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La mirada de Anastasia

Sebastián Minot

La bebida lo había consumido. Pero con el amor de su familia, podría salir adelante.
No veía a Héctor desde hacía muchos años. Más que el tiempo, lo había consumido la bebida. ¿Dónde estaba el alumno brillante, el icono de la libertad? ¿Dónde había quedado el joven, envidia de los hombres e ídolo de las chicas? Su mujer, Anastasia, seguía yendo a buscarlo, a llevarle ropa limpia, a hablarle de los niños, a repetirle cada vez cuánto necesitaban a su padre y, sobre todo, que ella no podía vivir sin él. «Su amor y su fidelidad me hacen daño –suspiró Héctor–. ¡Si por lo menos se hubiera vengado! Pero no. Sigue atacándome; quiere destruirme. Su amor es una crítica continua; ¡me está matando!». Después de un largo silencio, siguió con la mirada perdida repasando los capítulos de su vida: «Anastasia no se había fijado nunca en mí, pero yo estaba locamente enamorado de esa mujer tan distinta de las “pavas� con las que había salido hasta entonces. Una noche organicé una fiesta en mi casa de campo. Invité a muchos amigos y todo para invitarla a ella, que vino con Marcos, su chico. Anastasia me respetaba mucho. Sus padres, que habían sido aparceros de mis padres, le habían transmitido ese respeto. En fin, que le preparé una trampa: conseguí que bebiera bastante, la hice reír y reír, y luego la seduje. Era un plan que había previsto en los mínimos detalles. »La misma noche, mientras los demás bailaban, anuncié nuestro noviazgo. Ella me siguió el juego. Cuando empezó a estar más sobria, se dio cuenta de que el anillo que le había puesto en el dedo no era una broma y dio un grito de desesperación que puedo oír todavía. Después rompió a llorar desconsoladamente. Marcos, que al principio nos miraba y se reía, se me abalanzó. Habría sido mejor que me hubiera matado. La tragedia no tardó en llegar al colmo. Anastasia se había quedado embarazada y comunicó a Marcos que quería vivir conmigo para salvar la vida que iba a nacer. A mí, feliz y celoso, no me importaba la desesperación de Marcos. De Anastasia no sabía qué pensar. La veía triste y ausente, pero estaba seguro de que mi amor la curaría y la haría volver a la realidad. »Cuando nos casamos, parecía que todo quedaba arreglado. Después del primer hijo, nació la segunda y luego, otro niño. Anastasia estaba volcada en ellos y se ocupaba de mí lo más cariñosamente que podía imaginarme. Nunca se le escapó ni una palabra del pasado. Nunca. Era como si ya no tuviera nada que pedirle a la vida. Miraba a los niños orgullosa de nuestra vida juntos y empleaba toda su energía para que crecieran fuertes y libres. ¿De dónde sacaba ella toda esa fuerza?»

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