunos países se instauraron nuevas diócesis, fueron enviados nuncios apostólicos y las parroquias católicas fueron reuniendo un rebaño que llevaba disperso más de cien años…
Pero a la pequeña Tayikistán nadie la quería. Desconocida y alejada como ninguna otra, inhóspita y deshabitada en su mitad oriental, donde las primeras laderas del Himalaya presentan a la Cordillera del Pamir, no fue plato apetecible para nadie. Juan Pablo II se fijó entonces en una nueva realidad eclesial con carisma misionero, fundada en Argentina y con sólo diez años de vida, observante de la regla más estricta, cuidadosa con la liturgia, abierta al mundo por su carisma de inculturación del Evangelio y con un flujo de vocaciones que rompía los registros del momento. El Padre Carlos Ávila, del Instituto del Verbo Encarnado, fue nombrado máximo representante, en Misión Sui Iuris, del Estado Vaticano en Tayikistán. Allí lleva quince años, ha vivido una guerra y ha conocido el resurgir de una iglesia de apenas cien fieles que ya ha dado seis vocaciones tayikas.
Pero el Padre Carlos no está sólo. Hace cuatro años llegó a Dushanbé, capital tayika, una joven de 25 años que acababa de hacer los votos perpetuos en la rama femenina del Verbo Encarnado. María Malaika (María de los Ángeles en ruso), de mirada serena, gesto firme, sonrisa confiada y fe de fuego, aprendió ruso y cuatro años después, con solo 29, es la madre superiora de las otras tres misioneras de su edad o más jóvenes que ella, que dan vida y movimiento a la parroquia de San José en Dushanbé. De niña estudio en un colegio católico y jugaba a que se llamaba Ángeles. Ante ella, una pregunta te asalta la cabeza: ¿Qué hace una chica como tú en lugar como éste? «Darse, entregarse por el Misterio Encarnado, no pensar en nada más que amar. Cristo es el motor de mi vida y Él se entregó enterito, no se quedó nada». Pero tú podrías haber tenido lo que hubieses querido, un chico, tu familia, una carrera… Eres brillante, se te nota a la legua… «Ya tengo lo que quiero y lo que Dios me ha dado. Es esto. Estar aquí o donde el Señor me lleve. La vida no se llena con lo que te apetezca en el momento, sino con lo que Dios ha pensado para ti. Y para mí, de momento, es esto». ¿Y no echará de menos nada de lo que ha dejado atrás? «No lo suficiente como para arrepentirme. Además, ocurre una cosa cuando regreso a casa, cada dos o tres años. Los amigos de toda la vida aprovechan mi visita para reunirnos todos. Sólo lo hacen cuando vuelvo yo. Entonces me ven así vestida, con mi hábito, y ven que estoy bien, se hacen muchas preguntas, se cuestionan cosas importantes. Por eso creo que es importante vestir el hábito, porque es un signo, un testimonio de la presencia de Cristo en la vida».