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Revista noviembre - 2009
>
Palabra y vida
> La mirada de Anastasia
La mirada de Anastasia
Sebastián Minot
La bebida lo habÃa consumido. Pero con el amor de su familia, podrÃa salir adelante.
No veÃa a Héctor desde hacÃa muchos años. Más que el tiempo, lo habÃa consumido la bebida. ¿Dónde estaba el alumno brillante, el icono de la libertad? ¿Dónde habÃa quedado el joven, envidia de los hombres e Ãdolo de las chicas? Su mujer, Anastasia, seguÃa yendo a buscarlo, a llevarle ropa limpia, a hablarle de los niños, a repetirle cada vez cuánto necesitaban a su padre y, sobre todo, que ella no podÃa vivir sin él. «Su amor y su fidelidad me hacen daño –suspiró Héctor–. ¡Si por lo menos se hubiera vengado! Pero no. Sigue atacándome; quiere destruirme. Su amor es una crÃtica continua; ¡me está matando!». Después de un largo silencio, siguió con la mirada perdida repasando los capÃtulos de su vida: «Anastasia no se habÃa fijado nunca en mÃ, pero yo estaba locamente enamorado de esa mujer tan distinta de las “pavasâ€� con las que habÃa salido hasta entonces. Una noche organicé una fiesta en mi casa de campo. Invité a muchos amigos y todo para invitarla a ella, que vino con Marcos, su chico. Anastasia me respetaba mucho. Sus padres, que habÃan sido aparceros de mis padres, le habÃan transmitido ese respeto. En fin, que le preparé una trampa: conseguà que bebiera bastante, la hice reÃr y reÃr, y luego la seduje. Era un plan que habÃa previsto en los mÃnimos detalles. »La misma noche, mientras los demás bailaban, anuncié nuestro noviazgo. Ella me siguió el juego. Cuando empezó a estar más sobria, se dio cuenta de que el anillo que le habÃa puesto en el dedo no era una broma y dio un grito de desesperación que puedo oÃr todavÃa. Después rompió a llorar desconsoladamente. Marcos, que al principio nos miraba y se reÃa, se me abalanzó. HabrÃa sido mejor que me hubiera matado. La tragedia no tardó en llegar al colmo. Anastasia se habÃa quedado embarazada y comunicó a Marcos que querÃa vivir conmigo para salvar la vida que iba a nacer. A mÃ, feliz y celoso, no me importaba la desesperación de Marcos. De Anastasia no sabÃa qué pensar. La veÃa triste y ausente, pero estaba seguro de que mi amor la curarÃa y la harÃa volver a la realidad. »Cuando nos casamos, parecÃa que todo quedaba arreglado. Después del primer hijo, nació la segunda y luego, otro niño. Anastasia estaba volcada en ellos y se ocupaba de mà lo más cariñosamente que podÃa imaginarme. Nunca se le escapó ni una palabra del pasado. Nunca. Era como si ya no tuviera nada que pedirle a la vida. Miraba a los niños orgullosa de nuestra vida juntos y empleaba toda su energÃa para que crecieran fuertes y libres. ¿De dónde sacaba ella toda esa fuerza?»
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