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El joven Murillo

Clara Arahuetes

Cuando Murillo nació (1617), Sevilla no era ya la ciudad floreciente gracias al comercio con América, aunque seguía conservando un ambiente cosmopolita.
Allí vivió el pintor y apenas salió de su ciudad, salvo un hipotético viaje a las Indias y un posible viaje a Madrid en 1642, en el que conoció a Velázquez. Pero sí hay constancia de un viaje a la Corte en 1658. El pintor es conocido sobre todo por sus obras de madurez, la pintura religiosa y en especial la dedicada a la Inmaculada. Sin embargo se conoce poco su etapa entre los 23 y los 38 años, periodo de formación en el que aparecen ya algunos elementos de lo que será su estilo y lenguaje. La exposición del Museo de Bellas Artes de Bilbao aborda los primeros años de su actividad, entre 1640 y 1655. De su maestro, Juan del Castillo, aprende la tradición naturalista sevillana y adquiere un lenguaje que combina la tradición heredada de Herrera el Viejo y Zurbarán Ribera, y su admiración por Martínez Montañés, además de la influencia del manierismo holandés y flamenco que conocía por grabados. Estas influencias se plasman en el realismo del tema, en los magistrales estudios de luces y contrastes y en la observación de la materia. En sus primeras obras hay cierta dureza en sus modelos y una clara indefinición estilística. Sin embargo aparecen ya algunos elementos muy personales en su manera de representar los temas religiosos, apelando directamente a las emociones de quien contempla la pintura. De esta primera época es «Las Trinidades», obra en la que organiza la composición como lo hizo Montañés en su relieve de la iglesia de san Ildefonso de Sevilla. En «La Virgen entregando el rosario a santo Domingo» utiliza modelos italianos y holandeses conocidos a través de estampas. Y en «La Virgen con fray Lauterio, San Francisco y Santo Tomás» representa la visión mística como un hecho cotidiano, sirviéndose también de las escenografías de los autos sacramentales.

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